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Elba Esther Gordillo Morales, líder del gremio magisterial desde 1989, esto es a partir del salinato trágico tras desplazar a quien ya se consideraba un cacique, Carlos Jongitud Barrios, me dijo a principios de 2011, que ella sencillamente no creía en el corporativismo mexicano; esto es que había sido superado por la dinámica social y política. Me sorprendió la firmeza con la que era capaz de negar una evidencia tan clara: tenía en frente de mí a la materialización misma del modelo rechazada por quien lo cubría de pies a cabeza. Porque tal no es otra cosa sino la preeminencia d ciertos grupos estructurales de presión que mueven ficha dentro del establishment sin el menor agobio por la impunidad o su antítesis, la persecución judicial.

Acaso el referente venía a cuento porque en enero de 1989, Carlos Salinas de Gortari, en pleno estreno de la Presidencia que asumió de manera ilegítima en diciembre de 1988, ordenó, sin más, la aprehensión escandalosa del líder petrolero, Joaquín Hernández Galicia La Quina luego de un bazukazo militar a su residencia de Ciudad Madero, Tamaulipas, de donde fue sacado en calzoncillos para humillarlo hasta el límite del indecoro y la barbarie política. De esta manera, Salinas pretendió, con un solo acto de poder absolutista, acallar a sus detractores lanzándoles bastante más que una advertencia velada: la prueba de que no estaría dispuesto a soportar chantajes ni medias tintas entre quienes, con él y sólo con él, ejercerían gobierno durante los seis años de su gestión presidencial.

Curiosamente, el mismo año, 1989, surgió, imparable, el liderazgo de la señora Gordillo, arropada siempre por el político de mayor influencia de aquella generación salinista más inclinada por la economía: Manuel Camacho Solís, actualmente uno de los asesores menos radicales, pero radical al fin y al cabo, de Andrés Manuel López Obrador quien tanto señala a Salinas como el rey de todas las mafias del país en una línea semejante al corporativismo partidista –si vale el término-, en donde lo faccioso ha tomado por asalto cada una de las vías democráticas. Es por ello, naturalmente, que la sociedad ya no se siente representada, salvo los incondicionales de tal o cual causa, por partidos y liderazgos que van y vienen mientras en los sindicatos se eternizan algunos de los dirigentes promovidos por el antiguo salinato que maniobran y acechan a sus presas bajo siguiendo los atajos del chantaje.

Elba Esther, en un sector, y Carlos Romero Deschamps, al frente del sindicato petrolero desde la caída de “La Quina”, son los sellos más evidentes de la continuidad dl esquema que con tanto éxito promovió, con la guillotina en mano, el personaje central de la trama de la barbarie: el señor Salinas quien terminó su periodo sobre la sangre política derramada, la de Luis Donaldo Colosio y la de su ex cuñado José Francisco Ruiz Massieu, ex gobernador de Guerrero llamado a ser una de las figuras sobresalientes dentro de la perspectiva a futuro. Ni el primero llegó a la Presidncia, su baza, ni el segundo pudo ver el amanecer de la administración federal posterior, encabezada por Ernesto Zedillo, el gran simulador de la vida institucional del país. Lo único cierto es que los “líderes” armados por Salinas, pese a las alternancias y sus consiguientes reacomodos, siguen montados a sus respectivas cabalgaduras, desafiantes además, como si no existiera el presidente electo, ni su grupo ni las promesas de no andar el camino hacia el pasado. Esto es, colocando a Peña Nieto en una especie de urna perentoria.

El hecho es que sendos personajes, Deschams y la señora Gordillo, quien levantara la mano a Calderón antes que el Tribunal Electoral emitiera el lacayuno dictamen que le hizo mandatario –no presidente- contra las evidencias del manoseo de estadísticas electorales más escandaloso desde 1988 –de nuevo se aparece la máscara de salinas-, acaban de ser reelectos, ganándole en tiempo a Peña Nieto, listos a atrincherarse contra él como ya lo insinuara la poderosa “maestra” al referirse “al que anda por Europa” durante el periplo del mexiquense en ascenso por el viejo continente hace poco más de una semana. Un trato muy diferente dispensado a la derecha y al usurpador calderón –escribámoslo en minúscula-, y en sentido opuesto a cuanto defendió en su antigua retórica priísta, las banderas sociales por ejemplo tan contaminadas como las elecciones sindicales, tan parecidas por cierto a cuanto se hizo en Venezuela para perpetuar al ensoberbecido Chávez. Esto es: sólo existe la democracia cuando ganan sus devastadores, en una perogrullada monumental de términos y conceptos.

En resumidas cuentas, Peña llegará al poder, dentro poco más de un mes –aunque hay presagios de tormentas a las que señalo precisamente para evitarlas en una especie de truculenta meteorología política, lo confieso-, no sólo contaminado por la habilidad del PAN –con la tolerancia de los priístas resentidos, Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa Patrón, amigos entrañables los dos- para apropiarse del control en el Legislativo pese a su monumental derrota electoral de julio pasado, sino frente a los desafíos planteados por el corporativismo que se ensaña con cuantos pretende un aire de democracia así sea por supervivencia personal. Peña entre ellos, por supuesto: no es que crea en el modelo sino que lo necesita para intentar un arranque con cierto grado de credibilidad.

