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El Papa Francisco parece la fusión, no sabemos todavía si feliz, de sus antecesores Juan XXIII y Juan Pablo II. Los vaticanistas insisten en que cuenta con la sed reformista del primero y el carisma del segundo, lo que, desde luego, es mucho decir. Pese a ello, si consideramos su edad, setenta y seis años, es difícil pronosticar un Pontificado de largo plazo aunque insista en que la vejez otorga la sabiduría necesaria para orientar a las nuevas generaciones; es cierto, pero indiscutiblemente también resta fuerzas a quien debe andar por el mundo globalizado buscando recuperar parte de la autoridad moral perdida por la Iglesia bajo las andanadas escandalosas de los curas pederastas, las finanzas ligadas a las mafias italianas y los arreglos soterrados con algunas dictaduras deplorables.

Es extraño pero, de acuerdo a la narrativa de los hechos sin calificaciones adicionales, a la Iglesia suele irle mejor bajo el flagelo de la tiranía que ante los gobiernos democráticos y republicanos que chocan, por ejemplo, con los enormes “bienes de manos muertos”, numen de la reforma juarista que estigmatizó al Benemérito, para este columnista el mayor de los mexicanos, en voz de un clero vengativo y sin capacidad de perdonar ni entender las razones fundamentales de las Leyes de Reforma: en una nación devastada por la guerra era imprescindible atacar la hambruna con los recursos de la tierra, improductivos en manos de monjes y sacerdotes, para resolver parte de la emergencia nacional. Y en vez de imponerse el sentido social de los eclesiásticos éstos se volcaron contra Juárez… hasta hoy.

 

 

Volvamos al Papa Francisco, el primer latinoamericano que asume esta responsabilidad gracias a una aplastante mayoría de Cardenales cuarenta de los cuales ya habían votado por él en 2005; pero Bergoglio cedió los sufragios para no empantanar la asunción de Joseph Ratzinger, el favorito de su antecesor muerto, al Papado. Este antecedente es de lo más importante considerando que se preveía, igualmente, un gestión breve por motivos de edad aunque el alemán llegara a los ochenta y cinco años en condiciones mucho mejores a las de Juan Pablo, el Magno, quien en su última aparición pública apenas pudo gesticular, con apenas sonidos guturales, y bendecir a sus feligreses en la Plaza de San Pedro. Horas después, murió, en olor a santidad, de acuerdo a quienes atestiguaron el doloroso final aunque en ese preciso instante comenzaran los cuestionamientos severos que no interrumpieron el proceso para convertirlo en Beato y seguramente en Santo en muy poco tiempo.

 

Es posible que la misma orquestada campaña contra Wojtyla, quien sin duda dejó sin resolver asuntos de la mayor importancia –el escándalo del Banco Ambrosiano que develó las interrelaciones entre la Santa Sede y las mafias; su tibieza en torno al crimen contra el Cardenal mexicano Juan Jesús Posadas Ocampo cuando festejaba la reforma al artículo 130 de la Carta Magna que posibilitó la reanudación de relaciones diplomáticas entre México y El Vaticano; y, sobre todo, las dolorosas sospechas sobre la protección brindada a Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, acusado por pederasta pero también proveedor de enormes fondos para las arcas vaticanas-, que fueron haciéndose mayores con las tímidas medidas de Benedicto XVI hasta que éste fue totalmente rebasado por las consecuencias en medio de un berenjenal sucio alrededor de la Santa Sede. La Curia Romana, sin lugar a dudas, está tan desprestigiada como el presidencialismo mexicano. O más si cabe.

 

Con la misma tendencia se señala a Bergoglio como simpatizante de la dictadura argentina, entre 1976 y 1983, especialmente del Jorge Rafael Videla Redondo, y sentenciado a cincuenta años de prisión en julio de 2012 acusado entre otras coasas por los secuestros de bebés neonatos y niños, uno de los delitos más repulsivos y que tiene un símil con cuanto se investiga ahora en España a través de la diabólica monja María, recién fallecida porque no soportó la presión mediática, y cuyos operativos están apenas saliendo a la luz pública con la indignación general por cuanto la dictadura de Franco protegió los robos de infantes en las maternidades y luego éstos siguieron durante varios años más tras la muerte del llamado “caudillo” de nefasta memoria. ¿No es por demás extraña esta coincidencia entre dos autocracias separadas por sólo un año? Franco murió en noviembre de 1975 y Videla y su junta militar aparecieron en 1976. El horror confunde la capacidad de análisis.

 

Por todo esto y más, cuando el prestigio de la Iglesia Católica está en el abismo de la incredulidad –aun los miembros de la grey tienen temor a que sus hijos se vuelvan monaguillos o vayan de intercambio a otros países bajo la protección de algún religioso; de ello tengo amplias constancias-, aparece un Papa formado con los jesuitas –supuestamente de los más vanguardistas y ortodoxos dentro de una derecha zigzagueante-, adusto, austero y con pretensiones de cercanía exagerada con el pueblo, un riesgo adicional tomando en cuenta que en la misma Plaza de San Pedro, el 8 de mayo de 1981, Juan Pablo, el Magno, fue baleado por Alí Agsa quien ahora aduce haber sido adoctrinado y patrocinado por el Ayatollah Jomeini, derrocador del Sha de Irán a muy alto precio: el del fundamentalismo más avieso.

