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Carlos Salinas luchó, denodadamente, durante los tres primeros años de su administración –entre 1988 y 1991- para tratar de legitimarse, con acciones sociales, después de un proceso electoral viciado, fraudulento y a, todas luces, arbitrario sin que se llegasen a contar el 40 por ciento de las casillas instaladas. Luego, en la fase segunda, creyendo haber superado el estigma inicial, condujo a la nación con hipérboles administrativas falsas –los famosos superávits en gran medida fruto de las ofertas de cientos de empresas paraestatales-, hacia el cataclismo político y económico de 1994 y 1995. El año de la barbarie y la crisis incubada en el fin de aquel sexenio de manera artificial, acaso intentado prolongar su propia aureola en el nuevo gobierno, esto es en el del tímido Ernesto Zedillo, dieron al traste con la imagen histórica que quería para él.

Peor le fue a Felipe Calderón porque, tras los desaseados comicios de 2006, no llegó a ser reconocido, por la mayoría de los mexicanos, como un mandatario legítimo, producto de la soberanía popular; al contrario, a medida que fue andando el tiempo –y pese a sus defensores a ultranza-, crecieron los impugnadores y cuantos dejaron de creer en la monserga oficial desde aquel burdo dictamen del Tribunal Electoral del Poder Judicial Federal, al que todos conocemos como TRIFE aunque no se correspondan las siglas, hasta el callejón sin salida de una impopularidad ganada a pulso sobre la sangre de casi ochenta mil víctimas civiles. (Por cierto, debemos anotar un hecho digno de análisis: las ejecuciones disminuyeron sensiblemente durante el periodo electoral, como si se tratara de un acuerdo soterrado… ¿pero con quién?)


No es difícil que un trayecto similar pueda ser el destino que le espera a Enrique Peña Nieto a cuyo equipo le ha faltado la sensibilidad suficientes para bajar los altos decibeles de una protesta originada en la irascible actitud de Andrés Manuel López Obrador, quien insiste en la invalidez de las elecciones, aun cuando en el mismo nivel de sacudimiento civil, y de hastío, coloquemos a las derramas excesivas y burdas de todos los partidos durante la campaña presidencial, pero en ningún caso cercanos siquiera a los abusos del equipo de campaña de Peña; y fíjense que no hablamos del PRI porque, de hecho, la dirigencia partidista y algunos activos importantes no fueron siquiera tomados en cuenta para resolver las distintas desviaciones que acabaron por convertirse en una verdadera zahúrda. Y de allí se agarró López Obrador para insistir en no reconocer los resultados por la contaminación de los mismos.

Desde luego, pretender que los almacenes Soriana, ubicada como la empresa número veinte entre las más exitosas del país, o Banca Monex, que dentro del ranking de las más encumbradas sociedades pasó en sólo un año del sitio 427 al 246 –Expansión, número 1093-, se deslinden del mugrero de las tarjetas de débito, es una ingenuidad tan grande como pretender que los supuestos beneficiarios de las mismas hayan sido “obligados” a votar por el PRI. Desde luego, no había un gendarme detrás de cada mampara observando quienes cruzaban o no el círculo tricolor. Además, y esto no debe olvidarse, fue el propio López Obrador quien dio la pauta: “acepten todo… y después voten libremente”. ¿Quién puede asegurar y comprobar que no fue así siguiendo el apotegma del icono de las izquierdas? Sería frustrante para la vanidad del personaje que se concluyera que sus palabras nada aportaron al comportamiento veleidoso de los electores.

Un hecho es cierto: los monederos sí se repartieron contra la voluntad de no pocos priístas quienes consideraron innecesarias tales maniobras, entre ellos el propio Pedro Joaquín Coldwell, colocado más como figura decorativa que en condición de estratega. Para éste y otros distinguidos miembros del Institucional –lo escuché de labios del veracruzano Gustavo Carvajal Moreno-, el equipo cercano a Peña fue quien segregó a la “experiencia” y a cuantos presumen, y es cierto, conocer a fondo la geopolítica nacional. Acaso por eso el candidato priísta debió enfrentar errores de logística sólo atribuibles a sus colaboradores de mayor confianza o a él mismo aunque, claro, también hubo un tercer factor: el acecho de los grupos delincuenciales quienes bajaron sus ritmos al tiempo que elevaban sus condiciones poniendo en jaque a los candidatos y a la candidata del PAN. En el forcejeo de fuerzas sería absurdo que los grandes “capos” cesaran sus actividades y amenazas para luego caer hacia el vacío.

De allí se desprende, igualmente, un hecho que a los lópezobradoristas incondicionales les causa indigestión suficiente como para repeler el argumento a punta de ofensas e injurias de bajo calado moral: la presunción, mencionada por este columnista ya varias veces, de que durante los largos meses que dedicó Andrés Manuel a visitar las entidades en conflicto, impregnadas de subversivos, hubiera logrado transitar sin problema alguno cuando era una pieza de caza de alto monto; desde luego, la única explicación viable es que debió sentarse a la mesa con los líderes de los movimientos en rebeldía –algunos de ellos sólo disfrazados de redentores sociales-, para llegar a algún tipo de acuerdo soterrado ya sea para antes o después de los comicios en un escenario, éste último, cada vez más cercano y preocupante. No creemos en las coincidencias ni en la “buena suerte” conociendo la capacidad de movilización de la clase política mexicana, sobre todo la de nuevo cuño a favor de una u otra causa.

