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Si los perredistas comienzan a meditar sobre la conveniencia de marchar hacia el despeñadero, como en 2006 –si bien en esta ocasión, justificadamente-, sólo para hacer prevalecer el estandarte de López Obrador; y los panistas se hacen garras para responsabilizarse, unos a otros, del cataclismo electoral; en el PRI se juega claramente a dos bandas: una, la formada por el hermético grupo cercano a Enrique Peña Nieto, quien mientras más aullaba Andrés Manuel optó por irse de vacaciones, y otra moldeada por las intransigentes viejas mafias que reclaman su pedazo –acaso el de mayor glucosa, aunque algunos sean diabéticos por cuestiones de edad y volumen corporal- en el pastel presidencial.

Para Peña, según explican quienes le conocen de siempre, es muy importante ciertos equilibrios en su gabinete, mismo que posiblemente sea anunciado en cuanto el Tribunal Electoral dicte la última palabra, pero con el hilo conductor de sus hombres de plena confianza. Es natural. Él mismo aseguró –”2012: La Sucesión”- en cuanto a las mafias que le impulsaban, “ya se verá” cuál sería su destino cuando fuera la hora, es decir al sentarse en la silla presidencial. (Por cierto, el presunto senador Jesús Murillo Karam, ya le dijo a López Obrador que le pida a Calderón la oportunidad de sentarse en ella, como hacen los boy scouts distinguidos en Washington, cada año, tomando el papel de Barack Obama por un día; al icono de la izquierda le bastaría con veinticuatro horas para autoinmolarse).


En fin, Peña no debe olvidar, bajo ninguna circunstancia, que buena parte de quienes por él votaron lo hicieron creyendo en una verdadera renovación del viejo priísmo, esto es sin formar parte del llamado núcleo duro de este partido, obviamente dispuestos a aceptar cuando dicten y hagan sus dirigentes como una sombra del antiguo presidencialismo. Cuantos no están en lisa de puestos públicos y exigen el imperativo de actuar con firmeza, librándonos de mafias y de cuantos nos recuerdan a un pasado ominoso, no pueden aceptar la designación vulgar, con la antigua metodología, de los coordinadores de las bancadas del PRI en las Cámaras Baja y Alta. Es una verdadera ofensa para todos los mexicanos de bien, cuando la historia no ha dicho la última palabra sobre los execrables sexenios de la fase final del PRI hegemónico, y una torpeza cuyo costo puede ser gravísimo porque se le dan armas, y muy poderosas, a los adversarios o, mejor dicho, a los enemigos.

México, dividido por las facciones, no sale del esquema a pesar de empeños, creemos sinceros, por adelantar la democracia dejando atrás los engaños y las simulaciones. ¿Cuántos años hablamos de democracia interpretativa para ocultar que el presidente actuaba con el mero consenso de su propia persona, “legitimándose” –decían- mediante un ejercicio acorde con las políticas sociales… aunque no cesaban de enriquecerse? Pero, después, tales banderas se les deshicieron en las manos y ya no hubo conexión alguna entre el conglomerado empobrecido y la casta política ensoberbecida. Fue entonces cuando se ideó, como salida política para atemperar los fraudes electorales, la creación de nuevos organismos –IFE y TRIFE-, en apariencia autónomos y con mayor capacidad de vigilancia.

El bagaje de Peña, el que le permitió alcanzar diecinueve millones 200 mil sufragios, fue precisamente la promesa de la renovación y la separación de las viejas mafias aunque no lo dijera de manera explícita ni formara parte de su largo listado de “compromisos” firmados. Muchos más de lo que el propio equipo de Peña percibe, en cambio, sí lo entendieron así. ¿Cómo decirles a estos sufragantes que el PRI vuelve a las redadas del desprestigio, colocando a un sujeto como Gamboa, acusado hasta de pederasta, al frente de los senadores del PRI, desprestigiando, de entrada, a esta fracción. ¿Y hablamos de cuanto de negativo tiene la figura de Manlio, a pesar de ser quien mejor conoce al establishment?

Ya puedo contarles una anécdota que, en realidad, es un hecho. Cuando Enrique Peña, cerca del fin de su mandato en el Estado de México, visitó al ex presidente Carlos Salinas –como lo hizo también con los demás ex mandatarios, incluyendo al singular “panista” Fox cuya fiebre de egolatría le hace pensar que está por encima de su partido y de las ideologías-, le reclamó:

–Señor, dígame de una vez si voy a contar con usted –expresó Peña a Salinas-. Porque por allá se anda diciendo que en el fondo su cariño por Manlio lo desborda.

–No se confunda, Enrique; claro que simpatizo con usted. Además, bien sabe que Manlio es impresentable en sociedad. Sería un buen presidente… pero primero está la campaña y en ésta no podría estar al nivel.

Recuérdese que, tiempo después, cuando entrevisté a Peña Nieto sobre las mafias y los ex presidentes; y este fue el diálogo:

–¿Qué haría con ellos (los “ex) si llega a la Presidencia? –pregunté-.

–Sobre el particular tendré definiciones. No por ahora. Pero le adelanto que mi relación con ellos es como la que sostengo con otros gobernadores: de cordialidad y respeto. A todos los he visto, desde Echeverría hasta Fox, incluyendo a Salinas y Zedillo… aunque a este último lo he tratado menos porque no está aquí. Ninguno de ellos me ha pedido nada en particular ni ha pretendido influir sobre mí.

