Progreso, municipio de la zona carbonífera de Coahuila, está 300 kilómetros al norte de Saltillo, donde el narcotraficante Heriberto Lazcano murió en un enfrentamiento con efectivos de la Marina el pasado 7 de octubre, y yace semidesierto tres semanas después. Durante dos días de recorrido por la zona la cabecera municipal permaneció así: casi sin vida.

Los más de 700 pobladores están asustados, no solo por aquella balacera inusual que les creó sicosis, sino porque temen represalias del cártel de Los Zetas que lideraba Lazcano: se corrió el rumor de que los marinos habían localizado a El Lazca debido a una denuncia anónima de los pobladores. Ellos lo niegan y reaccionan con una mezcla de temor y enojo…


—La Marina dice que fue por una denuncia ciudadana, cosa que no es cierto. De ahí el temor del pueblo. Este pueblo no está impuesto a hacer denuncias. No podemos decir que era gente (El Lazca) desconocida ni que la conocíamos (cantinflea). Son mentiras… —se queja una señora que sale de su casa para colocar sillas y mesas a la mitad de la calle vacía: tendrá una fiestecita familiar. Otra mujer y varios niños la escuchan.

—¿Lo que dijo la Marina, de que por una denuncia ciudadana lo detuvieron, es mentira?

—Son mentiras, no es cierto. Nadie dijo nada. Mucho menos los que estaban en el estadio (cuando el narcotraficante fue abatido se realizaba un partido de beisbol llanero a la entrada del pueblo). Somos gente humilde. En las ciudades la gente está con los celulares. Aquí ni señal hay…

La mujer, de unos 50 años, no oculta su preocupación por que su poblado aparezca como delator, lo que la lleva a evidenciar cierta complacencia con los criminales…

—Aquí no estamos para hacer esta clase de denuncias. Aquí todos son bienvenidos. Aquí no tenemos porqué desconocer a nadie ni decir: “Este viene a hacer mal”. Hizo mal la Marina en hacer esa clase de conversación (sic) y más en las noticias, porque eso se corrió por todo el mundo y no es cierto.

—¿Eso los asustó?

—Pues sí. Nosotros no quisimos que nos fueran a hacer una represalia y ese era el temor que había. Había mucha sicosis, mucha consternación. Por eso estamos inconformes con lo de la Marina…

—¿Ustedes sabían que vivía aquí?

—En ningún momento. Nunca conocimos que esa gente viviera aquí. Pa’ qué echar mentira. Hay gente que le gusta hablar porque tiene boca…

—Se dice que tenía una casa aquí, eso dijo el ex gobernador Humberto Moreira…

—Sólo que él se la haya dado… —responde con sarcasmo una joven que tercia en la charla.
Otra mujer que suele preparar comida en un quiosco (ayer y hoy no tuvo clientela: el lugar estuvo vacío) sintetiza las cosas a su manera, ante la mirada sorprendida de su hija y su yerno:

—Mire, si ese señor hubiese vivido aquí, hubiera sido el amo del pueblo. Y mírenos, apenas vivimos con lo que tenemos…
Los chavos que rondan por ahí son más atrevidos y uno de ellos, de unos 14 años, cuenta un secreto lejos de los adultos:

—A veces vienen las camionetas de ellos, de los señores. Vienen varias. Llegan y tocan una como sirena, se paran y nosotros ya sabemos: salimos corriendo. Nos regalan juguetes y cosas, como bicicletas o sudaderas y gorras…

Ante la cara de estupefacción de los que escuchamos, ruega: “Pero por favor, no les digan (mira a las mamás) que les conté, que me van a castigar feo…”