Por un ajustado margen, la sociedad colombiana rechazó el acuerdo de paz firmado por el presidente Juan Manuel Santos con los cabecillas de las Fuerzas Armadas de Revolucionarias de Colombia – FARC -, la mayor fuerza opositora radical y en armas, que desde hacía casi sesenta años disputaba el poder a los gobiernos democráticos establecidos y surgidos vía las urnas en Colombia. Acuerdo de paz que fue ampliamente difundido y que se firmó en la Habana, con Raúl Castro López como testigo de honor y con varios líderes políticos de América Latina y que, posteriormente fue ratificado en Colombia con extraordinaria cobertura y escenografía política.
Los colombianos – con una votación de 50.2% por el NO y 49.7% por el SÍ – desanudaron y desnudaron las profundas diferencias entre sí y muestran que el país y su sociedad están divididos, casi equilibradamente. La diferencia es marginal. 0.05% de poco más de 13 millones de electores que acudieron a las urnas y, como complemento, dejaron en el limbos su futuro.
Bastante se ha argumentado sobre la necesidad de llevar esta ratificación a consulta con el pueblo, pues, de hecho, no era necesario.
Sea lo que sea, lo cierto es que ahora ya no importa. Lo importante es encontrar la salida a esta situación.
El presidente apostó todo su capital político a esta propuesta de solución – hizo la consulta=plebiscito, que no era necesaria –y otorgó bastantes concesiones a las FARCs: capacidad de representación política en las instituciones legislativas locales y federales en las elecciones del 2018 así como una especie de amnistía controlada por la ONU ante cuya comisión se entregarían las armas. Geográficamente el NO, se focalizó en la región del conflicto donde las FARC se dedicó al secuestro, la extorsión, la leva y al tráfico de drogas.
Para muchos la sociedad está polarizada y el resultado del plebiscito tiene efecto político muy grave y Colombia tiene un problema político que debe resolver de forma urgente, por medio de formatos exclusivamente políticos y no jurídicos. Y aunque se inicie un diálogo político la salida será muy compleja, porque se ha movido los hilos de una añeja lucha política – por el poder – que partió en dos al país: la lucha entre los grupos del ex presidente Uribe Álvaro Uribe y la lucha no e s contra las FARC, sino por el poder político político.
¿Qué va a pasar?
Existe tristeza, miedo, incertidumbre y esperanza, pues aunque es posible que la sociedad colombiana se empecine en la lucha política que los puede llevar al despeñadero socio-político, también es cierto que el cansancio de todos – de los dos bandos y de la sociedad – sea el mayor capital político de este momento y este cansancio puede ser la herramienta para construir un nuevo pacto entre todos y olvidar, algo verdaderamente muy difícil, pero muy posible.

