–Entonces –repliqué-, ¿cómo es que está tan fuerte si no lo apoyan los viejos gurús?

–Pues no lo sé… será por el trabajo que hemos realizado. –”2012: La Sucesión”, Océano, página 210.

La primera línea es la que da la pauta: “tendré definiciones”… a su tiempo. Y, claro, como todavía no llega su hora porque el TRIFE retiene el proceso por las presiones de la izquierda –tiene hasta el 6 de septiembre para dictaminar sobre la elección presidencial del primero d julio-, se le fue de las manos la imposición de la vieja guardia de los coordinadores camarales que no son, siquiera, allegados a él. Manlio hasta pretendió dividir y Gamboa hizo loo imposible por elevarse al liderazgo del PRU con el apoyo del primero. Al final, Peña se impuso pero no con buenos dividendos: Humberto Moreira, bajo el escándalo de la deuda en Coahuila –mal que aqueja a una docena de entidades del país-, sucumbió como político dramáticamente.

Sucede lo contrario con Beltrones y Gamboa, mal vistos por una ciudadanía que conoce buena parte de sus pasos y desviaciones. Sabemos a quienes representan, precisamente a esos “viejos gurús” que buscan convertir a Peña en un títere… si se deja. Ya veremos cuando llegue “la hora” y conozcamos la verdadera medida de quien, casi con seguridad, asumirá su responsabilidad ejecutiva el primero de diciembre, con las protestas hirviendo.

Debate

No creo en los discursos presidenciales cuando ya corre el cuarto año de una administración ineficaz, de muy pobres resultados, en una perspectiva cada vez más dolorosa para los mexicanos. Bien se sabía, incluso cuando parte de los quince millones que votaron por el PAN en 2006 lo hicieron a favor del “menos malo”, que no era razonable esperar de Felipe Calderón una gestión visionaria, de estadista, en la hora oscura de la crispación. No hubo, en principio, rasgos suficientes para asegurar los controles sino únicamente cierta paciencia para que la medicina del tiempo atemperara el clima áspero.

Entonces no podemos sorprendernos por los efectos de aquella “campaña negra” que planteó a la izquierda como un “peligro”, desactivando la posibilidad de un viraje político, y situó al PRI como una especie de cadáver al ser reducido a la perentoria posición de tercera fuerza política. ¿Qué dirán ahora cuantos festinaron un ficticio certificado de defunción del priísmo, en 2000, cuando aún éste controlaba a la mayor parte de las entidades federales y sumaba con la izquierda las curules y los escaños suficientes para amortizar y desfondar las iniciativas del presidencialismo de derecha?

Por supuesto, la desmemoria suele ser el recurso de los manipuladores de oficio. Igual, claro, entre quienes, ante la evidencia de la crecida de la violencia y de las bandas criminales, apuestan por la validación de los discursos institucionales, cortados con la tijera de la demagogia –igual a como se hacía en el pasado reciente-, en voz de un mandatario cada vez más acotado y urgido de apoyos populares en ausencia de carisma y presencia de liderazgo. No tiene del todo la culpa el señor Calderón sino cuantos se inventaron a un candidato por omisión, esto es porque no fueron capaces de construir una plataforma fundamentada en la capacidad de aglutinamiento del partido que detenta el poder federal.

Calderón, es cierto, fue el primero en “destaparse” –el último día de mayo de 2004-, y la osadía le costó cara: no tuvo más remedio que presentar su renuncia a la Secretaría de Energía ante el desplante presidencial con el que Fox pretendió regañarlo, exhibiéndolo como un desleal y un ambicioso… con escasas posibilidades de éxito. Luego, al desplomarse las opciones presidencialistas por carencia de operatividad política, surgió como la última carta de una baraja condicionada, precisamente, a la parafernalia de Los Pinos. Y si pudo remontar, como sabemos, fue precisamente por la presencia de diseñadores de importación, como el español Antonio Solá proveniente del Partido Popular, quienes se inventaron una fórmula, copiando al carbón los usos cotidianos en la península ibérica, basada en las permanentes inducciones mediáticas con control sobre mensajes y debates armados al gusto de los detentadores del poder. Eso fue todo y resultó bastante.

Lo anterior explica, además, la preeminencia de la mediocridad en los escenarios públicos. Cuando pregunté al senador Manlio Fabio Beltrones –”2012: La Sucesión”, Océano, 2010-, desde cuando los mejores hombres –y, desde luego, las mujeres más brillantes-, no llegaban al gobierno, éste se encogió de hombros, exhaló un largo suspiro respondió:

–¡Uy! Hace mucho tiempo.

Tal es la baza, sin duda. Sin personajes del talante de cuantos, perversos o no, conocían a fondo la geopolítica nacional

La Anécdota

Humberto Moreira Valdés, tan asediado pese a que ahora apenas se muestra en público, me contó cuando era todavía gobernador de Coahuila:

–A mediados de 2006, en Castaños, varios soldados dejaron el cuartel para tomar por asalto al pueblo. Hicieron de las suyas y acabaron violando a once mujeres. Los pobladores del lugar me lo reclamaron de manera airada. Y yo llevé la queja al secretario de la Defensa Nacional –en esos momentos el general Clemente Vega García- ¿y sabes qué me respondió? Que las violadas “sólo” eran unas putas calientes. No cedí y exigí que se procediera contra los responsables. Acabaron por señalarme a unos cuantos y los de Castaños se quedaron tranquilos.

¿Para cuándo, señor Calderón, la misma actitud en el gobierno federal?