Después de atestiguar, mediáticamente hablando, la caída de varios dictadores que otrora formaron parte de la pléyade de sátrapas que dominaron buena parte del discurso antiimperialista desde Saddam Hussein, Hosni Mubarak y hasta Muamar el Gadafi no puedo más que reconocer la buena suerte histórica de Fidel Castro para interpretar además los signos de los tiempos.

Luego de ver el destino de otros autócratas que como él también le pusieron sal y pimienta a la Guerra Fría, aunque no creyeron que la caída del Muro de Berlín fuera además el derrumbe de una muralla ideológica, política y económica.

Los hechos han vomitado verdades incontestables e irrefutables: la muerte de Hussein, en 2003, debido a la invasión de Estados Unidos a Irak le quitó del poder tras 24 años; en 2011, bajo el influjo de la primavera árabe cayeron Gadafi y Mubarak, el primero acumulaba casi 42 años gobernando en Libia, y el segundo tres décadas.

Los que soñaron alguna vez en convertirse en adalides del panarabismo inspirado por Gamel Abdel Nasser cerraron su círculo histórico en la categoría de asesinos, represores, corruptos y tiranos.

¡Aquí yace un déspota! Semejante inri per saecula saeculorum es precisamente algo que en vida ha querido evitar Castro con su retirada del poder directo en Cuba, desde 2008, aunque desde bambalinas con su hermano Raúl en el poder no ha sido precisamente lo más original dado que lo que deseable hubiera sido convocar a elecciones hace mucho pero mucho tiempo.

La situación de Cuba ha sido un caso aparte en nuestra memoria reciente nunca antes una isla tan pequeña logró acumular tanto poder ideológico, mediático e incluso decisivo en determinados pasajes que estuvieron al punto de modificar el rumbo de nuestros días.

La personalidad magnética del comandante Castro lo hizo posible con su flemático acento antiyankee, sus flamígeros discursos de larga oratoria en contra del capitalismo voraz y a favor de los pobres y explotados del planeta que cimbraron hasta el mismísimo hormigón del edificio de las Naciones Unidas.

Vaya tamaño de personaje, su nombre involucrado en las tesis conspiratorias de esa baraja de múltiples posibilidades de los por qué del asesinato del presidente Kennedy; antes había puesto al mundo en vilo con la crisis de los misiles cuando a Castro se le metió entre ceja y ceja convertir a Cuba en base soviética.

Y mientras la política de Washington metía la mano en Asia y Medio Oriente, la isla con todo y su bloqueo económico, la ausencia de relaciones diplomáticas con la potencia mundial, orbitaba a su propio ritmo ajena de toda la vorágine de acontecimientos globales.

Cayó el Muro de Berlín, cayó Hussein, luego Gadafi y Mubarak y desde Cuba lo observaban con la comodidad de un mirador congelado en el tiempo con una disidencia maniatada y reprimida; y el poder económico desde Miami que jamás pudo cristalizar sus intentos por derrocar al viejo Fidel.

A COLACIÓN

Fidel que por muchos años se convirtió en la voz de la conciencia de América Latina y en la bandera de la dignidad contra Estados Unidos, en sus 32 años en el ejercicio de un poder omnímodo creó un Estado donde la educación y el deporte eran lo único a lo que se podía tener acceso gratuito porque no había forma siquiera de comprar un televisor sin contar antes con la licencia oficial, y segundo con los medios para hacerlo.

Me atreveré a decir que los taxistas mejor preparados del mundo son los cubanos casi todos con una o dos carreras, maestrías, especializaciones e idiomas múltiples. Todo ese conocimiento atesorado no les ha servido para mejorar en su nivel de vida porque el Estado mismo lo impide controla todo comenzando por las cartillas de racionamiento.

En las varias visitas que he realizado a La Habana, con su toque decadente y su gente de carácter abierto buscando granjearse al visitante, en cada una de éstas se fue diluyendo mi admiración por Fidel.

Para mí Castro debió irse hace décadas del poder y con ello también quiero subrayar a su hermano Raúl por supuesto; pero quizá hacía falta la conjunción de todas las señales para que sucediera un cambio así como cuando acontece la alineación de los planetas.

2015 es sin lugar a dudas el año de Cuba con el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con “el imperialismo”, la visita histórica de John Kerry, secretario de Estado de Estados Unidos, casi coincidiendo con el 89 cumpleaños del exguerrillero.

“La historia me absolverá”, defendió Fidel en 1953. Sesenta y dos años después puedo decir que Castro se autoabsolvió (le debe mucho al presidente Barack Obama y al Papa Francisco) en la hora de la verdad su epitafio será mucho más benévolo con él que en comparación con los otros dictadores defenestrados.

A Cuba le aguardan muchos cambios y todos deseamos que sean para mejorar, se lo merecen. Empecemos por la democracia, las urnas, los votos y los derechos humanos. Dejemos los obituarios para después