Entre mayor conciencia económica y financiera adquieran los niños y jóvenes desde edades tempranas será una buena forma de coadyuvar a que consigan una disciplina memorable que en su vida posiblemente permitirá sortear fracasos innecesarios.
Además de decisiones óptimas es qué hacer en tiempos de crisis, cómo gestionar su dinero en forma de ahorro e inversión cuando la economía es boyante; y cómo administrarse en caso de ser un asalariado o un emprendedor.
De lo que se trata es de evitarles quedarse atrapados en el cisma de una caída económica, de un despido laboral tan abrasivo que en muchas ocasiones pasan años y años y parece prácticamente imposible retornar al mundo de la población económicamente activa.
Al respecto de esta temprana toma de conciencia me ha parecido en suma atractivo el más reciente estudio de Adecco, líder en Recursos Humanos, con una encuesta a más de 1 mil 500 niños y niñas de entre 4 a 16 años de edad de diversas partes de España.
Esencialmente es un análisis (para nada aburrido) de una toma de pulso acerca de la percepción del impacto de la crisis económica; de la idea que tienen de las instituciones, de los bancos, del empleo, del trabajo de los padres; de dónde viene el dinero y a dónde va cuando se gasta.
Los infantes respondieron sin tanto paripé, se mostraron preocupados por el desempleo y porque “los ricos deberían ayudar más a los pobres”. El mecanismo de cómo obtienen los adultos el dinero cada vez les va quedando más claro como hilo fino y eso me parece bastante bueno.
Al menos yo en mi caso particular, con la más pequeña de mis hijas de casi cinco años, le reitero constantemente que “si mami no trabaja no hay dinero y sin dinero no hay forma de pagar sus dulces, ni pagar su colegio, ni vacacionar”.
Le he enseñado el esquema de las opciones dado que debe aprender que no se le puede dar todo de golpe y porrazo en un día, y el avance es importante porque a su corta edad ella comprende que si elije una cosa no tendrá la otra.
En mi opinión, percibo que estas generaciones desde los llamados millennials hasta la Generación Z crecieron y crecen bastante mal acostumbrados a tenerlo todo, a pedir y recibir de sus padres sin el más mínimo esfuerzo.
Son hijos criados entre pétalos de rosa, hijos de la nanotecnología, sus padres han hecho un enorme esfuerzo primordialmente por dotarles de una excelente educación y las mejores herramientas para elevar su nivel de cualificación.
Empero, no están educados ni para el sacrificio, la cultura del esfuerzo como en el caso de sus padres y antepasados. Muchos quieren todo lo fácil, en su lenguaje de moda su máximo ideal es ser youtuber, su escala de valores y de ideales subsume al mundo del easy money.
A COLACIÓN
Reflexionemos: los parámetros de una supuesta realización económica llevan mucho tiempo trastocados y los jóvenes corren el mismo riesgo que sus padres de continuar con el mismo patrón de consumo.
Por eso es que orientarlos a favor de liberarse del comportamiento económico de masas tiene mucho que ver con la educación financiera; pero también con lo que observen en el propio seno familiar.
El conocimiento es una estafeta a lo largo del tiempo, hay argumentos de base que pueden enseñarse como una advertencia para evitar futuros errores, uno esencial, el crédito jamás será una extensión del ingreso; y otro clave, el ahorro es la llave de la inversión.
Tras cada crisis queda como herencia maldita una serie de lecciones negativas, ese aprendizaje empírico algunas personas lo toman como una enseñanza que llevarán de por vida a fin de evitarse otra colapso en sus finanzas personales y familiares cuando el ciclo económico vuelva a sus horas más bajas.
Hay que explicarle a los más jóvenes que la ecuación nunca funcionará con niveles de gasto que superen a los ingresos, con pagos por deudas que carcomen el salario; sin tener además un horizonte de expectativas personales.
Hace poco leí un editorial que argumentaba que serán precisamente los millennials y los Z los más proclives a meter su dinero en los mercados bursátiles, en todo tipo de monedas virtuales y mercados invisibles.
Una razón por demás sólida para a estos chicos -futuros empleados o empresarios- colocarlos con pies de plomo y advertirles de los riesgos intrínsecos que conllevan estos esquemas y que la economía es precisamente esto: aprender a elegir y también muchas veces aprender a perder.























