Estamos en mayo, mes de varias festividades oficiales y otras no tan oficiales. Recientemente hemos celebrado una de las pocas fiestas internacionales (aparte de Navidad y Año nuevo) que también se conmemoran en México; me refiero al Día del Trabajo, que se festeja el Primero de Mayo, aunque no con la fastuosidad y magnificencia con que se celebraba en la antigua URSS cuando se llamaba “Día de la solidaridad internacional de la clase trabajadora” pues actualmente, ya sin tanto boato, se llama simplemente “Día del Trabajo y la Primavera”

No se puede entender en Día del trabajo sin los sindicatos Eso es básico Pero veamos,  ¿Qué es y para qué sirve un sindicato?  Una definición más o menos  genérica   sería la de una asociación de trabajadores cuyo fin es mejorar las condiciones económicas y sociales de éstos y salvaguardar sus legítimos intereses. Teóricamente el  sindicato representa los intereses de sus afiliados, negociando con el patrón el salario y las condiciones laborales.

  Los primeros sindicatos se crearon en Europa occidental y en los Estados Unidos a finales del siglo XVIII y principios del XIX.  Un dato curioso, los sindicatos autónomos no existen ni se permiten en  países como Cuba, Corea del Norte y China continental.

  Una obviedad, en México el sindicalismo no goza de buen cartel;  son percibidos como corruptos, ineficientes, casi siempre en contubernio con el régimen y con empresarios que se aprovechan del charrismo sindical, ese que no representa a los trabajadores, sino los intereses del patrón.

  Ya avanzado el siglo XXI sigue siendo asunto pendiente su transición hacia la democracia; las asambleas con votación “a mano alzada” son de lo más antidemocrático que existe. El sindicalismo, con sus escasas excepciones, es un corporativo en beneficio de líderes corruptos, de tráfico de influencias, de  mucho dinero para los comités ejecutivos, dinero no sujeto a fiscalización.

  Actualmente muchos sindicatos, sobre todo los más grandes, esos que tienen los contratos colectivos más obesos,  han terminado por convertirse en gestores de irresponsabilidades, en defensores de una absurda división y especialización del trabajo que aporta toda clase de coartadas para defender a los impuntuales, a los holgazanes y a los faltistas. El buen trabajador la verdad poco requiere de intervenciones sindicales, si acaso para trámites administrativos de cláusulas que de todos modos  son su derecho

  Los sindicatos  se han transformado  en auténticas mafias que solapan la  ineficiencia. Si  preguntamos porque continúan laborando auténticos patanes en algunas paraestatales, (IMSS, SEP ISSSTE CFE etc. ) nos argumentarán que esos empleados son sindicalizados y que nada se puede hacer contra ellos, so pena de crear engorroso conflicto laboral. Lo que es peor, existen muchos malos trabajadores que, aparte de holgazanes y conflictivos, son asiduos practicantes del “robo hormiga”.

Es lamentable, pero los sindicatos frecuentemente solo son cotos de poder en los que se practica la asignación discrecional de plazas, la venta de las mismas y el robo del patrimonio público. Todo eso sin contar con las infaltables acusaciones de acoso sexual.

  Durante décadas, los sindicatos en México funcionaron como extensiones del gobierno para controlar a los trabajadores. Los todopoderosos Presidentes emanados del PRI,  partido, que mal gobernó a México por más de 70 años, quitaban y ponían  líderes sindicales a voluntad, luego otorgaban dinero y favores políticos para mantener a los sindicatos generando millones de votos y “borregos” para marchas y mítines.

    El sindicalismo mexicano es una ajada fotografía en arcaico color sepia. Urge su renovación profunda, radical, o seguiremos en el cabús de la modernidad.

 Alejandro Vázquez Cárdenas