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En su magnífico ensayo, El Crimen del Miedo, Don Jaime Orosa Díaz relata, con exactitud plena, cómo se fraguó el asesinato de Felipe Carrillo Puerto, gobernador de Yucatán, en 1924. Los cotidianos de la época, los conservadores regionalistas y las conspiraciones militares, además de sus pasiones personales, llevaron al prócer a la cárcel –sin que nadie lo defendiera-, y al fusilamiento, en el paredón que ahora sirve de respaldo a la Rotonda de los Hombres Ilustres de aquella tierra maravillosa que vive y muere entre susurros de romanticismo. Yucatán siempre enamora y sacia la sed de los aventureros.

Orosa explica que Carrillo fue víctima de un ámbito que le era profundamente adverso a pesar de ser una especie de icono para los campesinos y los más humildes; pero no tenía consigo el apoyo de los acaudalados de Mérida –alguna vez llamados la casta divina-, ni del impreso con mayor acreditación en la urbe quienes veían como un serio peligro la instalación de un gobierno socialista en una urbe rabiosamente conservadora. Tal fue la razón por la que cayeron el prócer, los hermanos de éste y el alcalde de Mérida, Don Manuel Berzunza, sin que ninguna manifestación pública se interpusiera en la ruta hacia el panteón. ¿Qué podía hacer el pueblo cuando ya estaba dictado su destino?, justifican hoy los historiadores. Este columnista sostiene sus dudas.

Desde luego, el historiador de referencia, exhibe el entorno del caudillo como causa de su precipitada ejecución: como en Fuenteovejuna, todos fueron culpables. Lo mismo la insidia periodística que el sistema esclavista que, por desgracia, todavía se da en la contemporánea ciudad de Mérida; y la soldadesca refugiada entre varias revoluciones sin acertar a seguir a un jefe o a otro. El hecho es que, como solía repetir Antonio Mediz Bolio –el gran poeta del sureste, autor de “La Tierra del Faisán y del Venado”-, Yucatán fue siempre conservadora y Campeche, la entidad vecina, liberal, De allí los viejos cuentos sobre la rivalidad de los peninsulares y la explicación sobre la tendencia derechista de los yucatecos de la capital de la entidad; fuera de ella, las perspectivas son distintas.

Viene a colación el largo relato, que conocí desde la adolescencia en las voces de mis entrañables mayores, cuando escucho las torpes justificaciones de quienes han creado el clima, el ámbito, el entorno, para un pretendido linchamiento político popular. Hace seis años, cuando voté por López Obrador, fue evidente el cúmulo de atrocidades electorales que el PAN cometió para asegurar el continuismo, incluyendo la desfachatez de los órganos electorales que se negaron a un nuevo conteo de votos cuando la diferencia entre el primero y el segundo lugares era de apenas medio punto porcentual. Aún así, el TRIFE dictaminó que las evidentes intervenciones del entonces presidente Fox –más bien de aquella inolvidable pareja presidencial-, amén de las derramas financieras del empresariado que financió buena parte de la “campaña negra” contra la izquierda, no habían sido “determinantes” para el resultado final de la elección cuando por cualquier desviación, dada la estrecha y falsa ventaja, podía haberse trocado la voluntad general. La diferencia con cuanto pasa hoy es abismal.

En la perspectiva presente, López Obrador ha elaborado un gran montaje, descubierto incluso por la izquierda internacional –de allí el editorial de “El País” español, aun cuando el grupo PRISA tenga grandes intereses en México, en donde se le llama “un lastre para la izquierda” y el reconocimiento de figuras radicales latinoamericanas, como el venezolano Hugo Chávez, a la victoria de Peña que concentró más de diecinueve millones de votos convirtiéndose así en el mexicano más votado de la historia –antes sostenía este emblema el contradictorio doctor Zedillo quien obtuvo poco más de diecisiete millones de sufragios sobre la sangre política derramada-, sobre una izquierda resucitada que ocupó el segundo lugar con más de 15.8 millones de votos, seis más, por ejemplo, a los acreditados a Carlos Salinas en 1988 cuando el PRI obtuvo por última vez, tramposamente, la mayoría absoluta. Dos espurios, Salinas y Calderón, separados por una intentona fallida de democracia.

Lo peor de todo es el manejo soterrado de grupos varios que están tomando posiciones extremas. Por ejemplo, los muchachos de #Yo soy 132 se han convertido en una especie de carambola en donde ningún líder tiene rostro preciso y van sumándose especimenes variopintos como los rechazados, por burros, de la UNAM; además claro de los grandes manipuladores y estrategas, como Manuel Camacho Solís, fundador de grupos del mismo rango desde hace varias décadas. Él es la experiencia y se ha convertido en el maestro de los jóvenes, subversivos por naturaleza –este columnista también lo fue en su momento-, y muy fáciles de manipular, ayer con el “libro rojo de Mao”, que guardo en mi biblioteca con un fervor que no mengua pese a los conocidos atropellos del dictador, y hoy con las proclamas del “Movimiento Nacional” que bien podría denominarse “Antípoda del Movimiento Libertario Obcecado” para hacerlo coincidir con las siglas AMLO.

