Durante el Pontificado de Juan Pablo II, el Papa más querido en México a pesar de sus tres graves pecados –la cercanía con Carlos Salinas para asegurarse las reformas al artículo 130 constitucional, la negligencia en torno a las indagatorias del asesinato del Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y, sobre todo, la protección inaudita al pederasta Marcial Maciel, fundador de los Legionarios, algunos les llaman Millonarios, de Cristo-, cada visita a México significó un importante paso a favor de la normalización de las interrelaciones entre México y El Vaticano.
Por ejemplo, en enero de 1979, el entonces presidente, José López Portillo recibió al piel de la escalerilla del avión al recién consagrado Papa Wojtuyla, y le dijo: “le dejo entre los fieles de su Iglesia” y se retiró del lugar con falso aire republicano. El gesto tuvo consecuencias: su secretario de Gobernación, el sabio e intolerante Jesús Reyes Heroles, jacobino como el que más, optó por abandonar el ministerio político alegando diversos conflictos, incluidos sus roces dialécticos con Margarita, la hermana intocable del mandatario, elevada a la condición de “presidenta” de Radio, Televisión y Cinematografía. Aberración tras aberración.
Años más tarde, en 1990, con motivo de su segunda visita a nuestro país, Wojtyla fue recibido con honores de jefe de Estado –incluso se tocaron los himnos y se izaron las banderas de México y El Vaticano en el Hangar Presidencial-, aun cuando las reformas al 130 todavía estaban en condición de esbozo. Fue en esta ocasión, además, cuando el mandatario mexicano, entonces Salinas, y el Obispo de Roma se reunieron, durante varias horas, en la residencia oficial de Los Pinos acaso para afinar detalles y resolver lo conducente… que fue favorable, al fin, en 1993, apenas unas semanas después del asesinato del Cardenal Posadas en el aeropuerto de Guadalajara, cuando el Papa, reconocido ya como jefe de Estado por México y reanudadas las relaciones diplomáticas entre sendas naciones, visitó Yucatán y coronó a la histórica Reina de Izamal en el convento franciscano –uno de los más bellos del mundo- de esta hermosa población del sureste, encantadora y rebosante de reminiscencias del pasado.
Y así fue, paso a paso, como Wojtyla ganó terreno entre los fanáticos con rescoldos de la Cristiada. Hasta que llegó la última ocasión y surgió, al fin, el engaño al anciano que apenas contaba ya con movilidad, en 2003, dos años antes de su partida física, cuando se le aseguró que en un cine abandonado, en la esquina de las avenidas Insurgente Norte y Montevideo, se erigiría el templo de San Juan Diego, en el que jamás se invirtió un centavo, pese a las bendiciones pontificales el día de la canonización del indígena que portó la tilma sagrada con la imagen de nuestra Virgen de Guadalupe. Hasta hoy, nadie se preocupa por superar esta afrenta al Beato Wojtyla ni siquiera desde el Cerro del Tepeyac. Bastaría una colecta pública –como la que se hizo de llaves para edificar el monumento a Pedro Infante que se negaron a colocar en Garibaldi y terminó en la glorieta de las Cinco Colonias, en Mérida, muy cerca de donde se estrelló su avioneta rebosante de contrabando-, para levantar el santuario para el santo más mexicano y más humilde. De eso se trata –dicen- la gestión de Francisco, el Papa que llegó “del fin del mundo”.
Ahora toca el turno a otro carismático Pontífice, Francisco, argentino de nacimiento pero con espíritu latinoamericano. Lo señalamos en esta columna apenas anunció su renuncia Joseph Ratzinger: la disputa por el Papado se daría entre los Cardenales de Estados Unidos, orientados por la Casa Blanca, y el bloque latino. Ganó el segundo; menos mal que en la viña del Señor los poderosos no siempre se salen con la suya. (Por cierto, la más feliz entre las representaciones que acudieron a la Consagración del nuevo Vicario de Cristo, era la alemana, encabezada por Ángela Merker, quien representaba la mayor de las piedras en los leoneses zapatos del también alemán Benedicto XVI. A lo mejor se sentía vencedora con todo y su “Cuarto Reich”).
Durante el primero y breve encuentro del presidente Enrique Peña Nieto, su mujer Angélica –quien encabeza el ranking de las primeras damas más guapas del planeta a decir de los observadores del exterior-, y el nuevo Papa, el primero invitó al segundo a visitar México lo que muy probablemente ocurrirá en julio, después de los comicios –y no antes como cuando vino Ratzinger- en catorce entidades del país. Es evidente que las condiciones del periplo no serán las mismas como también que, en la agenda pontifical, vendrán algunas razonables peticiones que quedaron en cartera desde 1993, entre ellas la normalización política respecto a los religiosos; esto es, si ya tienen derecho a votar, ¿por qué restringirles el de ser votados? Cuando la sabiduría del Constituyente marginó a los ministros de culto de la vida electoral, se pensó en el arrastre tremendo de los “curas” de pueblos en donde se ejerce una especie de paternidad por parte de éstos en ausencia de liderazgos naturales. El riesgo, por tanto, de que los nuevos sacerdotes, con mentalidades más liberales y con inclinaciones por la justicia social –esto es en los límites de la Teología de la Liberación que se ha llevado por delante a varios prelados centroamericanos, entre ellos el Obispo de El Salvador, Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, accedan a las urnas como candidatos al fin del sexenio peñista es una probabilidad muy cercana.
