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En el exterior la publicidad sobre México, la que deviene de los informativos y editoriales, es permanentemente negativa. La cara amable es la de la demagogia, como la generosa derrama en la Expo de Zaragoza que sirvió de marco a Felipe Calderón durante uno de sus periplos por España con la inquietud de difundir un mensaje sobre los equilibrios y la normalidad de una nación atenaceada por la violencia, la inseguridad social, el narcotráfico, la industria de los secuestros y la pérdida sustantiva del poder adquisitivo general. Y eso sin considerar las recurrentes catástrofes naturales al paso de los huracanes y con el estruendo de los terremotos.

El diario madrileño ABC empeñado en erosionar la imagen del antiguo gobierno socialista como premisa toral de sus cuadros editoriales, subtituló un reportaje sobre nuestro país con la siguiente, devastadora leyenda: “En el DF hay que pasear con mil ojos frente a los peligros que acechan en unas calzadas en las que cada vecino hace lo que le da la real gana sin que nadie se moleste por poner un mínimo de orden”. Una sentencia lapidaria que, por supuesto, inhibe cualquier propósito de acercarse a territorio tal bajo el peso de una anarquía creciente, asfixiante diríamos.

Lo curioso del asunto es la mutación de responsabilidades: la sociedad, en su conjunto, es la que aparece como primera responsable del caos y ya no el gobierno ni la delincuencia organizada. El “cada vecino” plantea la infección del tejido social como causa de una idiosincrasia fundamentada en el abandono, la desidia y el conformismo. Por ello, claro, quienes deambulan por las rúas “en sillas de ruedas” no tienen siquiera respiro ni manera de sobreponerse a las ataduras físicas. Porque nadie les ayuda ni les brinda facilidades de ninguna naturaleza en medio de un profundo egoísmo social.

La sentencia es devastadora. Nos han sentado, a los mexicanos, en el banquillo una vez más. Y, sin embargo, desde España llegan los consorcios financieros cada vez más dispuestos a invertir en un país en donde la inseguridad no se traduce en alarma dentro del sector financiero, en donde se acaparan las riquezas y se proyectan los mercados de futuro, cada vez más convencidos de aprovechar los privilegios a ellos brindados por un gobierno especialista en baratas dispuesto a premiar, con privilegios fiscales de entrada, a quienes pongan la mirada sobre el convulso suelo patrio. Total: las pandillas y los cárteles no asfixian a los bancos ni a las paraestatales. Esto es como si estas instituciones formaran parte de una dimensión distinta aunque ocupen los mismos planos existenciales.

Es obligado preguntarse por qué. Ha sido sorprendente, por decir lo menos, que las severas crisis políticas –la de 2006, por ejemplo, cuando la crispación colectiva fue desenlace de una contienda cargada de violencia verbal y oscuras inducciones desde el poder central-, no afecten ya los lineamientos financieros ni causen daños estructurales administrativos a pesar de que se paralicen las ciudades –no se olvide el largo “plantón” en el centro de la ciudad de México para protestar por los escrutinios amañados hace dos años-. Ni siquiera porque el futuro parezca tan oscuro como las intenciones soterradas de quienes manejan los hilos de la economía bajo una creciente oleada de resistencia cívica a causa de los vacíos gubernamentales.

No se gobierna pero las finanzas sólo se alteran, como ahora, por las presiones de una crisis global que pretende demarcar el liderazgo estadounidense a golpes especulativos. Por eso, naturalmente, la Casa Blanca se muestra tan tranquila y hasta se mofa de los efectos universales causados por supuestos “errores de cálculo” de los programadores de Wall Street, como en 2008, y ahora el imperativo de sanear su deuda interna. En otras circunstancias, digamos si la conflictiva se tradujera en una merma del bienestar de los estadounidenses, estaría cuidando la casa bajo un alud de protestas colectivas. Pero no. Los efectos se dan hacia fuera de la gran potencia con blancos muy vulnerables.

México sufre lo suyo. La pretendida “burbuja” que supuestamente nos aislaba del mundanal ruido –como si fuéramos una potencia con posibilidades de repeler los malos vientos del exterior-, reventó a la primera. La carestía y los detonantes inflacionarios vuelcan hacia las mayorías trabajadoras, una vez más, el peso mayor de los desajustes mientras el gobierno recurre a comprar dólares al Banco de México, de aquellas “reservas récord” reunidas como prioridad a cambio de mantener reprimida la inversión pública, para zanjar problemas de liquidez –lo que dio origen a la sacudida estructural de diciembre de 1994-, y tranquilizar con ello los mercados internos.

