Cuando los voceros del gobierno, incluso los altos funcionarios cuya pirámide termina en la Presidencia de la República pese a los notorios vacíos de poder a lo largo del sexenio en finiquito, caen en los lugares comunes –ayer apuntamos algunos para trazar los hilos que entrelazan a los mandatarios más recientes de la vida institucional del país-, el simplismo es tal que salta a la vista y exhibe el mar de fondo pretendidamente oculto.
¿Hasta qué punto, por ejemplo, Felipe Calderón es responsable de las ochenta mil víctimas civiles, de acuerdo a las estadísticas de organizaciones no gubernamentales, consideradas nada más, siguiendo el léxico anglosajón, “daños colaterales” como si se tratase de una cinta de ficción? Lo es, desde luego, en su condición de Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, una responsabilidad que deviene del alto cargo usurpado en 2006 con el aval de los mandos castrenses y la tolerancia de las dirigencias partidistas, incluyendo quienes le llamaron “espurio” para amortizar su intransigencia no renunciando a los cargos legislativos en septiembre de 2006 con las carpas –por cuya ocupación se daba a los inquilinos nocturnos doscientos cincuenta pesos por jornada- llenando el centro de la ciudad de México. Siempre el dinero por delante como con los futbolistas sin amor a sus camisetas.
Las tristes imágenes del sexenio calderonista tuvieron algunas cúspides:
A).- Cuando se colocó el mandatario la casaca de militar y le quedó tan larga que parecía una caricatura del rey de los cómics europeos, Tintín. Ni las manos le salías de las mangas con un descuido que jamás habría tenido el sastre de los nuevos Pontífices de Roma preparados, siempre, para cualquier eventualidad; en México, la derecha sigue aprendiendo los protocolos luego de doce infecundos años en el poder. Una vergüenza.
B).- La aparición del personaje con cabestrillo en el brazo derecho, en el último trimestre de 2008, luego de un supuesto accidente en bicicleta, una afición “heredada” de su amigo Ernesto Zedillo quien tanto le quiere –algunos estiman que rodó por las escaleras de la casa de su suegra cuando intentaba agredir a su consorte sin dominio de sí mismo-, era la representación misma de su administración y de su tendencia: por la derecha, la nación estaba, simplemente, fracturada. Y no hubo reacción alguna que evitara seguir por la ruta del desastre; al contrario.
C).- Lo peor ocurriría el 4 de noviembre del mismo año cuando el Lear Jet en donde viajaban Juan Camilo Mouriño Terrazo, José Luis Santiago Vasconcelos y otros funcionarios de la secretaría de Gobernación, se precipitó sobre una zona densamente poblada en las Lomas de Chapultepec, a no muchos metros de la residencia oficial. Ni con eso Calderón se apuró en llegar dejando al entonces secretario de Comunicaciones, Luis Téllez Kuenzler, hacer las averiguaciones del caso y, además, limitando la acción de la Procuraduría General para “evitar” con ello las “suspicacias” sobre un crimen. Así gobernó el señor que presume haber dejado blindado a México.
D).- Finalmente, entre otros muchos sucesos, la euforia que no disimula Calderón tras el éxito del priísta Enrique Peña Nieto, esto es desde la jornada posterior a los comicios de julio, es sintomática de su seguridad bajo el peso de la impunidad. ¿Hasta qué punto llega el arreglo soterrado para posibilitar la transición del Ejecutivo federal, sin sobresaltos, a cambio de un chantaje evidente sobre conexiones, desviaciones, malversaciones y otras lindezas del mandatario electo?¿Cuánto sabe Calderón, a través de su genízaro de cabecera, Genaro García Luna, que podría inhibir a Peña Nieto a señalar a su antecesor por los ilícitos por éste cometidos?
Recuerdo, en conversación con Peña todavía en la oficina de la representación del gobierno mexiquense en el Distrito Federal, que éste insinuó que, “por ahora”, debía sumar, pero más tarde “ya se vería” cuál iba a ser su capacidad para administrar la Presidencia sin depender de mafia alguna, ni de Salinas ni de Zedillo, por ejemplo; aunque bien señaló que hasta con Fox se llevaba bien… sin dejar de cuestionar las medidas en materia de seguridad pública adoptadas por Calderón. Y recordé una frase del nonagenario Echeverría, hace años:
–La verdadera dimensión de los hombres públicos, en México, la da, precisamente, el ejercicio del poder…
Es la hora de Peña y él lo sabe. Pero, ¿volverá a privilegiar la agenda de seguridad, o la castrense, atrapado por las mafias dominantes que no reconocen partidos ni perentorias coyunturas políticas? No olvidemos que Andrés Manuel visitó, largamente, las zonas en conflicto durante su periplo por la República sin el menor traspiés. ¿Casualidad o complicidad? Ya va siendo hora igualmente de desenterrar el misterio antes de que nos estalle la bomba de la subversión entre las manos.
E).- Y en esa misma línea es dable inscribir una de las sentencias más infortunadas del sexenio de la violencia: lo expresado por el Almirante Francisco Saynez Mendoza, titular de la Secretaría de Marina –que debiera estar supeditado al secretario de la Defensa Nacional de acuerdo al sentimiento y la lógica de los generales de más alta graduación, precisamente para evitar que las Fuerzas Armadas tengan más de una cabeza, como el cancerbero del Inframundo de Dante-, en el sentido de que “pudieron cometerse errores” pero “sin mala intención”. Esto es, los ochenta mil cadáveres esparcidos por doquier, en cada entidad del país y, sobre todo, en aquellas en donde es mayor el malestar de Calderón contra los gobernadores audaces o con capacidad de réplica, se deben sólo a equivocaciones ligeras, superfluas, no con mala leche ni ánimo de segar las existencias de los inocentes. La misma conclusión hubiera sido un escándalo tras el genocidio de Tlatelolco en 1968 y el Jueves de Corpus en 1971. Los tiempos han “cambiado”, pero no para bien.
