Después de meses de acusaciones y ataques públicos, y de desmentidos y contraataques inmediatos, los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos, el actual mandatario y candidato demócrata Barack Obama, y el aspirante republicano Mitt Romney, se verán finalmente las caras esta semana.
Este miércoles, en Denver, se celebrará el primero de los tres debates que pondrán frente a frente a los dos candidatos, unas citas que pueden marcar de forma definitiva la recta final de la carrera hacia las urnas el 6 de noviembre, como ocurrió famosamente durante el debate Kennedy-Nixon -donde la frescura y fotogenia del demócrata hundió irreversiblemente a su rival, o, más recientemente, durante el enfrentamiento entre George W. Bush y Al Gore en el año 2000, donde el ex vicepresidente vio evaporarse su ventaja.
Para Romney será crucial no sólo porque será su primer debate como candidato presidencial, sino porque se le está acabando el tiempo para convencer a los votantes de que es el adecuado para darle al país el empujón que necesita tras años de una economía que tarda en recuperarse.
Llega además a la cita de Denver con la presión extra de las encuestas, que en las últimas semanas vienen favoreciendo -de manera aún no irreversible, pero sí preocupante para el aspirante- a Obama a nivel nacional y, más inquietante aún para el equipo de campaña republicano, en los estados indecisos (los llamados “swing states”) que definirán los comicios.
Pero el respiro de las encuestas no debe ser para Obama más que eso. El presidente demócrata tiene experiencia en los debates presidenciales -fue unánimente considerada brillante su actuación en ellos cuatro años atrás, cuando le dieron el último empujón para llegar a la Casa Blanca- y además es un reconocido orador, todo lo contrario que el hierático Romney.
Pero Obama puede haber perdido algo de práctica, todo lo contrario que Romney, que en los primeros meses del año participó en numerosos debates en las primarias republicanas. Además, el primer debate presidencial de los tres programados hasta la cita en las urnas el 6 de noviembre estará centrado en política doméstica. Es decir: economía, desempleo, y su más que resistida -aunque cada vez menos- reforma sanitaria de la salud.
Obama suele recordar una y otra vez que cuando llegó a la Casa Blanca hace casi cuatro años el país estaba “al borde” de una nueva Gran Depresión y que sólo en su primer mes de mandato se perdieron 800.000 puestos de trabajo. Pero lo más probable es que en su cara a cara con Romney, éste le achaque que Estados Unidos siga sin despegar de forma decisiva y que el desempleo continúe por encima del 8%, algo inaceptable históricamente para un aspirante a la Casa Blanca.
Una de las estrategias de Romney para captar indecisos viene siendo desde la convención republicana en Tampa, Florida, a finales de agosto, dirigirse a aquellos que votaron por Obama en 2008 y asegurarles que no pasa nada por cambiar en esta ocasión de partido, que hicieron bien en intentar el “cambio” prometido por su rival pero que ahora llegó el momento de hacer una apuesta diferente.
Asimismo, se espera que el candidato republicano trate de poner a Obama contra las cuerdas respecto de su reforma de salud, que él prometió revocar (pese a ser unos de los inspiradores, con su “Romneycare” durante su paso por la gobernación de Massachusetts), así como por la deuda estatal o los impuestos. El demócrata, por su parte, deberá defender sus políticas y se espera que reitere sus acusaciones de que Romney quiere beneficiar a los ricos con los recortes de impuestos.
Pero el mandatario aspirante a la reelección podría sobre todo aprovechar la cita para reprocharle en vivo y en directo a Romney sus palabras despectivas respecto al “47 por ciento de la población” que votan por Obama y que fueron filtradas en un video por la revista progresista “Mother Jones” en septiembre.
De hecho, tras la difusión de esas imágenes, en las que se pudo escuchar al aspirante conservador decir que los votantes de Obama “creen que tienen derecho a la comida, vivienda y salud”, muchos dieron la carrera electoral de Romney por perdida.

























