¿Nos harán caso?¿Vale la pena insistir en las denuncias públicas aun cuando sabemos, de antemano, que la desidia y la impudicia nos llevan delantera? Pues sí. Cuando menos el registro puntual de miserias generadas por la negligencia pública y la soez tendencia corruptora de la burocracia, sirve de contrapeso y desnuda a cuantos sólo creen justas las loas de sus incondicionales y, por supuesto, perversas hasta las crónicas de la realidad sin matices. En todas las épocas, por desgracia, el duelo entre el poder público y el periodismo independiente muestra siempre los mismos orígenes y las mismas vertientes rebosantes de descalificaciones. Pero, al final, casi siempre, nos queda la historia que justifica a los denunciantes.
El abandono y la torpeza marcan a los grandes atractivos turísticos mexicanos, salvo, claro, los espléndidos hoteles de lujo, erigidos con capitales foráneos, que se han apropiado de algunas de las mayores joyas nacionales, desde playas –la Ribera Maya por ejemplo en manos de inversionistas españoles-, hasta las haciendas yucatecas convertidas en parajes para el solaz de los muy ricos con la intervención de banqueros jubilados. Desde luego, el discurso oficial de la nueva secretaria de Turismo, Gloria Guevara Mazo –segunda mujer que ocupa el cargo aunque ello no signifique que siga los pasos de Rosa Luz Alegría-, dista mucho del justo medio para exaltar la creciente infraestructura de elite.
Aprovechando los festivos días de asueto, visité con mi esposa y mi hijo menor el “remozado” zoológico de Chapultepec. Hacía muchos años que no lo hacía y, por ello, mi entusiasmo era casi frenético. Recordaba y contaba cuanto nos hacía felices en un parque con hondos acentos mexicanos en su concepción y una sólida interrelación entre la naturaleza y los seres humanos, cálida y lúdica como suele ser igualmente la templanza entre quienes nacimos en esta tierra y la veneramos.
Vinieron a mi mente, al pie de la entrada, infinidad de vivencias que se tejen a nuestra mente y también a la piel que se eriza al contacto de cuanto nos es, o debe ser, entrañable. Sentía cerca el trenecito inolvidable que pasaba entre rejas y parajes, lagunas de patos y fosas de leones marinos, lo mismo bajo túneles que nos permitían desfogar las energías infantiles echando a volar la imaginación; también, el puesto de “ponies” y carritos jalados por chivos que demandábamos para dar plenitud a la aventura; los pavorreales –permítanme la conjunción, señores correctores- que andaban entre los visitantes con sus abanicos multicolores encendiendo la admiración de todos; el gran espacio para los elefantes que nos agraciaban con periódicas representaciones circenses, cuidadosas de los paquidermos y profundamente didácticas sobre las capacidades y volúmenes de los mismos; en fin, el tigre de bengala que durante muchos años convivió en la misma jaula con su nodriza, una perra labradora, rompiendo reglas naturales; y ni qué decir de los osos polares que encendían, con sus clavados al agua helada desde las simuladas rocas nevadas, el júbilo general.
Había romanticismo y leyenda, belleza franca y, sencillamente, autenticidad por cuanto tocaba, insisto, a nuestra idiosincrasia para hacer único el espacio, muy nuestro y a la vez siempre abierto para cuantos quisieran adentrarse en el misterio. Corríamos, sentíamos, aprendíamos sin perder la brújula ni la esencia mexicanista que nos salpicaba con la permanente vendimia de chicharrones, tortas, churros y refrescos sin gas. Cada rincón tenía su propio olor y sabor; y así se quedaron en la memoria.
Entramos, al fin, al zoológico y no pudimos evitar, ansiosos, correr hacia la vieja estación del trenecito. Creíamos que podríamos encontrarlo asegurando con ello la necesaria transmisión, casi genética, del sueño de los juglares eternos. Pero ya no había rieles ni vagones: sólo una tienda con enseres diversos y comendadores dispuestos a pescar ingenuos. A cambio de pavorreales, caballitos y chivos, un semicírculo destinado a la estadounidense “fast food”, con la firma McDonalds enseñoreando el ámbito –pocos saben que el primer concesionario de esta firma en suelo azteca fue Manuel Alonso, vocero y entenado de Miguel de la Madrid, de quien la justicia parece haberse olvidado para exaltar la impunidad-, y la consiguiente desaparición de los canasteros.
