En España corren vientos electorales: el próximo 20 de diciembre, en plenas navidades y a escasos días para la Nochebuena serán celebradas las elecciones generales.
Y no precisamente se trata de un airecillo cualquiera sino todo lo contrario el vendaval deriva más del escenario político que del económico porque en los últimos nueve meses se ha apurado la recuperación hasta llegar a convertirse en un festíin de buenas noticias.
Crece el PIB ibérico con un pronóstico oficial del 3.3%, aunque el FMI le ha rebajado escasas dos décimas sigue siendo muy bueno; con una increíble prima de riesgo en 124 puntos puntos nada que ver con aquellos terribles días de angustia cuando se acariciaba la intervención.
Demasiada diferencia de contrastes con la actual prima de riesgo de Grecia en 773 puntos y un retorno al clima de confianza que es una garantía para la inversión.
Es la mágica recuperación española modelo de presunción para el resto de la Unión Europea (UE) lo que precisamente vende en campaña el presidente Mariano Rajoy.
Hace unos días, el mandatario asistió a una comida organizada por Deloitte, un showroom entre la crema y nata del sector empresarial español lo hizo arropado además por una parte de su gabinete.
El mensaje que dio fue claro y macizo: “Soy plenamente consciente de la importancia de estas elecciones. Está en juego que esta recuperación incipiente se fortalezca y se consolide o que volvamos a la etapa de las ocurrencias y las frivolidades. Está en juego seguir avanzando o retroceder, crecer o volver a la pesadilla que dejamos atrás.”
El voto del miedo también debería ser un voto de credibilidad para por ejemplo trabajar en pro de los españoles que han quedado marginados, excluidos y empobrecidos a lo largo de estos años mientras la corrupción aumentaba.
Porque la realidad socioeconómica no se puede tapar con un dedo, ni las caras de los niños en los comedores sociales, ni las largas filas para cobrar el paro.
El presidente Rajoy pretende quedarse cuatro años más en el poder y empieza a dar compromisos como si fueran promesas de crédito comenzando por “bajar más los impuestos”.
En tanto que en el renglón laboral pretende recuperar los 20 millones de ocupados previos a la crisis, con un PIB al 4% nominal, año con año.
A COLACIÓN
Si ya no hay un pain in Spain como refirió en su discurso y las agradables cifras desvelan un 30% más de empresas exportadoras, se crece sin erosionar el sector exportador y el país está más visitado que nunca con casi 72 millones de paseantes como meta al final de 2015, y hasta el polémico déficit público se avizora debajo del 3% en un año más; con todo, con todo este júbilo macroeconómico, ¿por qué nadie da por hecho que el presidente de la recuperación, de la salida de la pesadilla, podría ganar con solvencia moral para obtener una mayoría absoluta?
Inclusive las casas de apuestas políticas conceden la probabilidad de que al final se termine formando Gobierno con el PSOE de Pedro Sánchez y Ciudadanos de Albert Rivera, hay relaciones incombinables ésta entre la izquierda y un partido de derecha lo sería en esencia.
Sin embargo, la política española es mucho más compleja que el manejo de la economía y su tránsito; un año atrás desdibujar el panorama reciente nadie lo hubiera creído.
Pero al presidente Rajoy lo que le lastra son los escándalos de corrupción alrededor del PP, la mala gestión de varios de sus ministros, la lentitud en la toma de decisiones políticas y el enfriamiento de las relaciones con Cataluña convertida en este momento en el molino del viento.
En España se puede ganar una elección pero eso no es suficiente para gobernar si se carece de la mayoría absoluta en escaños en el Parlamento y aquí sumar con los dedos no alcanza.
Aunado a un panorama voluble con noticias de paseo de banquillos en los tribunales en las próximas semanas con apellidos como Rato, Bárcenas además está el caso Nóos que salpica a la Infanta Cristina y su marido. Todo lo que precisamente hubiera querido evitar en campaña Rajoy lo tiene a la vista, le mueve el pelo, lo despeina.























