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Los números no le salen a los técnicos perredistas en cuanto a la elección de 2012 y a diferencia de cuanto sucedió en el 2006 cuando, con mayores posibilidades de queja y recursos, no supieron defender el voto mayoritario de los mexicanos dando cauce, por la propia inercia, al infecundo sexenio de la violencia, que así será recordado, sin duda, el período de Felipe Calderón. Resulta que con sus malabarismos estadísticos, de cualquier manera, al revés o al derecho, el priísta Peña Nieto sigue teniendo una considerable ventaja… aunque más leve. Por ejemplo, se estima que en las áreas urbanas el ex gobernador mexiquense “sólo” tuvo medio millón de votos más y que la mayor concentración de sufragios a su favor, el 84 por ciento para ser exactos –entre otras cosas porque son más-, se dio en las casillas rurales. Y tal se considera como una muestra palpable del fraude; esto es: los campesinos, en masa, vendieron sus votos.

Se olvidan varias cosas que hemos reiterado en esta columna con la esperanza de que nuestra visión llegue a los círculos cercanos al obcecado tabasqueño; de cualquier manera, me han escuchado afines a él porque el candidato, como sabemos, rehuye encontrarse con periodistas o críticos incómodos aun cuando hayamos sido sus amigos en otros tiempos, como es mi caso. La intolerancia hacia quienes no son sus incondicionales ni han ganado reflectores por su estudiada cercanía con el icono de las izquierdas, es la menor prueba de cuanto dura su pacifismo y propensión hacia la “república amorosa” que postula. No hay ninguna duda acerca de cómo actuaría con los informadores independientes, y peor les iría a los medios con líneas paralelas a las otras opciones políticas –Milenio, en primer plano, El Universal y Reforma-, como si el cambio radical consistiera simplemente en una suerte de linchamiento.


Desde luego, otra cosa sería si pudiera demostrar su victoria electoral lo que, al paso de los días, es imposible, tanto que las mismas matemáticas lo corroboran y, para colmo, ahora sólo insiste en un interinato –en el que los perredistas ilustres serían los últimos en la lista de los aspirantes-, como salida para salvarse ante quienes ya se creyeron que, en efecto, los comicios fraudulentos de 2006 deben equipararse a los de julio pasado. ¡Si supiera Andrés Manuel cuánto fastidia su sonsonete a la mayor parte de los mexicanos, es decir a todos los demás fuera del cerrado grupo de sus adoradores! Un buen político debe tener suficiente olfato para percibirlo y es extraño que el tabasqueño parezca atrofiado y sin salidas viables más que los escándalos mediáticos. Por cierto, si habla de equidad, debe considerar que ninguna otra figura ha recibido tanta atención, después de los comicios, que él. Y durante la campaña marchó paralelo a sus rivales si nos atenemos a los porcentajes marcados por las emisoras y los diarios. En esto no le funciona ni la aritmética.

Otro asunto es el de la papelería que llega a sus manos durante las conflictivas electorales. Si él dijo a quienes recibían ofertas de otros partidos que tomaran cuanto quisieran y luego “votaran libremente”, ¿no le extraña que algunas miles de tarjetas de débito le hayan sido ofrecidas como ofrendas? Quienes las pusieron en sus manos es porque no le hicieron caso, no tomaron lo ofrecido… y a lo mejor por ello no votaron por la causa de López Obrador, demostrando así que, en libertad, podrían no disponer de las tarjetas en cuestión aunque carecieran de recursos para el inicio de agosto, el mes más atractivo del año en materia de diversión y vacaciones.

Por otro lado, desde siempre, le ocurren “milagros”. Así calificó a la aparición de las llamadas “cajas de la infamia”, tras los comicios en Tabasco por la gubernartura en 1995, conteniendo, nada menos, doscientos cincuenta mil documentos contables, originales, que amparaban los excesos en los gastos de campaña de su contendiente, el priísta Roberto Madrazo, mal visto por el entonces mandatario federal Ernesto Zedillo. Por lo que he podido indagar quien habilitó las tales pruebas, para descabezar a Madrazo, fue quien fungía como secretario de Gobernación, Esteban Moctezuma Barragán, quien debió separarse del cargo a las pocas semanas en plena debacle de la política interior del país y la decadencia del diálogo y los acuerdos. No por otra cosa se dio la alternancia hacia la derecha al fin del mandato presidencial.

