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No sé si el respeto hacia López Obrador, por parte de sus incondicionales quienes le presentan como un visionario y un estadista –no puede serlo sin haber gobernado a una nación-, es más bien cobardía ante la imposibilidad de sostener un diálogo sereno con el personaje que, una vez y otra también aunque las diferencias sean abismales, se niega a reconocer los resultados de las elecciones. ¿Alguna vez meditaría cuál podría ser la reacción de cuantos, en mayoría, no votaron por él sino dividieron sufragios entre el PRI-Verde, el PAN y el Panal, viciados o no pero no por eso ilegales? Sostener que se tiene la razón por mera eliminación frívola del pensamiento de los demás es una falsedad tan grande como que el globo terráqueo es cuadrado para así hacerlo igualitario. Habrá, no lo duden, merolicos quienes piensen así.

El hecho es que, una vez más y gracias a la obcecación de Andrés Manuel que no pocos de sus cercanos cuestionan –hemos hablado con algunos de ellos y concluyen: por más que le digamos, siempre hace lo contrario y con altanería-, el mandatario electo de México deberá lavarse el rostro si quiere limpiarse el lodazal de las acusaciones fuera de tono y el sambenito de la ilegalidad que acaso López Obrador pretende sustituir por la banda tricolor… hasta que él le devuelva fueros al símbolo, de lograrlo en su ya cercana tercera edad en donde la experiencia suele ser señal de sabiduría, cuando menos en cuanto a las lecciones existenciales; y él ya debería saber que la ley, por la que tanto clama, no tiene efectos retroactivos ni puede adaptarse a las conveniencias de un grupo político aunque sea muy influyente. Esto es: no pueden pretenderse coerciones ni plazos no contemplados en la legislación.

¿En dónde estaba López Obrador durante los largos años en los que los legisladores del PRD y sus afluyentes despachaban, con dietas mermadas por las “cooperaciones” de diez mil pesos que enviaban al tabasqueño, en sus respectivas sedes sin elaborar las iniciativas necesarias para regular el uso y método de las encuestas electorales, el exceso de gastos de campaña –antes penado con prisión y ahora sólo con una sanción administrativa, en plenas narices de la izquierda quejumbrosa-, y las secuelas de la compra-venta de votos entre los sectores marginados de una población que sigue requiriendo el éxodo hacia el norte por razón de elemental supervivencia. Sí, en este tercer milenio.

No olvidaré un mitin panista, en San Miguel, cuando el entonces candidato –hablo de abril de 2006-, Felipe Calderón, preguntó cuantos de los allí reunidos –llevados en camiones de redilas al viejo estilo-, tenían un familiar en los Estados Unidos sin documentos legales. Y aquello estremeció porque solo cuantos estaban en el templete se abstuvieron de movimiento alguno. Fue muy doloroso y muy demagógica la respuesta:

–“Me ocuparé, ahora que veo tan cerca la casa de Los Pinos que será de ustedes, de que todos tengan trabajo en su país y no deban marcharse fuera. Me comprometo a ello”.

Mujeres y ancianos aplaudieron. ¿Qué pensarán ahora de quien, al rendir su último informe de gobierno, detrás de las bambalinas presidenciales y evadiéndose del recinto del Congreso, asegura haber dejado “blindado” al país para no recibir sacudidas financieras serias? Antes de él, Fox habló de que había vencido a la inflación, Zedillo de que no nos harían más daño los “tsunamis” financieros, Salinas de la estabilidad económica traducida en superávits por la venta de paraestatales en situación caótica –e incluyó a la exitosa Telmex para mejorar los atractivos a los compradores-, y De la Madrid, ya extinto, de la renovación moral que nos llevaría a una reordenación adecuada de la deuda externa. Todos dijeron dejarnos un gran legado, pero los llamados “ilegales” mexicanos siguen poblando los campos estadounidenses en donde les pagan menos por el mismo trabajo que a los agricultores nativos. Pura justicia social.

Ni siquiera la propaganda ha cambiado en el entorno de un crucigrama política que ya no resiste más. ¿Cómo podría responder López Obrador al hecho de tener tan cerca, pero tan cerca de él, a Manuel Camacho, quien fuera el “salinista químicamente puro” por antonomasia, y a Manuel Bartlett, el mayor represor de la izquierda desde el arribo del neoliberalismo social de la derecha?¿Qué tiene que decir el presidente electo, Enrique Peña Nieto respecto a la presencia de personajes como Emilio Gamboa Patrón, quien ya huele a la naftalina del continuismo incesante –seis sexenios seis-, como coordinador de los senadores de su partido?¿Y Calderón podría justificar las millonadas pagadas a sus asesores de importación, como los catalanes –que no españoles- Antonio Solá y Xavi Domínguez, el primero nacionalizado discrecionalmente mexicano a su capricho?¿O Gustavo Madero respecto a las derramas del PRI, pretendiendo una nueva alianza con el PRD, antes de descubrir que sólo veía paja en el ojo ajeno?

