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En el 2000 una de las noticias sobresalientes, además de la consumación de una primera alternancia en el Ejecutivo federal que poco cambió las cosas, fue la tranquilidad de la transición política, bajo la euforia de millones quienes habían atestiguado la caída del muro priísta y la falsa exaltación de Ernesto Zedillo como garante de la democracia; incluso el ejército actuó sin menoscabo de su lealtad a las instituciones aunque para los mandos, formados bajo un liberalismo que observaba a los panistas como retrógradas, aquello representara otra contrarrevolución. Y ya sabemos cuanto duele por aquellos escenarios la primera y gran traición, contra Madero, con las águilas del Chacal Victoriano Huerta.

Fuera de especulaciones, es evidente que los mandos castrenses con capacidad operativa –no hablo de quienes están segregados o pensionados quienes mantienen, casi todos, la flama del patriotismo, lo que me consta-, pusieron sus condiciones al mandatario entrante, en este caso Vicente Fox, como lo hicieron tiempo atrás durante dos momentos especialmente álgidos: la asunción de Miguel de la Madrid, quien durante su primer año de gestión debió aceptar las peticiones de los altos oficiales sobre todo pecuniarias, abriendo la puerta para la tolerancia respecto a nexos con las bandas organizadas –recuérdese que se dio en aquel sexenio el primer boom del narcotráfico-; y posteriormente durante el sexenio de Carlos Salinas con la obsesión por la legitimación de su mandato con la aplicación de fuerza extrema –no se olvide el episodio que culminó con la aprehensión del líder sindical más poderoso del país y América Latina, La Quina-, contra cuantos jugaron a la contra durante su campaña electoral, por ejemplo el célebre Manuel Clouthier del Rincón Maquío, muerto en un extraño accidente en el que sus familiares no creen aunque ahora opten por amenizar los actos públicos pulsando la guitarra –tal es el caso del secretario de Desarrollo Social, Heriberto Félix Guerra, quien no tuvo tiempo de pedirle la mano de Leticia, la hija del prominente personaje, si bien se casó con ella; también el hijo mayor de Maquío sigue sosteniendo sus propias dudas e hipótesis sin poder avanzar en las averiguaciones-. Los panistas, insisto, son así: olvidan a sus muertos en el panteón d la ignominia sin siquiera buscar explicaciones.

Otro caso sintomático es el de la extraña muerte de Carlos Castillo Peraza, en Bonn y en la residencia de un íntimo amigo, cuando ya se había separado del PAN y pensaba ocupar el sitio que había dejado vacío –y lo sigue estando- Octavio Paz. El suceso, en 2000, estuvo enmarcado en los prolegómenos de la asunción de Fox quien creyó, desde el principio de su régimen, que la victoria había sido suya, sólo suya, y no del partido que le postuló. No admitió ceder ni un ápice de la gloria “por haber sacado al PRI de Los Pinos”. Fue entonces cuando Diego Fernández de Cevallos sentenció: “aumentará su fama cuando se vaya y vuelva a meter al PRI a la residencia oficial”. Pasaron seis años, luego de las truculentas elecciones de 2006, para cumplir el tremendo pronóstico.

Me cuentan igualmente que durante la administración de Luis Echeverría, ya anciano y con el estigma de 1968 y 1971 sobre sus hombros, el ejército igualmente le presionó para lograr canonjías. Fue entonces cuando este mandatario, además de conceder ciertos privilegios a los militares, reforzó al Estado Mayor Presidencial con preparación de elite y capacidad para poder superar a siete soldados en caso de llegar a un enfrentamiento. De este tamaño era el temor del presidente cuando sintió que no tenía todos los controles en la mano. Pese a todo, terminó su gestión en plenitud y permitiéndose un amago de golpe de Estado contra su sucesor, José López Portillo, a diez días de la transición sexenal. Luego, claro, fue a parar a Canberra, el unto geográfico más alejado del país, como “embajador plenipotenciario”.

Estas historias pueden ilustrarnos sobre los riesgos actuales, cada vez más severos. Es obvio que la vulnerabilidad de Calderón, que tan útil fue para las mafias que se sirvieron con la cuchara grande, se pretende trasladarla a Enrique Peña por obra y gracia de la desobediencia civil. Un segundo “espurio”, para una población confusa con un padrón de votantes cuya quinta parte es incondicional de Andrés Manuel López Obrador –los incondicionales, por cierto, me remiten a los jamelgos de los picadores en las lazas de toros, con los ojos vendados para que sólo olfateen el peligro sin verlo-, es la mejor carta para los criminales y las injerencias del norte, sobre todo cuando caigamos al nivel de un “estado fallido”, construido a pulso por los ambiciosos listos a apoderarse, a precios de oferta, de cuanta empresa sea rentable a futuro.

De eso se trata el drama actual. Y en medio está un ejército hondamente dividido al grado de que un amplio sector de generales insiste en el nombramiento del general Tomás Ángeles Dauahare como secretario de la Defensa Nacional desde su posición actual de arraigado sin que, hasta este momento, se haya podido comprobar ninguna de las acusaciones armadas en su contra. ¿Y la procuraduría militar por qué no reclama al personaje para juzgarlo de acuerdo a las leyes castrenses? Es la primera vez que se deja a un lado esta instancia tras ser señalado un general de alta graduación como enclave o colaborador de las mafias organizadas. Y esto no será fácil perdonarlo en la visión de quienes, desde dentro, saben bien cómo se han formulado las intrigas al más puro estilo de la derecha y con Marisela Morales, la procuradora general, en plan de testaferro político.

