¿Todos tranquilos? Mientras duraron los Juegos Olímpicos de Londres, que se recordarán por los acentos monárquicos y la simbología de un modelo caduco, aun que sus campanadas se extienden por el oro futbolero, en México la clase política permanece en su propio torneo estático poselectoral y sus distintas posturas contra la violencia cotidiana y la indefensión social mostrándose incluso receptiva a coordinarse entre distintas dirigencias partidistas y niveles del próximo gobierno. Podría decirse que el festín de imágenes en torno al Consejo Nacional de Seguridad es casi como una renovada epopeya, con aires deportivos y encendidas retóricas, para prometer lo mismo… con mayor énfasis. Más largo, más alto, más rápido.
El medallero olímpico apenas se movió por el impulso de los atletas mexicanos de la CONADE –salió cada medalla en novecientos millones de pesos considerando que sólo fueron seis las de los atletas ligados a la corruptiva institución puesta en manos del “joven tránsfuga”, Bernardo de la Garza-, con espíritu de… conquistados. A golpes de clavados –una disciplina cuyo antecedente más notable es el de Joaquín Capilla, con una de oro, una de plata y dos de bronce en tres participaciones desde 1948 a 1956-, nuestra delegación pasó de puntillas. Es curioso: México y sus televisoras invierten lo que pocos en materia de eventos universales aun cuando quienes nos representan sólo prodigan miserias, salvo las honrosas excepciones conocidas, sin merma de nuestra fama de buenos anfitriones -1968, 1970 y 1986-, incluso en tiempos turbulentos.
Nuestras Olimpíadas y el primero de los Mundiales que tuvieron como escenario al “majestuoso Estadio Azteca” –un tiempo llamado Guillermo Cañedo hasta que los hijos de éste rompieron con el consorcio Televisa-, se dieron en un marco impactado por las turbulencias políticas y los acallados movimientos estudiantiles cuyo desenlace, en la Plaza de las Tres Culturas –tan elogiada por estadistas e intelectuales dada la tremenda amalgama de épocas e historias-, no inhibieron la ceremonia de inauguración, apenas diez días después de la matanza de Tlatelolco. Pero no hubo óbice alguno para la celebración del festín deportivo ni siquiera modificación en el repertorio oficial, salvo que miles de boletos para el “primer día”, el de la antorcha y el desfile, fueron tomados y cubiertos por genízaros disfrazados destinados a proteger la recia figura del autócrata Gustavo Díaz Ordaz.
Y en 1986, en ocasión de “nuestro” segundo Mundial de fútbol, aunque se guarden las apariencias hasta el presente, el desfogue represivo marcado por los asesinatos de periodistas y líderes de opinión coincidió con el “boom” del narcotráfico mientras la oficialidad se afanaba en dar una imagen de estabilidad sin perder la austeridad. ¿Alguien recuerda la ceremonia inaugural, diseñada sólo para la televisión mundial con desprecio de los miles de asistentes que apenas pudieron ver, de reojo, a unas danzarinas colocadas alrededor del campo? Fue de tan baja monta, esto es tan sin sentido, que se prefieren los referentes exclusivamente futboleros alrededor del gaucho Maradona.
Las coincidencias no son frutos de la casualidad. Desde que, en 2005, mis andaduras periodísticas me llevaron a la entrañable “Ciudad Juárez” –Océano-, atesorando información que no sólo no se ha desmentido sino algunos –específicamente autores extranjeros- han corroborado y extendido, me impactó constatar el peso y la influencia de las “cortinas de humo” en la sociedad mexicana. Sin éstas no habría lugar para las grandes simulaciones que nutren la vida institucional sin pausa ni alternancias de por medio.
¿Acaso las mafias del deporte organizado –algunas de las más redituables del planeta, además legales con todo y sus truculencias-, sirvan como parapetos destinados a atemperar los sacudimientos sociales –como los del Tibet ensangrentado-, e incluso suavizar las presiones contra el estado de cosas? Es decir, se trata de una especie de camuflaje con una parafernalia inigualable por su peso mediático y la exaltación del consumismo. Los chinos lo supieron desde que su capital fue designada como sede olímpica hace nueve años; y, al mismo tiempo, la exacerbación de los dramas colectivos confluyó como el mayor desafío a la pretendida estabilidad del gobierno comunista incapaz de ganar, sin las armas, el menor debate.
Cho-En-Lai, quien fuera primer ministro de Mao, enfatizó en la lejana década de los setenta, cuando ya habían aplastados los movimientos estudiantiles y sociales de 1968 y 1971 en México, que “el poder sólo lo dan los fusiles”, señalando con ello la importancia de los controles reales sobre las ideologías. Quizá si, en ese entorno, el chileno Salvador Allende, víctima de las transnacionales –la ITT, gigante de las comunicaciones estadounidenses, en primer sitio-, hubiera percibido el mensaje del intelectual oriental su destino habría sido otro. Pero, acabó privándose de la vida, con valor sobresaliente para evitar caer en manos de traidores y vendepatrias como el execrable Pinochet, bajo el digno marco del palacio presidencial.
