El próximo primero de diciembre retornará el Partido Revolucionario Institucional (PRI) al poder Ejecutivo Federal tras dos sexenios pintados de azul en los que el Partido Acción Nacional (PAN) dilapidó una oportunidad histórica sobrepasado por los desafíos nacionales y la indefinición de su política interna y externa.
Como si viéramos la realidad plasmada en el juego de serpientes y escaleras: ¿Quién subió? ¿Quién bajó? En estos doce años, ¿quién ganó? o ¿perdió?
En el estricto sentido del poder y fortuna, Carlos Slim Helú es el máximo ganador; él supo bien acomodarse a la alternancia, desde el principio lo hizo con temple, cuando allá por el 2000 en vísperas de las elecciones los mexicanos teníamos el nervio a flor de piel.
Después de aquel 2 de julio de 2000, la caída del PRI de la Presidencia fue la noticia que más vuelta dio al mundo. Vicente Fox, con aire de vaquero bonachón, abrió una ventana de esperanza para una amplia clase media que deseaba seguir subiendo dentro del escalafón social y económico.
Millones de mexicanos votaron por el cambio porque creyeron que Fox les llevaría a mejorar como clase media no a descender más dentro del amplio sector que moviliza la maquinaria de consumo de la economía. No es casualidad que la burguesía promueva grandes cambios históricos.
Empero, la luna de miel entre Fox y la clase media terminó muy pronto en la medida que los sueños por empleos estables, salarios revalorizados y más poder adquisitivo, pasaron a pesadillas de la inercia.
La indefinición se apoderó de todo: de la política interna y externa. No se sabía si acercarse más a Estados Unidos o no, o cómo reposicionarse en América Latina sucedía como las ocurrencias de renombrar calles con personajes conservadores, subir o bajar el águila en el escudo. Las cosas más absurdas.
Dentro de lo relevante, en esos primeros seis años, se transformó la metodología de diversos indicadores que cuantifican aspectos tales como el desempleo y la pobreza.
Otra nueva ocurrencia para que, al dejar de contar, las estadísticas sociales reflejaran resultados más positivos, una estrategia tan descabellada como mentirosa como si las calles y sus rostros no fueran lo suficientemente verídicas.
El primer paso, Sedesol con Josefina Vázquez Mota, modificaron el Método de las Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) y el Método Directo o de Línea de Pobreza (LP) a cambio de: 1) La pobreza alimentaria. 2) El umbral de desarrollo de capacidades. 3) El umbral de desarrollo de patrimonio.
El segundo paso, el INEGI convirtió en un organismo autónomo para entre otras cosas, quitarle al Banco de México la responsabilidad de la medición de la inflación.
Entonces se adujó que era para que el Sistema Nacional de Estadística, Informática y Geografía proveyera de cifras creíbles y oficiales, de tal suerte que allí se condensen las grandes estadísticas del país.
Hecho de controversia máxime cuando el propio INEGI alteró la forma de medir a la población ocupada del país con base a contar únicamente a jóvenes a partir de los 14 años de edad y personas que por lo menos trabajen una hora a la semana. De esa manera dejó de lado a muchos adolescentes que realizan una actividad laboral.
El autodenominado gobierno del cambio dejó una alteración de datos, cifras y metodología relevante para la toma de decisiones en la elaboración de políticas sociales que luego el presidente Felipe Calderón no fue capaz de cuestionar.
Los otros seis años del PAN en la Presidencia han sido una continuidad de desaciertos y una pérdida de confianza hacia la capacidad de las instituciones para frenar la oleada de inseguridad derivada del crimen organizado y el narcotráfico.
En el actual sexenio, la economía informal siguió su ruta de expansión muy a pesar de los constantes cambios fiscales aplicados por la Secretaría de Hacienda que no hacen más que fustigar y atosigar tanto a personas físicas y morales que desde siempre cumplen con sus compromisos fiscales.
Tampoco frenó el contrabando, ni redujo la corrupción, ni los contratos laborales son duraderos, ni mejor pagados, ni la economía creció de manera estable a tasas anuales del 6% necesarias para aprovechar la capacidad de la PEA, el bono demográfico y los nuevos jóvenes en capacidad productiva.
En este resumen somero fueron doce años de buenas intenciones en un país urgido de grandes planificaciones.
