Con estas bases, el presidente del PRD, Jesús Zambrano, con escasa cultura política, pretende deslindarse de las movilizaciones “civiles”, nacientes con la progenitura de Andrés Manuel y acaso también con su patrocinio –él es un buen padre, sin duda-, y su posible “radicalización”, obviamente violenta al muy conocido estilo de los machetazos de los indignados de San Salvador Atenco, para pretender salvarse institucionalmente de las consecuencias penales a que den lugar los asaltos y tomas anunciadas de los medios de comunicación y el Congreso, nada menos. Esta podría ser la crónica de un crimen previamente anunciado. ¿Y no hay manera de detener, jurídicamente, las tentativas ilícitas?¿Para qué sirve entonces el gobierno?¿Para ayudar a los deudos pagando los entierros de las víctimas?

Lo anterior debiera ser motivo de pesquisas judiciales al igual que la exhibición de Soriana y de Banca Monex como parte de la conjura electoral; claro, si no son culpables. De serlo, deben atenerse a las consecuencias; pero si no es así, tienen todo el derecho de reclamar justicia por la difamación y el desprestigio acarreado con posibles y severas consecuencias mercantiles. De otra manera se pondría en entredicho el régimen de la libre empresa y la confianza de los inversores en México. El daños podría ser irreversible. ¿O se trata de abaratar más nuestro territorio para felicidad de los tiburones europeos, sobre todo españoles, listos a devorarse cuanto encuentren en las zonas sin leyes ni gobierno?

Puede López Obrador lavarse las manos cuantas veces quiera, como Poncio Pilatos; pero como éste jamás podrá eludir su responsabilidad histórica. Y es esto, aunque diga desconocer la Biblia y a la Iglesia, lo que tendría que tomar en cuenta, sea para alentar los movimientos facciosos y violentos como si intenta frenarlos o erradicarlos para apostarle, claro, a la estabilidad y a la institucionalidad nacionales. Nadie cree el cuento del deslinde, aunque sea cierto. Y es por eso que López Obrador, de no ser culpable de los amagos contra las leyes y los órganos de gobierno, tiene la obligación de ser puntual, reunir a los llamados “antipeñistas” y convencerlos de que los intentos para impedir el curso de los hechos jamás deben salirse de cauce.

De otra manera será un Poncio Pilatos más, con mayores instrumentos bélicos que hace más de dos mil años.

Debate

Cualquiera podría preguntarse si las “irregularidades” en los comicios federales sólo se dieron en cuanto a la elección de presidente de la República y no en cuanto a las de quienes integraran el Congreso de la Unión, las seis gubernaturas en disputa y la jefatura del gobierno del Distrito Federal. ¿En éstas fueron blancas y sólo negras en torno a Enrique Peña Nieto? Porque los de la izquierda están muy ufanos por cuanto consiguieron en las cámaras –una representación sin antecedentes-, y no quieren enturbiar, ni un ápice, sus indiscutibles avances. ¿Tiene ello alguna congruencia?

Recuérdese 2006, en donde sí se corroboraron y admitieron conductas ilícitas por parte del PAN, jamás sancionadas, cuando el PRD y sus aliados, de manera mezquina, se negaron a reconocer el gobierno de Felipe Calderón –a quien este columnista se negó a mencionar como “presidente” hasta hoy-, y, al mismo tiempo, formaron parte del mismo al aceptar curules y escaños que conforman el poder Legislativo, uno de los tres de nuestra Unión republicana. El absurdo no podía justificarse, ni entenderse, por lo que Andrés Manuel optó por radicalizarse poniendo “un pie fuera del PRD” como reconocieron sus antiguos correligionarios, entre ellos Jesús Ortega y Carlos Navarrete. ¿Cómo era posible llamar espurio a Calderón dándole las espaldas en el salón de sesiones cuando los peredistas integraban el mismo gobierno y, por derivación, eran igualmente espurios? Jamás lo entendimos.

En esto sí se parecen las condiciones. El próximo Congreso, en caso de una invalidez de los comicios que se observa lejana cada día más, sería el encargado de designar al supuesto “presidente interino” listo a convocar a nuevas elecciones en un periodo menor a dos años a menos de que el precepto se reformara, lo que también es posible, bajo una mayoría priísta –considerando a sus aliados-, y con suma, negociaciones de por medio, de un buen número de panistas tan sueltos como las reses sobre la carretera. ¡Y éstas son peligrosísimas como he constatado personalmente!

La Anécdota

Siguen los diálogos con los generales:

–¿Y si el general Tomás Ángeles Dauahare, si causa judicial justificada, deja su arraigo para convertirse en el mejor candidato a la Secretaría de la Defensa Nacional?

Respuesta, de un militar de alta graduación:

–Es bastante posible. Y la “poda” sería enorme, con peligros de fraccionarse.

–¿El ejército?

–ay muchos celos, muchas envidias, mucho dinero circulante… y no todo es parte del presupuesto gubernamental. ¿Me entiende?

–Más de lo que usted supone, general…