Pero si tal ocurre, ¿qué dirán los generales y los oficiales de alto rango respecto a su derecho de ser igualmente votados y no sólo ser considerados ciudadanos de segunda para elegir sin ser susceptibles de ser electos salvo si están en el retiro? Si han ganado las calles, so pretexto de la extendida guerra entre las mafias, misma que el presidente Peña no ha podido zanjar como estimaba acaso porque el escaso tiempo que lleva en el poder no se lo ha permitido, ¿por qué dejarían pasar la oportunidad para montarse en el carro de la modernización política que, seguramente, solicitará Bergoglio siguiendo los pasos de su ilustre antecesor Wojtyla?
Sobre el particular, hablando sobre los efectos de la dictadura argentina –1976-1983- que llegan hasta el Papa Francisco –señalado, acaso injustamente, de no haber actuado con la celeridad debida ante el secuestro y la tortura de dos jesuitas-, pregunté a un general de tres estrellas en el retiro:
–¿Si se le da la posibilidad de que el mando del ejército pueda llegar al poder, existiría la posibilidad de una dictadura militar?
–De ninguna manera –respondió automáticamente-. Las formas y el fondo han cambiado; y somos demócratas. Esto es, estamos capacitados para gobernar cerniéndonos a los cánones de este modelo.
–Dígame algún nombre que pueda ser un buen candidato llegado el caso.
No lo dudó:
–En primer lugar, mi general Salvador Cienfuegos Zepeda. Tiene todo el conocimiento necesario para encabezar un gobierno… democrático.
Me dio otros dos nombres, que me guardo por discreción, de altos mandos con conocimientos suficientes sobre el país para poner el orden y activar la vida republicana, esquema para el cual fueron formados y fue interrumpido por la irrupción neoliberal, primero, y la alternancia hacia la derecha, después; esto es desde 1982. Ya son demasiados años.
Pese a los riesgos evidentes de lo anterior –recuérdese que el primer presidente de la posrevolución sin casacas ni estrellas fue el licenciado Miguel Alemán, quien fue ungido en 1946 y, desde entones, los mandos militares fueron segregados-, el planteamiento no es cosa de juego ni una utopía. La tendencia es, precisamente, a favor de que todos los mexicanos, sea con uniformes o sotanas, tengan derechos similares. De hecho, ya se ha tenido un presidente-obispo, Fernando Armindo Lugo Méndez, destituido por un juicio político, no del todo claro, el 22 de junio de 2012; por cierto, él se dijo despojado y ni con ello la OEA o la ONU intervinieron con la celeridad esperada ante la posibilidad de un golpe de Estado realizado a matacaballo, esto es a toda velocidad. Sirva el antecedente.
Debate
La guerra de la izquierda, pasando a uno de los extremos de la historia contemporánea, es una de las más absurdas de que se tengan memoria. Pareciera que MORENA, todavía sin registro como partido –seguramente el IFE pondrá resistencias en tanto se muestre como un grupo belicoso, subversivo, intolerante y provocador-, se da el lujo de enviar a jovenzuelos, manipulables claro, a lanzar estigmas al dirigente perredista, Jesús Zambrano Grijalva, antiguo miembro de la Liga 23 de Septiembre –la mayor guerrilla urbana de nuestra historia-, llamándole “vendido” y hasta “asesino” –acaso por su antigua filiación-, sin reparar en que el líder de este grupo, escindido del propio PRD, también formó parte del PRI y fungió como coordinador de la campaña del candidato priísta a senador, el poeta Carlos Pellicer Cámara –su mentor, homosexual por cierto-, y luego presidente estatal priísta en el no muy lejano 1983, esto es cuando gobernaba el más nefasto de los mandatarios federales, Miguel de la Madrid Hurtado.
La comparación entre las carreras de López Obrador y Zambrano resulta favorable al segundo salvo por un hecho incontrovertible: Andrés Manuel posee un excepcional carisma que le ha dado la condición del último líder natural surgido en México; por ello cuenta con millones de incondicionales dispuestos a creerle todo y a actuar sin ejercitar la memoria y la más elemental lógica sobre sus actuaciones como la absurda –y tremenda- intolerancia hacia sus críticos, aun cuando hayan sido sus simpatizantes y le hayan defendido en algunos de los momentos coyunturales como, por ejemplo, ante el absurdo juicio de procedencia contra él, orquestado por un foxismo desequilibrado y torpe, en 2005; con ello confirmó Andrés su condición de liderazgo y sumió a Fox para siempre en lo más hondo del basurero de la historia.
Entonces, ¿cuál es el sentido de la guerra entre la izquierda mexicana?¿Proponer, desde ahora, embalsamar a López Obrador, como se intentó con el venezolano Hugo Chávez sin éxito, como un icono insustituible a costa de una militancia infecunda e infeliz?¿O asegurarse la conquista del poder… por cualquier medio, incluyendo la unificación de los subversivos armados a quienes tuvo que encontrarse el personaje en sus periplos por Oaxaca y Chiapas?
La Anécdota
Un argentino, avecindado en México, y con mucha alcurnia, me hace una predicción tremenda:
–A este Papa –Francisco- lo van a matar como a Juan Pablo I. No quiere vigilancia, se mete entre la gente sin blindaje alguno… cuando hay tantos intereses contra él. Así no puede durar.
Y es, desde luego, muy preocupante.

