El desafío mayor del gobierno por entrar será, sin duda, corregir esta línea pero no favoreciendo la operatividad de mercenarios del exterior; saldría peor el remedio que la enfermedad. Lo primero es sanear los cuerpos policíacos, militares y a los marinos con jurisdicción malamente extendida hasta el centro del país a cientos de kilómetros de las costas cuando la gran potencia del norte se apropia de los yacimientos de petróleo –aunque se haya descubierto uno excepcional que nos salva del futuro inmediato-, y hasta desapareciendo una isla completa para trazar a su conveniencia los límites marítimos. Recuérdese que los Estados Unidos no reconoce la soberanía mexicana sobre los 200 kilómetros a partir de los litorales y la nueva “mina” bajo el mar se encuentra a ciento ochenta kilómetros lo que adelanta un diferendo internacional que, por costumbre, casi siempre ganan los fuertes. Y México no ha sabido siquiera defender la Doctrina Estrada, sumido por el entreguismo de la derecha. Así nos deja Calderón.
Debate
La autocrítica es la mayor ausente de la política mexicana. Ya hemos dicho que vivimos y aguantamos la dicotomía fatal entre el bien y el mal absolutos: los hombres públicos se dicen un dechado de virtudes y sus antagonistas los consideran un vertedero de los mil demonios que pueblan las corrientes contrarias; y, claro, sólo son “buenos mexicanos” quienes creen en la causa afín y detestan a los demás. Tal es el fondo de la crispación que, en mucho, ha ayudado Andrés Manuel a prolongarla contra toda lógica. ¿Inequidad y gastos excesivos? Jesúes, el Nazareno les diría, como expresó para defender a María Magdalena de sus pedradores: “quien esté libre de culpa que arroje la primera piedra”. Pero, desde luego, nadie se atreve a conceder al contrario el privilegio de reaccionar.
¡Cómo enfureció a López Obrador las constancias sobre las “cooperaciones” de las empresas concesionarias del gobierno del Distrito Federal –entre ellas Sad Desarrollo y Transparencia, AFK Comunicación Creativa y AAR Consultores de Negocios-! Lo que sé, por revelación de los editores de Random House Mondadori –empresa con capital españo que publica las obras del líder-, es que ni siquiera cuenta con registro federal de causantes y, con ello, está convertido en un delincuente fiscal de alto monto, además, claro, de no poder cobrar sus regalías como “autor” de obras dirigidas, sobre todo, a sus partidarios, esto es para exaltarlo hasta la heroicidad sin el menor comentario crítico hacia sus propias acciones. Todo lo hecho por él merece el aplauso colectivo. ¿Es algo más que un santo misionero recorriendo los caminos de México como si fueran los de Santiago Apóstol entre Francia y España?
En la misma línea, tanto el mandatario electo, a quien tuvo temor o resistencia a mencionar por su nombre el señor Calderón durante su apretado y último0 “mensaje”, Enrique Peña Nieto –me dicen en sus círculos cercanos que al personaje no le agrada mencionar el segundo de sus apellidos-, como el propio Calderón y sus lacayos, debieran tener la obligación de realizar una suerte de autocrítica para valorarse de verdad ante la opinión pública, reconociendo errores… pero sin el sambenito de que, en todo caso, no fueron “mal intencionados”. Es decir, si pecó como adúltero no es porque no dejara de amar a su mujer sino sólo un desliz propio del ser humano. El pretexto de siempre aun cuando el ejemplo no sea el adecuado ni pueda ser confirmado por este columnista. Si se trata de explorar en este terreno, cabría preguntar, entonces, las razones de las múltiples salidas de Los Pinos –con duración de semanas-, de la señora Margarita Zavala, por largo tiempo su mejor capital político hasta que la sed de los negocios fue aplacada por sus hermanos ambiciosos, Hidelbrando y José Ignacio.
Cuando lleguemos a la autocrítica comenzaremos a ser demócratas.
La Anécdota
Los rumores suelen ser contrapeso a la ausencia de información. De pronto, Angélica Rivera Hurtado, nacida en agosto de 1969 –es un dato necesario que no pretende ser poco caballeroso-, conocida como “La Gaviota” por el pueblo que la elevó a la celebridad antes de su matrimonio con Enrique Peña, aparece andando con una muleta. ¡Y llueven los mensajes acerca de que el próximo mandatario es un golpeador de mujeres, asesino, además, de su primera mujer! Seamos sensatos aun cuando reconozco cierta negligencia en el caso de Mónica Pretelini, enamorada hasta el final a pesar de saber que su consorte había procreado dos hijos fuera de matrimonio.
Los cuentos de este calibre son efecto de una información sesgada y poco creíble… como los daños en la retina de Margarita Zavala conociendo algunos antecedentes. Pareciera que detrás de cierta línea no hay la menor capacidad para investigar. Y no son pocos los gobernadores y los “ex” colocados en el mismo filo, el primero de ellos, el hidalguense Manuel Ángel Núñez Soto, ex gobernador de Hidalgo, relacionado directamente con el asesinato de su mujer, María Elena Sañudo, en 2003, cuando el primero aspiraba a la candidatura del PRI a la Presidencia. ¿Cfasos cerrados?























