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¿Cancelamos o no al presidencialismo? Ya es momento de plantearlo para no seguir instalados en el medio de la nada. Cuando Vicente Fox, en mayo de 2001 y como guinda del único informe trimestral por él presentado –el experimento le salió mal porque dio motivo para un sinfín de interrogantes que la casa presidencial no pudo responder-, saludó, con su euforia acostumbrada, el final del “presidencialismo autoritario” ni los incondicionales presentes, obviamente alineados, le creyeron en un marco en el que el mismo protocolo exhibía a la figura central como eje y motor del gobierno.

A partir de aquel momento, los diseñadores de imágenes pretendieron señalar a cada error o desviación del folklórico mandatario, cada traspiés también, como signo de que el ejercicio del poder se hacía cada vez menos unipersonal en beneficio de la participación ciudadana. No obstante, en realidad sucedía que el mandatario no era capaz de accionar los controles en sus manos y, sin pericia conductora, entrampaba al país en la montaña arenosa de la demagogia. Incluso la infecunda disputa entre el Ejecutivo y el Legislativo –Fox llamó al Congreso “el freno al cambio” clamando por la vuelta a la mayoría cómoda de apoyadores del presidente-, fue exhibida como prueba incontrovertible de una nueva cultura política fundamentada en el debate –que no se dio salvo para asegurar intransigencias en cada bando-, y en el imperativo de elevar los contrapesos al ejercicio gubernamental. Más bien triunfó el sectarismo sobre todo propósito constructivo.




Al final del sexenio anterior el presidencialismo volvió por sus fueros con la complicidad de parte del sector patronal temeroso de un viraje significativo en la conducción de las finanzas nacionales. Desde luego, el cambio prometido por Fox se trocó en continuidad, el antónimo, en los renglones más sensibles del derrotero institucional, especialmente el económico en donde, desde luego, ni siquiera hubo el menor matiz; sencillamente se mantuvieron los propósitos neoliberales contra cualquier propósito de compensación social que hubiera significado una verdadera transformación del modelo gubernamental. No fue así, desde luego. Y mucho menos lo ha sido bajo la dirección de Felipe Calderón, cada vez más empequeñecido no por vocación democrática sino por efecto de sus propias limitaciones.

El planteo de fondo tiene que ver con la nación que se pretende construir, a partir de diciembre próximo, sin la menor revisión histórica, esto es como si el pasado fuera un estorbo y no parte de la memoria colectiva cohesionada con el nacionalismo y la consiguiente defensa de la soberanía. Sin historia resulta bastante más complejo defender la idiosincrasia, la cultura y el perfil propio de la patria y de quienes la conformamos. Y es tal, por supuesto, lo que erosionan cuantos apuestan por la descomposición general para medrar con sus efectos.

El caso es que, detenidos por el PAN y la derecha, los mexicanos no nos hemos separado del esquema presidencialista –aun cuando quien ejerce la función institucional parezca acotado-, ni arribamos al parlamentarismo como fórmula para sustituir al gobierno de una sola voluntad política. Que se sepa, dentro del abanico democrático no hay más alternativas dado que las ensaladas mixtas, por lo general, acaban por ser indigestivas por el exceso de ingredientes sin sinergia alguna.

Para infortunio nuestro nos han dicho, hasta el cansancio, que los términos medios son siempre felices cuando, en realidad, se sitúan lejos de las opciones definitorias. El esquema de economía mixta, por ejemplo, sólo ha servido como camuflaje para esconder las grandes complicidades que, en realidad, nos gobiernan. ¿Nos dice algo el hecho de contar con algunos de los mayores multimillonarios del planeta en tiempos en los que la sociedad no ha podido evadirse de la permanente depauperación? Por este punto podría comenzarse el análisis.

Lo mismo ha sucedido con la visión de un presidente que accede al recinto parlamentario por la puerta trasera para tomar posesión del cargo y luego ni siquiera aspira a entrar al Congreso eludiendo así cualquier posibilidad de confrontación áspera con las inmaduras oposiciones que se mantienen en el absurdo de formar parte de un gobierno, como integrantes de enorme peso dentro del Legislativo, a cuyo cabeza se niegan a reconocer.

Nos quedamos, sí, en un punto en el que no se puede siquiera dar marcha atrás aunque no faltan los nostálgicos, como los viejos priístas deseosos de reconquista, que añoran el viejo estilo reverencial para exaltar, del otro lado de la mesa, la disciplina como elemento central de la política de las consignas. De acuerdo a este estilo, el mandatario ejecuta todo y “sus” diputados y senadores se constituyen en fieles guardianes de su imagen para asegurar con ello carreras y cargos a la sombra de cada caudillo sexenal.