Por favor, los mexicanos requerimos, cuando menos, que se nos conceda contar con un poco de inteligencia aun cuando pretendan seguir manipulándonos con tantos infundios baratos. ¿O será que en el fondo nos conviene esta rebatiña para justificar nuestra conducta resignada –de “agachones”- ante los nuevos conquistadores que dan chamba a cambio de someternos a sus reglas?¿Habremos meditado sobre ello al calor de los grupos españoles y estadounidenses, sobre todo, a quienes tanto ha convenido comprar barato en México por el desprestigio de la violencia que, desde luego, al sentirla oficiosa y hasta torpe, no les intimida? Vale la pena dedicarle unos minutos a esta reflexión.

Por encima de informes, escaladas callejeras, convocatorias en el zócalo -cada vez con menos calor pero con entonados discursos que rayan en lo subversivo-, y presiones internacionales, debiéramos situarnos los mexicanos para intentar salir del marasmo y dar la cara. ¿Todos somos responsables? Entonces, ¿no sirvió de nada ir a votar con civilidad? Si se cumplió tal deber, ¿por qué un sólo líder conduce a sus ovejas –que han cambiado de bando al parecer- hacia el abismo de la intolerancia extrema?¿Y los demás, quienes no simpatizan con movimientos tan artificialmente armados como el de los jóvenes universitarios de la Iberoamericana, ahora transformado en un reducto de obcecados agnósticos de cuanto ven, no contamos para nada y deberíamos mudarnos a otro país?

Acaso, ¿solicitar juicios políticos contra los consejeros del IFE y los Magistrados del TRIFE no es pretender crear una nueva ruta a la histórica expresión de 2006: “que se vayan con sus instituciones al demonio”. Bueno, ¿y cuándo se ocupan los perredistas de proponer con cuáles otros órganos vamos a sustituir a los que ya tenemos y evolucionan a paso cansino?¿O se pretende acaso loar a la anarquía para refugiarse en ella y justificar así los desmanes políticos en un estado sin leyes?¿El “estado fallido” como apetecible botín para las potencias del Norte y allende el océano? Ya estamos cerca.

Debate

No es una buena señal, cuando está por finiquitarse el “sexenio de la violencia” al que aún le quedan 81 días, no pocos desde luego-, el periplo de Enrique Peña Nieto por Colombia, de donde es oriundo el general Óscar Naranjo Trujillo –cuyo mérito mayor fue el de figurar en el operativo que culminó con la muerte del histórico narcotraficante, Pablo Escobar Gaviria y el desmantelamiento del cártel de Medellín-, ahora convertido en el asesor del futuro mandatario mexicano. Y no lo es porque, al parecer, pareciera que reforzará a los contingentes a su mando antes de arreglar, saneándola, a las llamadas Fuerzas Armadas con inclusión de la Marina. Ya basta de frases hechas sobre estas instituciones; es la hora de exigirles cuentas precisas sobre los cadáveres de cerca de ochenta mil civiles a lo largo de la obcecada belicosidad de Felipe Calderón.

De allí la angustia del mandatario en finiquito sobre su seguridad a partir del primero de diciembre; al sopesar la imposibilidad de que su partido, el PAN, contribuyera a garantizárselo, debió trazar bajo la mesa su “plan B” para alejarse del país, como lo hizo su admirado Ernesto Zedillo aunque éste con un mayor caudal cultural atractivo para las universidades anglosajonas que no suelen “regalar” cátedras, y colocarse detrás de las líneas de fuego en la comodidad del extranjero. Dicen sus allegados que no tiene ninguna otra opción aun cuando su esposa, Margarita Zavala, insista en tener derecho a hacer política por su cuenta. Bueno, si Marta, la del “zorro” en inglés, no pudo, ¿por qué ella sí cuando no hubo iniciativa suya, a través de seis años compartiendo el lecho presidencial –o simulándolo-, que posibilitara un viraje al ejercicio de la violencia como pendón?

Hay que llamar a las cosas por su nombre si queremos avizorar cuanto habremos de sortear en los meses siguientes, por ejemplo la disputa soterrada entre los militares, entre sí y respecto a la Marina en donde reclaman fueros que, en definitiva, no les corresponden por ley. Esta controversia, sin duda, debe ser enfrentada de una vez por todas por el presidente electo antes de pretender una consejería encabezada por un general extranjero experto en desbaratar a una o dos figuras centrales de los cárteles colombianos, pero nada más. Que le pregunten, entonces, al general Jesús Gutiérrez Rebollo, prisionero desde 1997, ¿cómo es que él capturó al célebre Amado Carrillo Fuentes a quien se dejó libre por instrucciones de la superioridad política? Por aquí podría comenzarse.

La Anécdota

Por desgracia todo se reduce a pesos y centavos. Lo mismo ahora que en el pasado. Durante “loa bola”, por ejemplo, el pago de los estipendios dio lugar a jocosas escenas.

Hubo, por ejemplo, un general mal encarado que revisó la nómina de su destacamento en donde se precisaba cuanto ganaba cada quien, incluyendo él. Al leer el final dl listado, no pudo contenerse y riñó al administrador osado:

–¡´¨Óigame, jovencito!¿Quién es ese tal por cual general “total” que gana más que yo?

Y fue un verdadero triunfo hacerle ver que se trataba de la suma de todos los sueldos. No faltará alguno, sobre todo en este periodo “de gracia”, que se esté preguntando lo mismo en la rebatiña por la titularidad de la Secretaría de la Defensa.