Durante la larga hegemonía priísta, aun en los periodos de oposición floreciente si bien acomodaticia, la figura presidencial, elevado quien la ostentaba a la condición de “jefe de las instituciones nacionales”, era vista como símbolo aglutinador entre una nación plural, compleja pero profundamente disciplinada. Ante el “mandatario”, más bien mandante –quien manda y no aquel que obedece-, no había voluntad que pudiera imponerse, mucho menos la errática soberanía popular.
El complejo andar hacia la democracia de los mexicanos, con estafetas cargadas de demagogia si se quiere, fue haciendo mella en los simbolismos. No puede olvidarse, por ejemplo, el estupor en el rostro de Miguel de la Madrid –y en el de su secretario, muy cercano, Emilio Gamboa-, cuando fue impugnado durante la lectura de su VI Informe en septiembre de 1988. Él ya estaba preparado para una protesta imparable tras el monumental fraude electoral que posibilitó la asunción de Carlos Salinas: de no haber podido seguir con su monólogo se habría instalado en un set montado ex professo en el Palacio Nacional ara dirigir desde allí su mensaje “al pueblo de México”. Pero quienes gritaban, los miembros del Frente Democrático Nacional, se marcharon cuando llegaron al límite permisible. Esto es: no fueron capaces de cruzar la línea de las instituciones.
Desde entonces el deterioro ha ido avanzando, de modo por demás implacable a pesar de algunos paréntesis de supuesta estabilidad. Salinas, por ejemplo, levantó el vuelo cuando anunció, eufórico y en presencia del ministro del Tesoro estadounidense –durante una ceremonia celebrada en el patio central de la sede del poder Ejecutivo federal-, la reordenación de la deuda externa para salvar al país de la asfixia financiera que se cernía contra su propia viabilidad nacional. Los acreedores sopesaron, para decirlo sin eufemismos, entre promover la quiebra de México y la onda expansiva que ello podría causar o intentar darle oxígeno sometiéndolo a un proyecto austero mientras se hipotecaba nuestra riqueza natural, el petróleo naturalmente, y el gobierno se empequeñecía al ceder algunas de sus empresas redituables al sector privado. La mira, claro, estaba puesta desde entonces en PEMEX.
Llegaron los superávits y la investidura presidencial resistió superando los tremendos resquemores por la usurpación de origen. Salinas, de quien se decía representaba al jinete que se había bajado del caballo de la Revolución para instalarse en los picaderos del “Jockey Club”, obvió sus condiciones de junior adinerado para bañarse de pueblo con la pretensión de desactivar los polvorines de la explicable irritación popular… hasta que, ensoberbecido, se sintió superior al mismo sistema -“un paso a la modernidad”- y acabó conduciéndonos a los abismos de la barbarie y la descapitalización.
Fue entonces cuando la crisis del presidencialismo se hizo aguda y se tuvo la sensación de que un sujeto sin carisma ni formación política, Ernesto Zedillo, el gran simulador, acabaría por derruir el monolito. Alguna vez, cuando apenas iniciaba el sexenio zedillista, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, me confió una sentencia:
–Éste –por el doctor Zedillo- anda dando sólo traspiés y acabará por caerse definitivamente.
Pero aguantó, el sistema resistió más bien, y culminó su sexenio proveyendo la alternancia hacia la derecha y salvándose, en apariencia, de su propia inmolación histórica. Todavía hoy no faltan quienes lo califican como demócrata por su habilidad de traicionarlo todo, partido y principios, con tal de protegerse él, sólo él, en una expectativa triunfante para los grandes consorcios. Nada cambió en 2000 salvo el concepto sobre el presidencialismo, obviamente atrofiado por la pobreza de un liderazgo populachero y ya no sólido, cuestionable y susceptible de ser abiertamente criticado para poder salvarse. De no haberse abierto esta compuerta, la de la libre opinión aun cuando prevalecieran los riesgos al ejercerla, el reventón hubiera sido dramático.
Fueron más las apariencias, claro. Hay quienes suponen que durante el foxismo, que nos llegó por la vía de la primera alternancia, la libertad de expresión llegó al nivel del libertinaje. Nada más impreciso. También en este periodo oscuro se prodigaron los asesinatos contra informadores camuflados como incidentes de diverso calibre condición, esto es para separar cualquier inducción acerca de las amenazas consumadas desde el poder. Ya va siendo hora de revisar cada caso para encontrar los hilos conductores extendiéndolos hacia quienes fueron cercanos a la pareja ahora ex presidencial y sucumbieron en el intento de vindicarse.
El hecho es que el presidencialismo, extinguido el espejismo del cambio, dejó de ser aglutinador para convertirse en elemento de disociación.
Debate
Al despedirse de la Presidencia, en 1970, Gustavo Díaz Ordaz, quien perdió su duelo de la historia con la matanza de Tlatelolco, tuvo arrestos para desafiar a sus detractores diciéndoles:
–Cambiemos las instituciones cuando tengamos listas a otras capaces de reemplazarlas y mejorarlas. Nunca antes.
En la perspectiva actual es evidente que la figura presidencial, desgastada y devaluada, no sólo no tiene símil posible sino se encuentra en estado de indefensión ante el reclamo de democracia tras la ruindad del foxismo y las secuelas del continuismo disimulado.
No se ha substituido al símbolo ni llegamos a la feliz culminación de un cambio auténtico. Nos quedamos varados a la mitad, sin el símbolo y sin la soberanía popular. Atrapados, insisto, en los pantanos de la nada política con un mandatario vulnerable y tibio, bien intencionado como tantos otros cuya ineficacia se ha convertido en tópico, incapaz de recuperar la fuerza de su investidura o de proveer la transición hacia otro modelo, el parlamentarismo por ejemplo.
Quizá, podremos confirmarlo si repasamos atentamente lo expuesto, en ello estribe la clave del fracaso institucional de nuestro tiempo.
La Anécdota
Una hora después de haber asumido la Presidencia, en diciembre de 1982, Miguel de la Madrid llegó al vestidor de Palacio Nacional y se despojó de la banda tricolor. Con un gesto incomprensible, en un arrebato de afectos vulgares, colocó el símbolo tricolor sobre el pecho de su secretario privado –para no pocos un efebo-, Emilio Gamboa, y le dijo:
–Para que sepas lo que se siente…
Gamboa, emocionado, no alcanzó sino a musitar un tímido agradecimiento vulnerado por la voz entrecortada.
–Algún día –remató De la Madrid- la portarás en público.
No ha ocurrido tal cosa, por fortuna. A veintiséis años de distancia sólo puede ubicarse el pasaje descrito como el inicio evidente del desgaste presidencialista con todas sus hondas, perniciosas deformaciones.

























