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De acuerdo a los principales voceros de Andrés Manuel López Obrador éste no tiene la menor intención de crear un clima de revueltas en cierne como el que permitió pasar, por la puerta de atrás de San Lázaro, al “espurio” Felipe Calderón quien se ganó a pulso el mote y nunca pudo superarlo. Por cierto, en ningún otro momento de su gestión, el mandatario se había visto tan relajado y contento como en esta fase final cuando ha debido asimilar la derrota de su partido, monumental, y la suya propia, por ende, en medio de una batahola imparable cuyo desenlace final no augura nada bueno para el país. ¿Será que le da mucho gusto el hecho de que las elecciones se hayan ensuciado antes de pasarle la estafeta a Enrique Peña Nieto, acosado por el mismo calificativo aun con una ventaja de tres millones doscientos mil votos de su más cercano perseguidor?

No hay punto de comparación, insisto, entre los comicios de 2006 y los de 2012. Hace seis años el fraude fue marcado por mayores vicios, comprobables a simple vista, y con la intervención de alquimistas que jugaron con una banda de un millón de sufragios –medio para arriba; medio para abajo-; en este 2012 la defensa jurídica no tiene colchón en donde aterrizar porque ninguna de las supuestas causales de ilegalidad sanciona al partido acusado, en este caso el PRI, con la invalidez ni la inhabilitación del cargo sino sólo con una coerción administrativa que, acaso, puede ser la mayor de la historia del IFE pero nada más. Es cuanto dice la ley y si se dicen respetuosos de ella, los lópezobradoristas y el propio líder deben aceptarlo.
Sin embargo, todo parece que no será así. Hace unos días, conversé largo con el veracruzano Dante Delgado Rannauro, uno de los pilares del Movimiento Ciudadano que fue parte del “Progresista” –y con quien tengo el punto en común de repeler al descastado Miguel Ángel Yunes quien lo envió injustamente a la cárcel para luego volverse entenado de la “maestra” Elba Esther y después panista sin escrúpulo alguno-, ex gobernador de Veracruz además –fue substituto luego de la gestión, de dos años, de Fernando Gutiérrez Barrios-, y me dijo:

–En caso de que el TRIFE cometa un atropello –esto es un dictamen para validar las elecciones y contrario a la causa del “Movimiento”-, no se iría a la protesta callejera… aunque no podemos medir cómo reaccionarían, en cada entidad, quienes no acepten el fallo y rebasen a la dirigencia, al propio Andrés Manuel.

–Estás anunciando, entonces, una severa crisis, Dante.

–No por causa nuestra. Tenemos todavía otra opción: acudir a una instancia internacional, por ejemplo a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos –presidida por el mexicano, Emilio Álvarez de Icaza, quien salió del “movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad”, alma gemela del poeta Javier Sicilia–, y aunque no se acepte el veredicto de éste sí tendrá el impacto necesario, en todos los foros mundiales.

Fue entonces cuando Dante y el columnista nos enfrascamos en una amable pero profunda discusión acerca del patriotismo. Le recordé lo que sucedió en 2000 cuando el candidato demócrata a la Presidencia de los Estados Unidos, el vicepresidente Al Gore, no esperó la evolución de los minuciosos conteos en Florida, en donde parecía poder obtener un triunfo y rebasar con ello a George Bush junior, sino optó por replegarse aceptando la supuesta victoria del segundo con tal –dijo- de “no ensuciar al sistema democrático de los Estados Unidos”, que tanto pregonan los vecinos del norte como uno de sus principales lujos y sostenes para reclamar alguna autoridad moral ente el resto del mundo, siempre asediado por la gran potencia. El “sacrificio” de Al Gore convirtió a éste en un intenso defensor del Medio Ambiente, con repercusiones internacionales, salvando con ello el escollo terrible de unos comicios obviamente manipulados. (No se olvide que en Florida gobernaba Jeff Bush, uno de los hermanos de George).

Siguiendo esta línea, insistí en la inutilidad del recurso internacional, previsto por los llamados “progresistas”, encabezados jurídicamente por el zacatecano Ricardo Monreal, quien ya pasó por tres partidos hasta aterrizar en el Partido del Trabajo y, por ende, responsable de la incorporación de sujetos nauseabundos, como Manuel Bartlet, a su grupo parlamentario aunque no renuncie al PRI –no entiendo cómo la presidencia de este partido y la Comisión de Honor y Justicia no lo expulsan luego de su evidente traición, considerando que, por bastante menos, la “maestra” Gordillo sufrió la vergüenza de ser corrida casi a escobazos-. ¿Para qué acudir a una instancia de fuera a sabiendas de que cualquier dictamen de ésta –obviamente injerentista-, se encontraría con un valor superior, el de la soberanía nacional, para anularlo hacia el interior de la República?¿No sería tal un golpe mayúsculo contra el gobierno mexicano y cuantos ya se pronunciaron felicitando al “ganador” de nuestra justa electoral, esto es los mandatarios de casi todo el mundo?

En este punto deslicé:

–Si López Obrador quiere quedar como un patriota, debe velar primero por los intereses de México y no sólo por salvar su imagen, aunque se repliegue pacíficamente –alega-, mediando la intromisión de una Comisión presidida por quien también NO cree en la democracia ni la justicia mexicana como se cansó de exponer al lado de Sicilia.

