Ayer fue el centenario luctuoso del general Porfirio Díaz Mori, una de las figuras históricas con más crisoles y que a la fecha sigue desatando odios y pasiones entre los mexicanos.
Ni siquiera sus restos pueden descansar en territorio patrio lo hacen en París, en el cementerio de Montparnasse extraviado entre mauselos grisáceos de filósofos, cantantes y escritores como Carlos Fuentes, Marguerite Duras, Charles Baudelaire y Julio Cortázar.
En él se cumple aquello de “genio y figura hasta la sepultura” ningún político logra tal desgarre de vestiduras y abre heridas con queloides históricos; un centenario después de la muerte del dictador no son ni veladas, ni enterradas, las enormes brechas de desigualdad social, inequidad económica, exclusión y marginación.
Todo aquello por lo que se le señaló: clientelismo político, nepotismo, gubernaturas caciquiles y violación de los derechos humanos por desgracia están presentes en el México del siglo XXI.
No aprender del pasado ha sido quizá la mayor amnesia de la que algún día -tarde o temprano- terminaremos arrepentidos porque no hemos sabido ser mejores ciudadanos, elegir mejores políticos y contar con un marco politico más transparente y creíble.
Me he preguntado: qué diría el general Díaz cuyo gobierno cargó con el saldo oscuro de los yaquis si viera la matanza de Ayotzinapa (2014); Tlataya (2014); San Fernando (2010); Acteal (1997); Aguas Blancas (1995); El Halconazo (1971), y la masacre de Tlatelolco (1968). Aunque me faltan más…
Si levantara la cara y viera a México convulso y finamente rendido al poderío de Estados Unidos.
A COLACIÓN
Muchos pendientes siguen vivos como si fuera ayer. El debate incluso del sector energético nos remonta al pasado. El historiador Paul Garner, en el libro “Porfirio Díaz: de héroe a dictador”, intenta ubicar a la figura del generalísimo más que como un opresor, como un estadista, obsesionado con la cohesión del país dada la amplia extensión territorial; unirlo con infraestructura ferroviaria, así como pacificarlo. Conseguir la cohesión política implicó la mano dura para gobernar.
En tanto que, en el terreno económico, se buscó la modernización del país, catapultar la minería, los pozos petroleros y la producción agrícola.
En cuestión energética, los primeros pozos petroleros descubiertos en los albores del nuevo siglo hicieron que Díaz temiera que el capital estadounidense pudiera predominar hegemónicamente en el llamado “oro negro”; él mismo promovió la entrada de inversionistas británicos al sector energético impidiendo con ello que los estadounidenses formaran un monopolio.
El descubrimiento de los primeros depósitos en México sucedieron en El Ébano, San Luis Potosí, en 1904, realizado por la Huasteca Petroleum Company, propiedad de Edward Doheny.
Garner escribe en la página 183 que: “El dominio de las compañías petroleras estadounidenses sobre la naciente industria nacional produjo el temor de que la explotación petrolera cayese en el control monopólico de los intereses de Estados Unidos”.
Entonces, el presidente Díaz solicitó personalmente que Doheny no vendiera sus propiedades a la Standard Oil sin dar primero la oportunidad de comprarlo al gobierno mexicano.
“Al mismo tiempo, el régimen otorgó concesiones para la explotación del petróleo al empresario británico Sir Weetman Pearson, que no tenía ninguna experiencia en la industria”.
Esta maniobra del presidente Díaz fue para evitar precisamente la hegemonía de Estados Unidos en el sector petrolero. Fue así como Pearson construyó en 1906 una refinería de petróleo en Minatitlán, Veracruz. Después vendrían hallazgos importantes con los depósitos de petróleo en Dos Bocas y Tuxpan.
Hay que reconocer que la presencia del general en el ámbito internacional tuvo el parangón de estadista. Fue un hombre respetado porque había logrado atraer capital externo a un país “salvaje” al que había costado centralizar, federar y aglutinar de norte a sur.
A principios del nuevo siglo, México figuraba como una economía abierta, desregulada, competitiva, que exportaba hacia Estados Unidos y Europa y que requería de capital para construir puertos, carreteras, extender la línea del ferrocarril y levantar construcciones artísticas y culturales que embellecieran la capital.
En lo político, el historiador Garner justifica los intentos de Díaz por reelegirse en el poder como un asunto de temor interno al considerar que el país no estaba lo suficientemente pacificado ni listo para la alternancia.
Por desgracia, a Díaz, le pasó lo mismo que a tantos otros gobernantes embelesados con el poder, convertidos en dictadores por no saberse ir a tiempo. Hay que tener mucha suerte para que el tiempo y la historia olviden.























