La mirada modernizante contemporánea, ha traído como uno de sus efectos más notorios, la definición de escalas de valores basados en el termómetro de la manipulación y el consumismo.
De esta manera, se busca reorientar las necesidades de la sociedad, estableciendo parámetros supuestamente participativos, pero que en la práctica son utilitaristas. Hacen suponer que prima la mirada a las tendencias de opinión, en una especie de democracia participativa, mientras con financiadas campañas preparan a la gente para asumir como suyas las ideas impuestas.
Hemos llegado a la época en la cual, los grandes gurús internacionales, movidos por intereses corporativos -no por sus propias conclusiones, ni estudios-, acompañados de equipos altamente cualificados de profesionales expertos en psicología de masas, van delineando lo que debe creer la gente, vehiculizándolo en las tecnologías de la información y las comunicaciones. Esto, que constituye desde todos los ángulos la disminución abrumadora de la libertad, como la más terrible de las pérdidas, es bienvenido por la mayoría creyendo estar decidiendo, sin darse cuenta que se está midiendo en cada uno el éxito o el fracaso de concepciones que han sido promovidas de manera subrepticia entre sombras.
Deberíamos detenernos a analizar los cambios proclamados como supuestos logros del progreso de la humanidad, en lo referente a la manera de ver las cosas, la familia, sexualidad, la religión, el mundo… Las personas terminan suponiendo que optan por algo y que son escuchadas, cuando en realidad se les programó para llegar a tal punto de vista. ¿Es esto posible? Evidentemente sí. Pero tal vez para muchos resulta un absurdo comentario. Casi todos creen que los bruscos cambios en el mundo corresponden a la evolución a escala superior de la sociedad, superando una supuesta época oscurantista, donde nada valía, mientras se nos vendió la idea de que todo lo nuevo es bueno y que cambiar por cambiar es una virtud. No es extraño que de tales conceptos participen incluso aquellos que recibieron del pasado legados incalculables, mostrándose avergonzados de la historia, mientras sostienen ser de avanzada.
Aunque nos preciemos de ser muy modernos, en lo social prima el marketing sobre el método científico, y el liderazgo es uno de los afectados, ejerciéndose desde las encuestas para dar la impresión que se atiende el querer popular, pero en contraposición al deber ser, es decir, convenciendo con argumentos sólidos, presentando iniciativas adecuadas para afrontar males, generando movilizaciones pro activas, demostrando soluciones posibles o simplemente señalando los errores y proponiendo salidas viables. Se nos hace creer que un buen gobernante es aquel que cuando llega el invierno o el verano traza planes de contingencia o pide que estemos alerta, como si se tratara de novedades, pero eludiendo planificar y actuar a largo plazo. Liderazgo no es tampoco generar leyes donde supuestamente se atacan flagelos sociales, sin saber de dónde saldrá el dinero para ejecutarlas o en detrimento de otros derechos. Hace falta una mirada constructiva y crítica a nuestros grandes males, y es indispensable reconocer que socialmente, en lugar de avanzar retrocedemos, aunque se diga ser los Non Plus Ultra del progreso.

