Mientras ello ocurre, los dueños del dinero no paran. Otean hacia México y no disimulan que les gusta cuanto ven, incluyendo los severos conflictos sociales. Nada es mejor para abaratar la oferta nacional que los desequilibrios. Y más cuando se trata, como ha sido costumbre desde la llegada de la derecha al poder presidencial, de amortizar costos con el pretexto de los riesgos comunitarios, esto es la exaltación de la violencia con todo y el acecho de las bandas de secuestradores sobre las familias más pudientes otrora intocables.

Bien se sabe que los inversionistas son calculadores. Y, por supuesto, se benefician comprando muy pero muy barato. Lo trascendente para ellos es, claro, que se asegure la continuidad política. Y, en este sentido, la democracia estorba bastante más que la inseguridad general.

Debate

En 2001 cuando el BBVA español se adjudicó Bancomer aun cuando parecía más factible la fusión de ese banco con Banamex, fue evidente que la institución hispana había pagado tres veces menos que lo invertido en la compra de un banco chileno con la tercera parte de las sucursales del mexicano. No hubo al respecto la menor explicación. Mucho menos por parte de un gobierno interesado en mantener las ofertas como “ganchos” insuperables.

Si observamos el antecedente y meditamos sobre el mismo, encontraremos las fuentes de la nueva doctrina del gobierno mexicano y sus aliados, los tenedores de facturas por pagar generadas en los sacudimientos electorales de hace dos años. El presidente de la República en ejercicio acabó por convertirse en reo de éstos, limitados sus alcances no por vocación democrática, tal y como postulan sus panegíricos, sino porque ya no puede operar como antaño, limitado, como está, por las alianzas soterradas y las complicidades inconfesables. Un buen hombre, clasemediero luchador, no puede por sí solo remar a contracorriente de quienes detentan el verdadero poder.

Se entiende con ello que la perspectiva actual ha rebasado a la administración federal en curso. Y de esta premisa deriva, por supuesto, otra de mayor envergadura: el deterioro de la imagen de México para abaratarlo ante los ojos de las grandes multinacionales en plena exacerbación de avaricia y audacia. ¿O acaso las mayores fortunas del planeta no se han forjado con indiscutibles acentos especulativos?

Veamos el sorprendente caso de Carlos Slim Helú, el gran triunfador con las reglas del establishment. Para nadie es un secreto cuál es la mayor especialidad del personaje, lícita por supuesto: adquirir a precios de quiebra las empresas cuyo saneamiento puede hacerlas crecer acrecentando su valor. Incluso en el caso de la adquisición de Telmex, que marcó acaso el despegue definitorio del personaje, la subasta de la misma quedó muy debajo de las expectativas reales considerando que la paraestatal no estaba liquidada ni era deficitaria; pese a ello compró barato una institución que habría de catapultarlo a los primeros niveles entre los grandes inversionistas universales hasta convertirse en un líder vanguardista entre los mayores multimillonarios –para algunos el mayor- del mundo.

Lo mismo sucede ahora con quienes aprovechan la mala imagen de México para comprar barato sobre nuestro territorio. Confiados en la continuidad financiera, desdeñan el acecho de la violencia y hasta la aprovechan para hacer rendir sus inversiones adquiriendo a precios muy bajos bancos, comercios, medios informativos y parte de la cadena productiva. Además, sacan tajada de la vulnerabilidad de un gobierno acotado, cubriendo los vacíos hasta proyectándose como falsos altruistas mientras multiplican haberes e inversiones. Le he llamado la nueva reconquista y nadie ha ofrecido una réplica sensata.

Y eso sin detenernos en una posibilidad mayor: la identificación soterrada de los grandes capitales con las mafias organizadas.

La Anécdota

Cuando iniciaba los trabajos para mi obra “Ciudad Juárez” –Océano, 2005-, dialogué con la periodista texana Diana Washington Valez quien sostenía –y sostiene- que todas las secuelas criminales en la urbe satanizada derivan de la corrupción de los funcionarios mexicanos infiltrados por los grandes cárteles de la droga.

En este contexto, le pregunté en El Paso:

–¿De verdad usted cree que de este lado, en Estados Unidos, no funcionan los carteles?

La señora Washington se tomó unos segundos antes de responder, dubitativa:

–Debemos entender que hay ciertos arreglos también. O permisos.

Luego agregaría:

–Hay pactos. La contaminación llega también a la DEA, al FBI. Aquí, en El Paso, se han registrado gualmente algunos “levantotes” (secuestros).

La diferencia es que la presión internacional sólo se da contra México. Seguiremos con el tema.