 

En tales circunstancias, la única salida previsible para los embrollos eclesiásticos sería la realización de un tercer Concilio Ecuménico Vaticano, como el iniciado por el Beato Juan XXIII el 11 de octubre de 1962 y culminado después de su muerte por su sucesor, Paulo VI, quien amortizó algunas de las reformas estructurales sugeridas. Medio siglo después, la urgencia para que la Iglesia vuelva a sus cauces no requiere de explicaciones mayores; es evidente su retraso en cuanto a las transformaciones sociales y de criterio –por ejemplo la negativa a otorgarle ministerios a quienes se han divorciado mientras se “venden” nulidades a quienes pueden pagarlas para regularizar situaciones inverosímiles, sobre todo en el caso de jefes de Estado o ex mandatarios o personalidades relevantes de la farándula y el empresariado mundial-, y la negativa a estudiar la igualdad de género y entrar en polémicas, ya resueltas por la sociedad, como la del aborto que es considerado ya un derecho de las mujeres porque –se dice- ellas son las dueñas de su cuerpo. Algo deben alegar al respecto los viejos y “sabios” Cardenales, y el Papa Francisco mismo, para convencer a sus mil millones de fieles para ir a contracorriente de la evolución global.

 

Y de eso debe tratarse el Concilio. Al final de los sesenta, con Paulo VI, las transformaciones más visibles fue el permitir que la Misa se diera frente a los participantes y en el idioma de éstos y no sólo en un aletargado latín que se repetía sin entender el fondo de las sentencias. También fue evidente la inyección de vigor social que llevó a no pocos sacerdotes a los extremos, como quienes fundaron, en Centroamérica y a costa de sus propias vidas, la Teología de la Liberación. Tal fue el caso del asesinado Obispo Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, asesinado en El Salvador en marzo de 1980 y para quien no se ha alcanzado la beatificación sino tan solo el grado de “Siervo de Dios”; acaso le faltó pasar más tiempo en la política de la Santa Sede.

 

Los antecedentes, las terribles confusiones, los graves pecados de algunas jerarquías, no pueden ser amortizados con la simpleza de una disculpa como la que dio el gobierno mexicano respecto a los afrentados de San Salvador Atenco en 2006. Por ello, igualmente, es necesario demostrar, de manera fehaciente, cuál fue el papel exacto del Obispo Bergoglio ante el dictador Videla con quien jamás sonrió de acuerdo a los testimonios fotográficos si bien queda el rastro de la desaparición de dos de sus hermanos jesuitas a quienes el ahora Papa separó de su Orden para no protegerlos. El alma no cambia, ni siquiera con el perdón.

 

Mirador

 

Desde luego la Iglesia Católica sigue siendo uno de los corporativos más ricos del mundo. Posee, por ejemplo, el sesenta por ciento de los bienes inmobiliarios en Italia y en cuanto a España le basta a un Obispo proclamar –tal es el término- que tal o cual propiedad es suya para adjudicársela legalmente sin mayores papeleos aun contra la indignación de los alcaldes saqueados tantas veces. Parece un relato del medioevo; no lo es.

 

En México, igualmente, la Iglesia cuenta con bienes propios aunque no sea dueña de los templos desde la Reforma juarista. Sin embargo, a la hora de recuperar su personalidad jurídica, en 1993, optaron porque los mismos siguieran en manos del Estado para no enfrentar la oleada tributaria que se les habría venido encima. Esto es: pasaron los eclesiásticos de la clandestinidad en el Derecho a la de privilegiados por cuestión de negociaciones políticas hábiles. Así las cosas, los pobres, los más, se dejan la piel y el hambre ante los nichos de sus santos y van en dolorosas peregrinaciones, auspiciadas por los curas que se allegan de fondos importantes con ella, en donde se medra con la fe e incluso las peores supersticiones. ¡Y luego condenan a los brujos blancos de Catemaco y el Bajío!

 

Es frecuente que el alto clero forme parte igualmente de la “high society”, esto es de la aristocracia mexicana que suele alternar con Obispos y Cardenales en frecuentes convites en los que sólo falta la pobreza y, en algunos casos, los votos de castidad. Es incomprensible, a estas alturas, el sostenimiento del celibato sacerdotal que es proclive a los abusos que luego escandalizan y obnubilan la acción de los sacerdotes. Por ello, lo primero, además de evangelizar, es modernizar a la Iglesia. ¿La solución? Sólo el Papa Francisco la tiene: un nuevo y revolucionario Concilio Ecuménico.

Por las Alcobas

Si de riqueza hablamos, la lista de los mexicanos más ricos obliga a la indignación. Más allá del mayor multimillonario del planeta –capaz de voltear de cabeza a la Bolsa Mexicana acaso como una reacción poco sutil a la nueva reforma sobre Telecomunicaciones-, aparecen Alberto Bailleres González, por cierto educado en la Academia Militar de Indiana y propietario de la fábrica de papel Peñoles y del Palacio de Hierro; en tercer sitio aparece Germán Larrea Mota-Velasco, gracias al Grupo México, presidido por él, cuyas fuentes son la minería y el transporte, dos renglones tremendamente comprometedores, sobre todo el primero.

 

¿Cómo concebir la igualdad en un país en donde los mineros reducen sus existencias a una treintena de años, asfixiados por los gases subterráneos y las condiciones infrahumanas en las que trabajan mientras el dueño ampuloso de la compañía es poco menos que uno de los grandes e intocables aristócratas nacionales?

 

¿Y de esto cuándo se va a ocupar la Iglesia de poner a cada quien en su lugar ante Dios?