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Twitter: @LeticiadelRocio
Revista Gurú Político del lunes, 23 de julio de 2012
“Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte”.
Miguel de Unamuno.

La migración animal obedece a diferentes razones: para huir de depredadores, para alejarse de climas extremosos, buscar un lugar favorable para reproducirse y/o alimentos. Una especie particularmente conocida por su larga migración anual, es la mariposa monarca. De norte a sur y de sur a norte del Continente Americano, esta especie regresa, tras varias generaciones, a los mismos sitios de hibernación. Incluso, también realiza travesías trasatlánticas. Y la migración realizada por el ser humano, especie animal cuya denominación científica es Homo Sapiens, no está alejada de esas mismas razones.

Sin embargo, mientras la migración de otras especies merece esfuerzos y reconocimientos internacionales para la preservación de las mismas, la efectuada por los seres humanos ha generado todo tipo de desalentadoras situaciones: prohibición, persecución, estigmatización, y no pocas veces, asesinato.
Es importante tener en cuenta que México se ha constituido en la antesala de acceso en dirección sur-norte de incontables flujos migratorios indocumentados del mundo, originados por igual número de razones: cada persona que decide dejar atrás su historia, su familia, su entorno, tiene una razón válida para ello… y sólo quien conoce sus circunstancias podrá entenderle, lo que desde luego no implica que tenga derecho a juzgarle, mucho menos a excluirle.
En fechas recientes, leí y escuché expresiones, para mí lamentables, al referirse a las y los migrantes que transitan por nuestro país. Frases como “ustedes no saben qué clase de personas son” se soltaban, una y otra vez, a modo de justificación del cierre de la Casa del Migrante de Lechería; y dando a entender, con las mismas palabras, los riesgos que corre una comunidad donde hay presencia de migrantes. Como si de una plaga se tratara.
Efectivamente, y sin el tono altivo, no sabemos qué clase de personas son: porque desconocemos sus temores, sufrimientos y desengaños; porque a veces ni siquiera imaginamos las dolorosas y crueles experiencias que han vivido aún antes de abandonar su país; porque tú y yo, todos los días tenemos la certeza de que nuestra casa sigue siendo nuestra, y todos los días tenemos garantizado un alimento… pues no hemos tenido la necesidad de abandonar todo, para ir en busca de algo, lo que sea, con la única esperanza de que sea mejor que lo que nos rodea.
La migración genera dos procesos sociales distintos: redes humanitarias y redes delictivas. De las primeras, el Padre Alejandro Solalinde en Tabasco, las Patronas en Veracruz y el Obispo Raúl Vera en Coahuila, son gran ejemplo; las segundas, no tienen otro fin que abusar de la vulnerabilidad de las y los migrantes.
El crimen organizado, en el caso de la Frontera Sur, ha encontrado en la transmigración un nicho de mercado delictivo, y el secuestro es una expresión de esa nueva fase. De acuerdo a investigaciones de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales con sede en México, estas redes utilizan a hombres y mujeres pertenecientes a su organización, que migran como la masa, interactúan con los migrantes, se ganan su confianza… Y así, no sólo obtienen información valiosa del migrante (nombre, lugar de origen, motivo por el cual migran, etc.); sino que también identifican lugares donde se facilita el albergue, puntos de vigilancia y posibles contactos. Al final de la ruta, se ‘entregan’ a las autoridades de migración para regresar (gratis), y advertir de esta manera cómo funciona de norte a sur la red institucional, y de sur a norte, cómo funciona la red solidaria.
El migrante secuestrado, engañado o extorsionado, con frecuencia es obligado a señalar a otras personas centroamericanas; o bien, a realizar tareas como cocinar, lavar ropa o ‘trabajar’ en grupos de choque.
Y, si por fortuna, las personas migrantes salen bien libradas de la presencia y extorsión de estas redes delictivas, aún tienen qué enfrentarse a fríos y calores extremos que nunca antes habían vivido, o a estar dispuestas a utilizar su cuerpo como moneda de cambio para poder continuar su viaje.
Cerrar albergues, ojos y fronteras ante un fenómeno natural como lo es la migración, sin duda, no ha sido ni será la solución. Si bien contamos con un marco jurídico que regula el acceso, tránsito y eventual permanencia en nuestro país, también es cierto que existe un fantasma de rechazo social que prejuzga y, por supuesto, señala con dedo acusador. En la medida en que seamos incapaces de actuar con un espíritu compasivo, en esa misma medida, seguiremos siendo, tú y yo, parte del problema. Y el problema, es rechazar la presencia de seres humanos por la única razón de un lugar de origen distinto al nuestro.
Publicado en la Revista Gurú Político (http://www.gurupolitico.com)  y reproducido con la autorización de su Director.
Abogada por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey. Autora de ‘Dignidad para llevar’. Defensora de los derechos humanos, integrante del colectivo de activistas digitales Contingente Mx. Correo electrónico: [email protected]. Twitter: @LeticiadelRocio www.leticiadelrocio.com.mx