¿Y acaso no es de llamar la atención que México, desangrada por las crisis financieras estructurales y el saqueo inmisericorde de divisas, se ofreciera a reemplazar a Colombia, atrapada por la violencia de los cáteles, en la organización del campeonato universal de balompié en 1986, un año clave que acaso marcó el final del México posrevolucionario para dar inicio a la tecnocracia triunfante? Vale la pena reflexionar sobre ello porque, sin duda, podríamos encontrar algunas de las llaves para abrir los candados que guardan los misterios recientes de las alianzas institucionales.
Mientras el pueblo se distrae, las mafias amarran navajas. Pan y circo, por un lado; vendettas por el otro. Y, en medio, un gobierno ineficaz y medroso.
Mirador
Medallas, tenemos. Somos los primeros en secuestros, ejecuciones y bandas delincuenciales de distinto peligro. Contra los que insisten en la solvencia institucional del país, es evidente que sobre nuestro territorio corren y se desarrollan buena parte de las bandas multinacionales cuya influencia se deja sentir sobre las incipientes “democracias” latinoamericanas. La reelección, por ejemplo, contraria al espíritu democrático en pro de la renovación de cuadros, confirma el peso de las alianzas soterradas entre las mafias dominantes y los gobiernos vulnerables. Y tal esquema está en franca expansión en el continente.
Alguien me preguntaba, hace unos días, por qué en México, pese a sus debilidades estructurales, no se había desarrollado el terrorismo internacional. Respondí que parecían suficientes, desde el punto de vista de los predadores internacionales, el narcotráfico y la cada vez más exitosa industria del terror con acentos locales. No hace falta más para asegurar la inestabilidad, tan rendidora en términos especulativos, y la consiguiente expansión de los consorcios intocables en las inversiones claves, como las energéticas por ejemplo. Al buen entendedor.
Lo anterior no significa que nuestro entorno esté contaminado por la presencia inocultable de cuadros etarras y hasta de redes conectadas con la mafia rusa. (Al respecto se ha divulgado la versión de que algunos “capos” célebres, como el conocido “muerto viviente” Amado Carrillo Fuentes, han sido protegidos por ésta en escenarios controlados por la misma. Pero, claro, para la Procuraduría General el expediente no puede abrirse porque, oficialmente, “el señor de los cielos” es difunto desde 1997. Muy conveniente, claro. Espero que los amables lectores, para extender este juicio, puedan asomarse al balcón de “Las Tumbas y Yo” –Grijalbo, 2008-. Por supuesto esta versión tiende a descalificar, sumariamente, a quienes la sostienen contra el peso de los partes gubernamentales).
Las coincidencias son reveladoras. También las coincidencias. ¿Desde hace cuánto tiempo sostenemos que la geografía del narcotráfico se da en las mismas latitudes que la de las guerrillas, allí por donde pasó López Obrador por los extensos territorios de Chiapas, Guerrero y Oaxaca? Igualmente hemos mencionado que los supuestos grupos “revolucionarios”, digamos como el EPR, nutridos con información privilegiada que brota de las instancias oficiales, no hace sino ir sumando botines celosamente distribuidos entre cómplices y cabecillas.
Pese a lo expresado, una y otra vez, las reacciones son tímidas. El sector público responde con infinidad de reuniones, encuentros de toda índole, acuerdos y alianzas publicitadas, pero escasa efectividad práctica. Me temo que a cada junta gubernamental, como la muy reciente, más se exhiben las limitaciones de los cuadros oficiales mientras se pertrechan los delincuentes. ¡Cómo deben haber disfrutado durante toda la semana anterior con la parodia política de moda!
Por las Alcobas
El justo medio, insisten, es factor de supervivencia. Quien no lo ocupa puede sufrir arteras consecuencias, no así aquel que lo hace asegurándose un porvenir tranquilo. Tomemos a dos héroes deportivos para analizar sus respectivos contextos:
1.- Humberto Mariles Cortés, militar, se indisciplinó contra una orden presidencial, de Miguel Alemán entonces en funciones, para competir en los Juegos de 1948 en donde obtuvo dos preseas áureas. Pese al cinismo de la recepción al vencedor, el establishment no le perdonó. El coronel murió, confinado en París, en 1972, bajo acusaciones de traficar con drogas. Quienes conocen su historia alegan que le tendieron una trampa.
2.- Felipe “el Tibio” Muñoz, ganador de una medalla de oro en la Olimpíada de México en 1968 fue presentado como ejemplo de la juventud productiva que en nada se identificaba con los subversivos del Consejo Nacional de Huelga en 1968. Y, desde entonces, vivió de aquella proeza, trepando cargos públicos. Finalmente, con la bendición del cacique Mario Vázquez Raña, pasó por el Comité Olímpico Mexicano aun cuando no dejó de cargarle el portafolio a su verdadero patrón.
No quisiera sacar una conclusión de lo anterior. Los amables lectores tendrán la suya.

























