El rumbo de presta a eso y más. La población estudiantil que vive y convive en las inmediaciones del campus nicolaita ha creado una serie de tribus tan diversas como complejas, con un único aditivo común: alcohol y drogas.
La esquina que referiremos está ubicada a escasos 30 metros del lugar en donde hace más de un año un comando de gente armada irrumpió de madrugada y sacó a un número indeterminado de personas, las autoridades encontraron en el sitio huellas de sangre.
Es común que los cárteles de las drogas encuentren en jóvenes universitarios sus principales consumidores y, en determinados casos, distribuidores confiables.
Todo en el barrio de la Gustavo Díaz Ordaz gira en torno a la comunidad estudiantil, tiendas, expendios de alimentos, lavanderías, cibercafés y, por supuesto: depósitos de cerveza y alcohol.
La esquina que forman las calles de Martín Castrejón y Constitución es neurálgica, en ella convergen dos rutas de camiones y cuatro rutas de combis, es el paso obligado para entrar o salir del barrio y de toda actividad comercial y humana, a una cuadra está el panteón municipal de Morelia.
En una esquina está la refaccionaria de don Beto, El Tío; enfrente, la vulcanizadora del Charly, enfrente en la otra acera un local vacío, propiedad del maestro Dionisio y la última esquina alberga una vecindad y ahora, una flamante cantina disfrazada de depósito de cerveza.
Este edificio es propiedad de Eleazar, quien tiene más de dos años de no abrir su establecimiento, pues no vende, sin embargo, a alguno de sus vástagos se le ocurrió ofrecer en renta el local y un cuarto aledaño al Panzón Fernando, quien cobra como burócrata en la dirección de espacios educativos, hoy con nombre más rimbombante.
Apenas se está descontaminando el barrio de tanto narquillo y ahora abren una cantina, lo que da al traste con el esfuerzo de la comuna de limpiar la imagen de la colonia y aspirar a ser un barrio modelo, pues se impuso más la avaricia de ganarse un peso al mes.
Un peso que cuesta muy caro, pues con una semana escasa de haber abierto, la cantina ya ha ocasionado la molestia del vecindario, pues los parroquianos le atizan al sonido de sus vehículos, se expresan con palabras soeces y orinan en la vía pública.
Esta fauna nociva ensucia el barrio y rompe con la tranquilidad de la zona, además de que es un foco de drogadicción, pues es sabido que comienzan bebiendo y al rato se meten grapas y lo que haya a la mano.
El Panzón Fernando y su negocio violan flagrantemente el uso de suelo y el reglamento de operación de establecimientos mercantiles, pues la licencia les autoriza a vender la cerveza, no a operar un bar.
Salvador Abud Mirabent ha hecho oídos sordos a las voces que le han expresado el peligro que conlleva permitir semejante aberración, y si aspiramos tal vez a que el director de espacios educativos controle a su personal, pues se la viven en la cantina, estamos peor que jodidos, pues el sujeto arrastra una cauda de corrupción y desprestigio.
Con Roberto Gómez Bolaños muerto, ¿quién podrá ayudarnos?
























