Hay abstemios de bebidas alcohólicas que, tras dejar el vicio del alcohol, pueden sin embargo beber una o dos copas socialmente, sobre todo acompañando una comida, o en algún festejo. Pero otros no pueden darse ese lujo, ya que una vez que empiezan, simplemente no pueden parar, y de una o dos copitas, siguen hasta donde alcance. Esto ya lo sabemos, pero hay otros casos semejantes.

Uno de ellos es el de los juegos de azar, cuando apostar se vuelve una obsesión tal que es irresistible. Como apostar no parece ser dañina para la salud como el alcohol o el tabaco, que tienen bien ganada reputación de llegar a matar gente, normalmente no se le da importancia a la adicción o vicio de las apuestas. Esto científicamente se llama “ludopatía”.


Sin embargo, la ludopatía, el vicio de apostar, es una adicción que causa no solamente daños económicos, sino también psiquiátricos y físicos. Desgraciadamente, cuando alguien empieza a apostar, sobre todo en cosas sencillas como las maquinitas de los casinos, y a perder unos cuantos dólares, la cosa no parece merecer importancia, pero la llega a tener, y mucha.

Los casinos son uno de los mejores negocios del mundo, y lo son porque los apostadores en este negocio pierden diariamente acumulados millones de dólares en esta “diversión”, pero siguen jugando porque como algunas veces se gana y hasta se llega a ganar mucho dinero, siempre está la esperanza de recuperar lo apostado y perdido, o volver a ganar.

Para quienes estudian y analizan la industria del juego, el mundo de los casinos en uno de grave daño social. Para los que invierten en estas empresas es el mejor negocio de su vida, ya que frente a algunas apuestas perdidas sus ingresos netos son maravillosamente altos. Es la industria de esquilmar gente sin tener que amenazarla o presionarla los corderos, las ovejas, llegan solas, basta algo de promoción comercial.

Quienes en zonas de bajo desarrollo o países pobres apoyan el establecimiento de casinos para atraer turismo, “crear empleos”, generar impuestos y gasto de esos turistas, no tienen idea de lo que están apoyando. O al menos así es cuando no son parte interesada en lucrar a costillas del apostador.

No es difícil conocer el grave daño social que causan los casinos, hay abundante información al respecto en la Internet. No solamente se dañan y destruyen patrimonios familiares, sino que como consecuencia de la necesidad de obtener dineros que apostar una vez agotados los propios, los apostadores obsesivos fácilmente incurren en la comisión de delitos y roban para apostar cuando ya no tienen que vender o empeñar.

En las zonas urbanas en donde se van estableciendo casinos, los índices delictivos de los alrededores crecen rápidamente. También en esto hay abundante información estadística. Y no se trata sólo de robos para apostar, sino que otros tipos de delitos también se multiplican, amén del florecimiento de la drogadicción y la prostitución.

La obsesión por apostar se vuelve tan grave, que causa serios problemas mentales al apostador y de relación con su entorno familiar, vecinal, laboral y de amistades. Por supuesto que hay quienes se dan el gusto de hacer algunas apuestas, pierden o ganan unos cuantos dólares y se van a su casa, pero ellos no son los llamados ludópatas, los viciosos del juego de azar, sino simples aficionados.

Lo grave del asunto es el riesgo de pasar del juego limitado por voluntad como diversión eventual a la irresistible “necesidad” de apostar una y otra vez, cuando la siguiente apuesta será “la revancha”, el desquite de pérdidas acumuladas. Esto puede ser una simple obsesión de no pasar por la vergüenza (ante sí mismo o/y ante los demás) de perder y volver a perder, hasta la desesperación de estar dispendiando o haber agotado un patrimonio, personal, familiar y hasta empresarial.

Aun cuando nos encontráramos a un jugador “suertudo”, que en general gana más de lo que pierde, los bien estudiados trastornos mentales no dejan de presentarse en los jugadores, en menor o diverso grado. Sus crisis llevan al apostador hasta el suicidio, dejando a los suyos en la desgracia económica, sin patrimonio y con enormes deudas.