Desde entonces, y ya pasaron diecisiete años, todas las elecciones en las que hay participado López Obrador –excepto la que él ganó para ungirse jefe de gobierno del Distrito Federal en 2000, la más “impecable” de todas, claro-, han culminado con una exaltación de papeles, tarjetas, boletas cruzadas o en blanco, como sostén de sus alegatos de fraude. Pero, acaso ¿no fue bastante menos lo que hizo el PRD y sus partidos de acompañamiento, en 2006 cuando el fraude fue más evidente? En aquella ocasión luchaban contra una elección de estado a través de un partido, el PAN, incapaz de elevar sus coberturas precisamente en las entidades con mayor población rural dado su apego a las ciudades industriales en donde pesan mucho las voces de los grandes capitalistas. Y, sin embargo, terminado el plantón en el Zócalo y Reforma, apenas sintieron los aceros del ejército que requerían el mismo espacio para e desfile militar del 16 de septiembre, la protesta se fue apagando hasta convertirse sólo en un estigma para el nuevo gobierno mientras Andrés Manuel deambulaba de un lado a otro

Por eso suele mentir tanto aunque intente reconocer sus pecados de origen: dijo que en el PRI había estado sólo nueve meses –lapso para un parto-, siendo esto tan falso como un billete de dos pesos. Si la historia no falla, el ingreso de López Obrador al PRI se produjo en 1975, siendo estudiante de Ciencias Políticas en la UNAM, durante la campaña a senador de uno de sus grandes protectores, el poeta Carlos Pellicer Cámara. Y desde esa fecha hasta la creación del Frente Democrático Nacional, fundado por Cuauhtémoc Cárdenas que se escindió del PRI. Cuento trece años y no nueve meses… un niño bastante maduro en las artes priístas.

También no dijo la verdad cuando, presuntuosamente, alegó que él jamás ha hecho “un acto de sabotaje”. ¡Qué barbaridad! Precisamente le conocí, en Villahermosa, cuando mantenía bloqueado los pozos petroleros de su entidad como protesta por “el fraude electoral”, en 1990, cuando no pudo conquistar el gobierno tabasqueño que quedó en manos de Madrazo quien, por cierto, fue avisado de que su “cabeza” ya había sido cortada por las negociaciones del PRD con Zedillo, el gran simulador. Le llamó, precisamente para decírselo, ¡Porfirio Muñoz Ledo!, un tanto con sarcasmo. Pero Madrazo reviró y no se fue de la gubernatura ampliándose sus distancias con el presidente de la República, gran causante del declive del PRI durante todo su amargo sexenio. Y ahora vuelve con renovadas fuerzas; ya está en México para “aconsejar” a Peña Nieto y ayudarle a formar su gabinete desprendiéndose de Salinas, el villano favorito de cuantos siguen las telenovelas o culebrones.

Por eso es imposible, simplemente, que el TRIFE opté por actuar siguiendo el libreto de Andrés Manuel, porque antes deberían resolver los tribunales, no sólo el electoral, la larga cauda de ilícitos atribuidos a López Obrador y su equipo. Por ejemplo, ¿no se cometió secuestro en Ecatepec cuando una turba de perredistas, encabezadas por un diputado federal del mismo partido, irrumpió en uno de las sucursales de Soriana y mantuvo retenidos a trescientos clientes por tres horas? Eso se tipifica, nada menos, como secuestro en el Código Penal. Y no hablemos del desacato del que le culpan algunos militares y de otras desviaciones extremas. Más le valdría callar e irse a su casa porque están creciendo los señalamientos.

Debate

de lo que pueda resolver el IFE y de las temidas reacciones de López Obrador y sus incondicionales en caso de que no se invaliden los comicios presidenciales –separándolos, claro, de los legislativos que, en tal caso, debieron igualmente desconocerse aunque el PRD perdiera su botín en las Cámaras-, no son pocos los ciudadanos quienes, no sin razón, se han acercado al columnista exponiendo sus temores a un recrudecimiento de los viejos autoritarismo. Les he explicado lo que, a mi entender, son asuntos medulares:

1.- Las conductas autócratas no son exclusivas en México de un solo partido, en este caso el señalado PRI por su larga hegemonía con cariz de falsa democracia “interpretativa”. En López Obrador he encontrado más tendencias hacia el autoritarismo que en quienes fueron sus rivales; cuando menos en el trato hacia los cuestionamientos incómodos que no puede responder. Por eso, lo confieso, dejé de creer en su proyecto hace un lustro.

2.- Cuando entrevisté a Peña Nieto para mi libro “2012: La Sucesión” –Océano, 2010-, que abrió los frentes de la polémica incluso sobre la vida personal del personaje, hablamos igualmente acerca del presunto apoyo del ex presidente Salinas de Gortari y otros más, y me dijo:

–Quien pretenda ser candidato no comienza cerrándole la puerta a ninguno

–¿Luego vendrá, entonces, la poda?

–Cuando eso llegue… ya se sabrá.

Y falta muy poco para constatar si sólo se trató de una salida fácil.

La Anécdota

Seré breve en el relato porque da para mucho más. Escuché de un experto en cuestiones militares lo siguiente:

–Todo este asunto de las drogas es bastante simple: quienes las transportan hacia los Estados Unidos saben por dónde pasar. ¿Y sabes por qué? Porque los “gueros” del norte mandan: “por esta garita están libres, ¿cuántos camiones son?”. Y así todos los días, se turnan. Claro, los decomisos que se anuncian es sólo el diez por ciento necesario para maquillar las acciones del gobierno, más la de esta administración.