Tiene el presidente electo, por tanto, varias veredas abiertas:

1.- Quedarse en el cruce de caminos viendo asar a sus enemigos hasta que sea la hora de tomarles por el cogollo y sin necesidad de moverse un ápice, sólo con el poder derivado de su investidura. Pude llevarse todo el periodo y acaso, al final, tema por su futuro y deje las cosas como están en una peligrosa, terrible, disyuntiva para México con el PRI amafiado con alguna de las oposiciones con mayor capacidad perceptiva.

2.- Negociar, cediendo parte de la parcela presidencial, en una virtual compraventa de supuesta tranquilidad en un ámbito profundamente contaminado por la violencia y susceptible de revertírsele en cuanto decidan los detentadores del verdadero poder con creciente territorialidad. De esta manera, como calderón –otra vez, con minúsculas-, sed vería sitiado, aislado… pero relativamente protegido al grado de preferir dejar paras el tiempo, perdiéndolo y con éste la historia misma. Es acaso la dirección que señalan sus incondicionales, como el doctor Luis Videgaray Caso, temerosos de las reacciones que pudieran causar los protagonistas infames dada la evidencia de sus interrelaciones con el crimen organizado. Más claro ni el agua.

3.- Proceder, dando seguimiento a las lecciones del salinato, con tremenda energía. Esto es, interviniendo, de manera directa, contra la señora Gordillo y el “petrolero” Deschamps, con o sin bazukazos, siguiéndoles causas judiciales por sus múltiples ilícitos. Así, por supuesto, se sacudiría a las lacras y podría consolidarse a fuerza de mostrar su versión más dura como ejemplo para quienes pretendan utilizar la vía del chantaje para ganar espacios comprometedores. Esta conducta sería poco democrática pero políticamente razonable dado que la democracia ha sido infamada por la simulación de los cacicazgos. ¿O habría, de verdad, quiénes se animaran a defender a los personajes citados luego de verlos caídos y sin poder siquiera de maniobra como sucedió con “La Quina”?

Recuerdo que, en enero de 1989, telefoneé al profesor José Luis García Mercado, secretario de Fernando Gutiérrez Barrios, entonces en funciones de secretario de Gobernación, alarmado por los rumores de que los adictos a Joaquín podrían conjurarse para tomar las instalaciones de PEMEX. Y ,e dijo, seguro de sí:

–El golpe está dado y ni Dios se lo quita. Tranquilo: en México, ante hechos consumados, no pasa nada.

Y, por supuesto, no pasó… salvo que “La Quina” se pasó a la sombra una larga temporada.

Debate

La fuerza moral no se gana con especulaciones ni acuerdos soterrados sino con hechos a la luz del día. Es éste el procedimiento que debiera seguir quien, en serio, pretenda ganarse el respeto de los mexicanos, incluso de aquellos adversarios que pretenden negarle su legitimidad política a pesar de las enormes diferencias entre las elecciones de 2006 y 2012. Ya lo hemos dicho: tres millones de votos de diferencia son de tal contundencia que, pese a los despilfarros, no hay medida para pretender una razonable y argumentada desviación de la voluntad general. No es igual a la modificación basada en el juego de un millón de votos, medio para arriba y medio para abajo, gracias a la sofisticación de la alquimia de la derecha para favorecer al actual depositario del Ejecutivo –a quien jamás califiqué como presidente-.

Por ello, Enrique Peña Nieto tiene un mandato, muy claro, que debe obedecer si de ejercer la democracia se trata: erradicar y erradicarse de las mafias, sobre todo porque, en este renglón, sí está bajo sospecha. ¿Hasta dónde le influye Salinas?¿Y Zedillo? Peor aún, ¿y Fox? Estas preguntas sólo podrá responderlas en la medida en que, de verdad, se coloque la banda tricolor sobre el pecho y actúe de conformidad con el símbolo; no se trata de volver a la autocracia sino de poner fin, de una vez, al corporativismo mexicano poniendo en su verdadero sitio a personajes tan dañinos y caducos como Elba Esther Gordillo, que se pretende superior a la institución presidencial, y Carlos Romero Deschamps, luego de verle lanzado el guante a la cara con descaro.

No queremos contar con un presidente “fuerte” –como alguna vez sugirió el impresentable Manuel Bartlett ahora asido a la izquierda que antes reprimió-, sino uno “legal”, capaz de reconstruir el deshilachado tejido social y político despojándolo de parches infamantes y de la mala calidad de una dirigencia amoral y pretendidamente perpetua. Ya no debiera siquiera haber cabida para los de mentalidad caduca ni para cuantos, en plena alternancia, pretenden medir al presidente electo, rodeándole hasta convertirlo en su rehén. Es más que claro, creo.

La Anécdota

Cuando pregunté a Elba Esther Gordillo –”Nuestro Inframundo”, Jus, 2011-, qué hubiera pasado en México de no existir un sindicato magisterial fuerte, sonrió –creyendo que ya me había convencido-, y exclamó relajada y exultante:

–¡Uy…no quiero ni pensarlo!

La misma tesis que sostienen cuantos, esparcidos por allí, quieren hacer retornar los restos d Don Porfirio a México simbolizando con ello que sólo es posible gobernar a los mexicanos bajo el peso de una dictadura. ¿De verdad puede creerse en tal falacia? Alegan también que ello es legado de los hispanos divididos en dos bandos irreconciliables, monárquicos y republicanos, igual que los mexicanos que no logran conciliarse entre liberales y conservadores.