Hay malestar y mucho. De allí que jugar con fuego a la desestabilización, como pretenden los radicales de izquierda quienes no aceptan otra cosa que no sea la entronización fastuosa de López Obrador, es andar el camino hacia la hoguera, primero, y el abismo, después. ¿Es esto lo que alegraría la conciencia de un patriota ante las asechanzas diversas? En un mundo global, como el actual, no puede pensarse en México como una burbuja inmune a los factores externos y a las crisis recesivas generales. Mucho menos cuando la buena impresión que causó entre los observadores internacionales y los estadistas de buena arte del mundo llamado civilizado, incluyendo algunas naciones con tendencia hacia la izquierda, fue devastada por la negativa de López Obrador a reconocer los resultados dados por el IFE, a lo que él se había comprometido firmando un pacto de civilidad ya terminada la campaña proselitista y cuando los vicios que hoy se alegan se habían consumado, y su beligerancia en crecida… hasta llegar al punto de encenderse denostando al PRI por haber recurrido al “lavado de dinero” sin señalar a quienes serían parte de la trama ilegal. Poco falta que, en breve, se nos involucre a los treinta y cuatro millones de mexicanos que votamos por otras opciones o anularon sus boletas.

En el considerando anterior, los pobres, quienes menos tienen, estarían en primer plano. Ellos reprsentarían más del 65 por ciento del total de los supuestos votos “comprados”. Insisto en que fue el propio Andrés Manuel quien marcó la regla: “acepten todo y luego voten libremente”. Esta consigna, que pocos citan en estos momentos de confusión, pudo ser la ruta a seguir por algunos de sus incondicionales quienes, al fin y al cabo, sufragaron por López Obrador y se nutrieron de las ya célebres despensas, una costumbre que viene de muy atrás, esto es de cuando el propio icono era miembro del PRI en su Tabasco natal. ¿Quizá en esos tiempos aprendió la estratagema?¿Él está, de verdad, libre de pecado?

Las truculencias verbales que tienden a los llamados a la anarquía están tipificados como delitos. No lo olvidemos.

Debate

A este columnista le parece que las izquierdas, cuyo núcleo neurálgico es Andrés Manuel –insisto en que yo jamás le llamaré “el señor López” por respeto a su liderazgo político indiscutible y a los casi dieciséis millones de mexicanos que representa-, hicieron valer correctamente sus derechos aun a sabiendas de la tremenda distancia –de tres millones cuatrocientos mil votos-, que le separaba del primer lugar. Por ello se antojaban irrelevantes sus pataleos al principio pero éstos subieron de tono hasta convertirse, como sucedió durante su campaña, en un tremendo contrapeso a la legitimidad de Enrique Peña Nieto quien ha actuado con mesura aun cuando, cada día, se le observa más contrariado, sobre todo con su equipo de cercanos, los verdaderos responsables del desorden sobre los gastos excesivos.

Lo de las tarjetas de débito, me parece, no es serio. ¿Cómo llegaron a manos de Andrés Manuel y del triunvirato de partidos que lo postuló?¿Quiénes decidieron entregarlas, supuestamente “arrepentidos”, cuando ya estaba trazada la ruta hacia la aceptación de “todo” para luego votar en libertad, de acuerdo a las palabras del líder?¿No es más creíble la falsificación y multiplicación de tales documentos?¿Cómo garantizar que quienes los recibieron vendieron su sufragio a la hora de entrar a las mamparas frente a las mesas electorales? El argumento no se sostiene al menor soplido y, sin embargo, en este se basa el tinglado de una invalidez que más que a las elecciones dejaría en estado de indefensión a los treinta y cuatro millones de sufragantes que optaron por otros partidos o bien anularon sus boletas. También éstos forman parte de México, no sólo los perredistas, petistas y demás miembros del Movimiento Ciudadano. Basta la lógica para resolver el pretendido rompecabezas.

Por ello, insistir, cuando no hay dictamen aún, que si las autoridades validan los comicios serán igualmente cómplices de la “imposición”, es tanto como proclamar la rebelión contra la Constitución que el propio López Obrador enarbola como seño para identificar las causas justas. ¿Se trata de caminar hacia una especie de asonada civil como la que pretendía Porfirio Muñoz Ledo en 1988 cuando se quejaba de que el Frente Democrático Nacional se había comportado como los insurgentes en el Cerro de las Cruces, a unos kilómetros de tomar la ciudad de México y acabar con el virreinato?

Primero, respondan a esto; después ya veremos.

La Anécdota

Luego de la turbia campaña por el gobierno de Tabasco en 1995, Andrés Manuel, inconformado con los resultados, hizo “aparecer” lo que él llamó “las cajas de la infamia” con facturas y papelería comprometedora contra el priísta Roberto Madrazo. Poco después, le pregunté al propio López Obrador cómo habían llegado a sus manos tantos documentos, y hasta sus copias. Me respondió con cierto gesto sarcástico:

–Bueno, es como milagroso eso. Así como te lo cuento. No lo sé con precisión: sólo aparecieron.

Y de esta manera, paso a paso, ha construido sus innumerables protestas. ¿Un santo o un mesiánico?