Adicciones como las del alcohol o el tabaco, dañan a la persona y ocasionan desde malestares de los suyos hasta diversos problemas de atención al enfermo de tabaquismo o alcoholismo. Pero estas situaciones se quedan cortas ante las crisis en que llegan a caer con relativa facilidad los adictos a apostar. El apostador pierde dinero, pierde patrimonio propio y ajeno; se endeuda para cubrir deudas contraídas y para seguir apostando, ya que la suerte “tiene que llegar”.

La ludopatía es una enfermedad, la obsesión por jugar no es una simple característica adquirida de la personalidad. Como tal representa un problema personal, pero también familiar, empresarial y social. Y los problemas sociales tienen costos sociales y presupuestales, ya que los enfermos requieren atención médica y asesoría psicológica y esto recae en el erario público.

No es pues un simple problema personal, como tampoco son totalmente personales los problemas de los adictos a las drogas enervantes, al tabaco y a las bebidas alcohólicas. Lo malo del asunto es que el vicio de apostar, la ludopatía, es un problema social desatendido de manera sistemática.

Hay muchas campañas contra la drogadicción, el tabaquismo y el alcoholismo, pero no contra la ludopatía. Este es un caso de adicción desatendido, a pesar de que la información médica, económica, social y gubernamental sobre el tema es más que abundante.

La diferencia entre estas últimas adicciones y la ludopatía, es que en las primeras, conforme avanzan los daños de todo tipo al adicto y a sus familias, hay plena conciencia de ello, y si los enfermos deciden detenerse, con todas las dificultades que ello implica, hay mucho qué hacer para ayudarles.

Pero a los ludópatas difícilmente se les puede ayudar, ya que según van perdiendo sus dineros y otros bienes, siempre tienen la esperanza de que “la próxima es la buena”, así que disponen legal o ilegalmente de bienes propios y ajenos para seguir apostando, hasta llegar a la comisión de delitos para intentar cubrir las pérdidas o deudas contraídas.

El ludópata, en su desesperación permanente, desarrolla problemas de carácter, se vuelve irascible, agresivo, insolente, irresponsable o bien depresivo, solitario, descuidado de sus deberes o alguna combinación de todo ello. Además, sus angustias o depresiones le llevan a incurrir en otros vicios, como la drogadicción y el alcoholismo, así como al abuso medicamentoso.

No es solamente pues que pierda bienes, pierde su salud mental y de paso hasta la de sus cercanos, incluyendo a su familia, amigos, compañeros o socios. Y como ya indicamos, los ludópatas son un problema de salud pública, del Estado.

Los más graves casos conocidos por los estudiosos del tema, son los de los adultos mayores, los ancianos que, buscando distracciones frente al ocio, caen en esta adicción, pues pierden los bienes que les restan para sus últimos años, comprometen sus ingresos posible por pensiones y jubilaciones y aumentan sensiblemente sus necesidades de atención a la salud, física y mental.

Pero hay algo más, y es el método de cobro que pueden llegar a ejercer los acreedores de los ludópatas, que no pueden pagar deudas de juego y que son amenazados, atacados y hasta asesinados por criminales profesionales.

Por supuesto que no todos los ludópatas llegan a graves extremos de la enfermedad; eventualmente conservan ciertos controles o relativa estabilidad emocional, pero el peligro de llegar a situaciones extremas está presente. La ludopatía es como un precipicio cada vez más profundo para quienes caen en el juego de que, habiendo perdido mucho, desesperadamente harán todo lo posible por “recuperarse”, con todas las malas consecuencias del caso.

¿Qué se puede hacer entonces ante un problema que llaga a ser grave, que es conocido pero no enfrentado social o institucionalmente? ¿Se trata de un caso perdido? No, siempre se puede hacer algo, en realidad muchas cosas.

Primero que nada, está la educación preventiva o correctiva de todos, niños, jóvenes y adultos, sobre todo los primeros. Por otra parte, está la atención debida a quienes, familiares o gente cercana, empiecen a visitar casas de apuestas, del tipo que sea: casinos, hipódromos, palenques y otros lugares en donde se crucen apuestas. Para quienes están en plena adicción, buscarles ayuda profesional, darles apoyo directo y en lo posible vigilar sus pasos para que no asistan a los sitios de apuestas, incluyendo los que operan en línea en la Internet, que también los hay, y muchos.