Tampoco hay elefantes y este punto parece subrayar la tremenda, honda diferencia. Ni éstos ni las focas forman parte de las representaciones populares que antaño nos envolvían. Dicen que ahora no debe molestarse a las especies allí exhibidas; dentro de poco habrá quienes pretendan enjaularnos a nosotros revirtiendo posiciones zootécnicas. Esto es: el hombre, como va, parece destinado a perder sus batallas hasta para asegurar las proteínas animales según los designios de los “animalistas” insolentes.
Nuestro zoológico ya no es. Ni en dimensiones ni en calor ni en presencia. Nos lo han desmantelado a mansalva con la tolerancia de autoridades incapaces de jerarquizar valores y orígenes. Pero ¡cuánto cobran por simular que gobiernan!
Mirador
Conocí Avándaro, en Valle de Bravo, en mi despertar adolescente. El bosque era protagonista. Recuerdo que podíamos cortar zarzamoras con solo alejarnos unos metros de la casa familiar, “Los Duendes”, justo sobre Fontana Clara. Mi padre, siempre extasiado por la exuberancia de los pinos sin final, siempre decía que quería morir contemplando las montañas cuajadas de árboles de vida, como parte de la paradoja interminable. No pudo ser por los golpes arteros del poder que no puede vencer a la razón.
Aquel Avándaro era otro, tan evocador y al mismo tiempo fresco que parecía un sendero abierto entre nuestros deseos y el destino. Noches frías y tardes cálidas, sin ruidos ni demandantes consumistas. Natural, sí, pero también amalgama feliz con la perspectiva humana que supo darle al entorno una personalidad propia al pie de las chimeneas encendidas con ocotes cuyas resinas convocan al fuego. ¡Ay, aquellas cabañas que impulsaban a la convivencia, a la tertulia sin vanas veleidades ni parodias simuladoras! No había siquiera señales de televisión, ni teléfono, ni apresuramientos. ¡Pero cuánta comunicación entre nosotros!
El retorno es infeliz. Avándaro, un paraíso que debió preservarse, parece herido de muerte por la especulación inmobiliaria, las invasiones de precaristas insolentes, el frenesí de los juniors que se olvidaron de los caballos para elevar los decibeles a punta de cuatrimotos y otros inventos, la prepotencia de los nuevos dueños que extreman diferencias de clase y las vuelcan sobre el campo de golf, y, desde luego, la perniciosa actitud de munícipes y delegados que medran con los espacios y permiten el brutal deterioro.
Hoy, en torno a la pequeña capilla –nuestra familia aportó lo suyo para edificarla-, se observan anárquicas construcciones, incluso hasta una bodega descascarada para almacenar materiales de construcción y hasta fonduchas sin el menor respeto por las líneas arquitectónicas que consolidaron el perfil del lugar, simbiosis que fue casi perfecta entre los cantones suizos y la luminosidad mexicana, siempre cantarina. Da pena. La basura reemplaza al bosque y lo subyuga. Y el ruido desplaza a la paz de conciencia que nos sedaba para iniciar nuestras propias epopeyas.
Nadie se preocupa por preservar ni enaltecer. El negocio, las transas soterradas y los acuerdos corporativos van por delante. Dicen que a los gobernantes, sobre todo a cuantos creen estar en campaña permanente para autoexaltarse, no les conviene dejar las cosas como están. Les urge poner sellos, los suyos, sobre cada piedra. Y Avándaro, por desgracia, resultó un botín demasiado apetecible. Y hoy, para infortunio de quienes recordamos, no es más que un nuevo, gran fraccionamiento, con exclusividad para los poderosos… aunque los desperdicios, poco a poco, los asfixien.
Por las Alcobas
Me decían en España:
–Los mexicanos son los peores publicistas de su propio país. Siempre divulgan las cosas negativas y olvidan las positivas.
Sentí un profundo escozor. Hace unos días, quien me lo dijo, retornó a México y fue asaltado en plena calle:
–La verdad –me explicó- se me olvidaron tus advertencias. Creí que exagerabas.
Pero se repondrá, seguro. Y tendrá tiempo, si se lo damos, para reencontrarse con cuanto en México es maravilla. Quizá lo que sobra es el gobierno pero éste es un pensamiento anarquista, lejano a mis convicciones. Ya hablaremos.
