El caso es que tanto Peña Nieto como López Obrador llegarán a diciembre muy desgastados y con un cúmulo enorme de reproches sobre sus hombros. Al gran público se le ha hecho creer, por ejemplo, que el exceso de gastos en la campaña priísta es una de las causales de la presunta invalidez de las elecciones. Falso. De comprobarse el abuso, tal daría lugar a una fuerte multa del IFE al partido y al candidato responsables; nada más: ni inhabilitación para ejercer cargos públicos ni, mucho menos, prisión. Desde luego, la nulidad del proceso está bastante alejada de esta perspectiva.

Tampoco es factible –de acuerdo a las “pruebas” presentadas en cajas de cartón y en el mayor desorden al TRIFE, con lo que se demuestra que ni en esto evolucionamos-, proponer que las irregularidades modificaron los escrutinios en el 25 por ciento de las casillas, única causal que daría paso a la invalidez de los mismos. Todo lo demás son palabrerías y provocaciones que ya están cansando a algunos de quienes más apoyaron al tabasqueño, entre ellos los dirigentes del PRD quienes entraron al aro un tanto a regañadientes porque, según decían, López Obrador “ya tenía un pie fuera del partido” del que fue fundador junto a Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo.

El caso es que Peña, muy posiblemente, asuma la Presidencia entre rencores y protestas de más alto calado que las sufridas por Calderón hace seis años… cuando entonces sí hubo pruebas específicas –reconocidas por el TRIFE- de la existencia de laboratorios estatales listos para la alquimia y de la intervención de la Presidencia y los empresarios en la magra “campaña negra”. Si de fraude hablamos, no pueden compararse los escenarios, sencillamente porque, además, los separa una evidencia irrefutable: doscientos mil votos hace un sexenio y tres millones cuatrocientos mil ahora. La diferencia numérica es abismal aunque se insista en la compra-venta de sufragios como factor dominante pero muy difícil de probar como ya adelantó Arturo Núñez Jiménez al momento de aceptar su constancia de mayoría con rumbo hacia el gobierno de Tabasco.

Debate

Para cualquier líder político, y Andrés Manuel lo es sin duda, no existe nada peor que perder la historia y hacer que ésta pase de largo, arrojándole. Máxime cuando se tiene la convicción de haber aportado la vida entera en la defensa de la “democracia”, desgraciadamente entendida ésta de acuerdo a los intereses facciosos: sólo existe cuando se gana el poder y nunca si lo arrebata el adversario así sea por la vía de las urnas. ¿O acaso López Obrador no se benefició de los gastos excesivos, provenientes de la caja chica de CARSO, en pleno pulso con Televisa y filiales –también TV Azteca-, durante su excepcional campaña de proselitismo? Como bien expresó su incondicional Ricardo Monreal, partió del subsuelo y se encaramó en lo más alto de la tabla… aunque –y esto lo dice el columnista-, no fuera suficiente para alcanzar la Presidencia pero sí numerosos escaños y curules, dos gobiernos estatales y la jefatura del Distrito Federal, convirtiéndose en formidable contrapeso. De eso se trata la democracia, no sólo para ascender y permanecer en la cima.

Todos fueron pecadores, unos en mayor proporción que otros pero igualmente contaminados por la ambición. Esto lo sabe, perfectamente, el líder de las izquierdas quien ya debe haber asimilado que no será presidente aunque pretenda aspirar a una tercera candidatura –como lo hizo Cuauhtémoc Cárdenas, en otras circunstancias-, cuando se requiere de figuras frescas, con experiencia de mando además, del estilo de Marcelo Ebrard y Miguel Ángel Mancera: atrás, Cuauhtémoc estaba prácticamente solo con Porfirio de sparing con todo y su larga cultura.

Para algunos, Andrés perdió autoridad moral cuando se ciñó una banda tricolor d oropel aquel 20 de noviembre de 2006; para otros, la está perdiendo ahora por su obsesión de ser el eje y centro de todas las miradas. ¡Cómo se encela con quienes pueden disputarle la cabeza del movimiento de las izquierdas, digamos como Mancera, y apresurar su retiro, muy deseado por no pocos de quienes le rodean!

La Anécdota

Dos años después de su derrota en Guanajuato, en donde debió designarse a un gobernador interino, Carlos Medina Plascencia, quien extendió a cuatro años su gestión, contra el mandato constitucional, antes de convocar a elecciones, el priísta Ramón Aguirre Velásquez, ex regente de la ciudad de México y uno de los consentidos del extinto Miguel de la Madrid, me confesó:

–La verdad, yo creo haber ganado esas elecciones –1991-.