Tal es el concepto de “presidente fuerte”, que esperemos no sea el de Enrique Peña Nieto, tan ponderado por cuantos medraron a la sombra de cada perentorio huésped de Los Pinos y ahora hasta aguardan, con fruición, el retorno de los brujos encabezado por Carlos Salinas quien ha puesto su mirada en Nuevo León como si pudiera disponer, a su arbitrio, de la voluntad de los mexicanos manipulables por efecto de la desinformación, el arma permanente, y más efectiva, de los explotadores en cada época.

Desde luego, en tales términos, la salida se avizora muy lejana.

Debate

Así que Fox dijo: “el presidente propone y el Congreso dispone”. Y después se arrinconó, enrabietado, porque la mayoría de los legisladores no le concedió permiso para salir del país y acudir a una cena con el multimillonario Billy Gates, entonces reconocido como el número uno entre las mayores fortunas del mundo si bien ahora ha sido desplazado por un mexicano, Carlos Slim Helú, cuyo destino comenzó a escribirse, sin duda, durante el periodo presidencial de Salinas.

¡Cómo nos han mentido, recurrentemente! Durante todo el sexenio anterior la parálisis en materia de iniciativas en pro de una reforma política dispuesta a consolidar la democracia, el propósito central de la larga cruzada por el cambio que aglutinó a millones de mexicanos precipitados después hacia el vacío, más bien reviró la tendencia al grado de que el presidente, dueño de la escena, no tuvo rubor alguno en anunciar la instalación de un cogobierno como regalo de aniversario matrimonial a su señora. Y después, claro, el diluvio del matriarcado ambicioso cuyo desenlace aún no se produce: ya vienen las elecciones intermedias con las ambiciones a flor de piel en el coqueto rancho San Cristóbal. Los cambios fueron, sí, para mal.

Tampoco los legisladores hicieron su parte. Su mayor aportación, esto es de las legislaturas precedentes y cuyo desarrollo se dio a la par con la administración foxista, fue la parálisis institucional sin que procuraran encontrar nuevas rutas para destrabar las condiciones negativas. Tampoco en el seno del congreso se dio iniciativa alguna tendiente a superar los vicios del pasado y acrecentar las “nuevas” querencias democráticas. Nada. Discusiones bizantinas al por mayor al grado de que quien fue presidente de la mesa directiva del Senado, el ex candidato presidencial Diego Fernández de Cevallos, llegó a exclamar cuando le hablé de instalar el parlamentarismo en México:

–¡Qué horror! Si ahora no podemos con el asambleísmo excesivo, figúrate lo que pasaría si se amplía este escenario.

Seguramente estaban cansados de discutir sin ninguna posibilidad de decidir algo porque seguía imperando la fuerza presidencialista. Unos defendían para asegurar y proteger a la figura central, otros condenaban cuanto provenía de los adversarios en el poder. Sectarismos sí, jamás vocación democrática. Y en ese punto, desde luego, nos perdimos lamentablemente sin el menor resquicio de salvación institucional.

Así hasta ahora cuando toda parálisis tiene cabida y cada uno de los protagonistas tienen razones ocultas para tomar determinadas posiciones. Curiosamente, contra la lógica los antídotos surgen antes que las propuestas.

La Anécdota

Hace cuatro años, Porfirio Muñoz Ledo, de largo andar legislativo entre otros escenarios de una carrera intensa, sugirió, sólo eso, que se registrara la posibilidad de revocar el mandato del titular del Ejecutivo por causas graves, como la ineficacia visible o las lagunas mentales –mismas que fueron evidentes con el señor Fox-. El senador priísta, Manlio Fabio Beltrones, el mismo que se indispuso por el espionaje sufrido por parte del CISEN, le respondió, sin rubor alguno, que tal era simplemente una “locura”. Los dos, acaso sin medirlo, recrearon al presidencialismo al mantenerlo como fiel de la balanza.

Por otra parte, el propio Beltrones abogó por la moción a favor de someter las designaciones de los miembros del gabinete presidencial, en 2012, al aval del Legislativo. No se avanzó, desde luego. Con ello, claro, se hubieran ampliado sólo los cauces del chantaje soterrado sin óbice de la fuerza negociadora del mandatario en ejercicio. Otra cosa sería si los nombramientos respondieran al afán en pro del pluralismo real, no acomodaticio ni mentiroso.

Y es que, por supuesto, sin definiciones, la política de tapar baches abriendo otros es la única opción restante… en mitad de la nada. En esto ha terminado el cambio prometido y traicionado.