Es de sobra conocido el enorme poder corruptor del narcotráfico; los márgenes de ganancia que deja son inimaginables para el común de los mortales. Y debe de ser así para que tantas personas decidan involucrarse, hasta sus últimas consecuencias, con tal de obtener una parte en el enorme pastel de las ganancias ilícitas, sin que les importe el dolor y la ruina que ocasionan sus acciones.

El negocio es gigantesco, con múltiples ramas, desde la siembra, cuidados, recolección, transporte, distribución etc. Nada de pequeños inversionistas o aficionados; todo está estructurado, y los escalones se ganan y cuidan con criminal determinación. Un negocio de este calibre no se monta de la noche a la mañana, requiere de una gran cantidad de recursos humanos y materiales, contactos diversos, apoyos y padrinos en múltiples niveles, sobre todo en estructuras policiacas, desde los niveles más bajos, pasando por mandos medios hasta contactos clave con altos funcionarios, Gobernadores incluidos. Se requieren abogados, jueces “a modo”, industriales y comerciantes dispuestos a servir de tapadera, banqueros e inversionistas de elástica conciencia, políticos corruptos encumbrados y un largo etcétera. Y dentro de ese largo etcétera esta el contar con una prensa a sueldo, editorialistas, periodistas y columnistas dispuestos a darle un matiz adecuado a las noticias relacionadas con el narco. Minimizar el problema, atribuir ejecuciones y ajustes entre carteles a otros actores, protestar, usando un nacionalismo barato, contra la extradición a los Estado Unidos, callar o sesgar datos incómodos. Y si la lucha va en serio y el Gobierno y el Ejercito se involucran en acciones decididas, con resultados concretos, pues a desquitar el sueldo y a pegar el grito en el cielo para criticar y lamentar a ocho columnas el uso del Ejercito en estas tareas. En sesudos editoriales se ponen a reclamar por la extrema “violencia” de los operativos, los injustificados “atropellos” a los derechos humanos. En inverosímiles editoriales hablan de la “desmesura” de las acciones que ejecuta el Ejercito, del “desgaste” del mismo, llegan al absurdo de criticar que respondan al fuego que reciben con las armas que disponen y no “dialoguen” o busquen la manera de que “invitar” a los agresores a que amablemente se rindan y entreguen las armas y concluyen, sabiamente, pidiendo que el Ejercito regrese a sus cuarteles y que nuevamente la lucha contra el narcotráfico quede a cargo de la (ineficiente) policía local

Colaborando activamente en la defensa del narco se encuentran varias ONGs “patito” que activamente promueven la opinión de que la lucha contra el narco no debe generar enfrentamientos, que no se debe molestar a los sospechosos, que deben de dejar las cosas como están, o de plano afirmando que la presencia del Ejercito es una verdadera amenaza local.

No se ocupan dotes de Shelock Holmes sospechar cuales son estas publicaciones, algunas son muy transparentes y desde sus primeras planas o su portada semanal puede uno intuir de que lado están. Para estos columnistas y editorialistas todo lo que hace el Ejército está mal, todo lo que haga el Ejecutivo no sirve o está mal planeado. Los inocentes habitantes de determinada localidad sufren terriblemente bajo una implacable “ley marcial”, la Normal rural de Ayotzinapa es una tranquila institución académica al nivel de Yale o Harvard, y así, en diversos tonos e intensidades se dedican a sabotear y criticar la lucha contra el narco. Ciertamente muchos lo hacen de buena fe, otros por ignorancia, pero muchos otros lo hacen con pleno conocimiento de causa, lo hacen sencillamente por que para eso están pagados.

¿Que hacer?, evidentemente nunca vamos a encontrar un recibo de honorarios con todos los requisitos fiscales, que muestre la relación entre un diario nacional, sus “columnistas” estrellas o una revista política semanal con un cártel de la droga. Eso es candoroso, pero si podemos y analizar y comparar las diversas noticias sin prejuicios ni anteojeras ideológicas.

Eso seria lo ideal.