Un patriota –como lo ha sido, hasta ahora, López Obrador y otros adictos a su causa-, saben en donde deben detenerse, esto es en el límite mismo entre el reclamo y los intereses patrios, valorando, claro, cuanto podríamos perder si se comienza a señalar a México como un “estado fallido” colocándonos en el peligroso umbral de una intervención de hecho que de cauce a la imposición política desde el norte, sea por la White House o el Pentágono. No exageramos a la vista de los deplorables enfrentamientos al interior de las Fuerzas Armadas –incluyendo a la Marina-, y el descontrol derivado de la hiperactividad de Genaro García Luna, secretario de Seguridad Pública, colocado incluso sobre el general secretario Guillermo Galván Galván. ¿Por eso se ríe tanto Felipe Calderón a tres meses y medio de dejar la casa presidencial con una intensa campaña de propaganda barata?

Es la hora del patriotismo. De todos. López Obrador no puede –ni debe- perder su capital político sino hacerlo útil para, por ejemplo, proceder a las iniciativas que eleven las coerciones, eviten el lavado de dinero a través de las campañas -¿por qué no se prosigue por esta línea, la única que podría llevar a la sugerida invalidez de las elecciones?-, cancelen las acciones de los burdos alquimistas y la utilización de la pobreza como valor de cambio rentable políticamente. Esta es su responsabilidad histórica, no las pataletas que sólo desgastan inútilmente a ese conglomerado agrupado genéricamente en la “izquierda”, aunque algunos jamás hayan escuchado hablar de Marx o Engels ni del manifiesto comunista, que pierde cada día de protesta a algunos votantes quienes se niegan a avalar la nueva marabunta. Falta aún un largo trecho por andar.

La lógica nos dice en donde debe situarse el patriotismo de cada uno de los actores políticos. Por ejemplo, Peña, si alcanza un dictamen favorable del TRIFE, dentro de una o dos semanas más, debe luchar, a brazo partido contra las antiguas mafias. Y López Obrador debe cerrar el capítulo anunciando que luchará por las reformas necesarias para poner punto final al pillaje electoral, no pasar sobre la ley aduciendo defenderla.

Debate

En política lo que más daño nos ha hecho es, sin duda, el ejercicio faccioso; esto es, la actuación partidista visceral que ignora o desprecia toda posibilidad de negociación y acuerdo con los adversarios como si éstos representaran a los apátridas y traidores, a cuantos se han burlado de la historia de México, y no debieran tomarse en cuenta… aun cuando, sumados, hacen mayoría sobre los casi 16 millones de mexicanos, de los cuales no todos son incondicionales de López Obrador, que siguen la causa de la llamada “izquierda”. Es un hecho incontrovertible que igualmente puede aplicarse al “vencedor”, Peña Nieto considerando que sólo votaron por él uno entre cada cuatro empadronados, aproximadamente 80 millones de compatriotas-.

Recuerdo al respecto una breve discusión con Andrés Manuel cuando me pidió, muy serio, que cuando escribiera su historia, desde sus juveniles arrebatos –entre ellos el homicidio imprudencial de su hermano José Ramón-, pensara en México; y le respondí:

–Lo haré; pero sólo te pido que no creas que México eres sólo tú. También forman parte de la patria tus críticos y tus enemigos, desde Carlos Salinas, Diego Fernández hasta cualquiera de mis colegas no afines a ti.

Le cayó tan mal el comentario que se levantó lentamente y, casi con sutileza, me acompañó hasta la puerta de su despacho en la jefatura de gobierno. Todavía era 2004 y ya se percibía candidato tratando de ocultar, como hacen todos en su condición, las historias oscuras. Precisamente por eso llamó tanto mi atención cuando Enrique Peña Nieto, al hablar con destino a mi obra “2012: La Sucesión” –Océano-, aceptó, el 7 de octubre de 2009 en su oficina en la repr4esentación del gobierno mexiquense en el Distrito Federal, sin que yo se lo preguntara:

–Me confieso con usted: tuve dos hijos fuera de matrimonio y ella –su primera esposa, Mónica Pretelini, quien había sido tema de parte de la conversación, lo sabía. Uno murió de cáncer; el otro vive.

Luego otros, mencionando el origen, labraron sobre esta confidencia. Creo que tal abre una diferencia aunque nos parezca negativa.

La Anécdota

En una agradable sobremesa, uno de los contertulios, me confió una anécdota deliciosa pero también muy significativa. Comían juntos el entonces Delegado Apostólico, Girolamo Prigione, Fernando Gutiérrez Barrios, Francisco Galindo Ochoa y quien me confió el hecho allá por 1985. Y el representante de El Vaticano se refirió a los asesinatos del agente de la DEA, Enrique Camarena Salazar y su piloto mexiano, Alfredo Zavala Avelar:

–¡Es una barbaridad…! –expresó Prigione-.

–Pues mire usted: hay que tener cuidado –replicó Galindo con su particular modo de hablar-. Quienes hicieron eso, no lo olvide usted, fueron hombres con palabra.

Gutiérrez Barrios, se recargó en el respaldo de la silla para zanjar el asunto de “alto riesgo”. Para la historia.