Como ya hemos dicho, los mexicanos de bien nos olvidamos de las festividades de las brujas y honramos a los fieles difuntos; tal es nuestra tradición, nuestra cultura, que tanto apasionó a los genios de ayer, como Frida y Diego Rivera, asiduos visitantes del Janitzio que siempre recordaré, sembrado con chempazúchitl –los más doctos le llaman cempoalxóchitl-, la flor de los muertos que amarillea el horizonte y lo resplandece como si se tratara del sol de medianoche. Los anglosajones quisieran borrar todo rastro de idiosincrasia en nosotros para dejar de sentir la mexicanidad como un rasgo de identidad para dar paso a la desintegración de conciencias que propicia el coloniaje. Otra cosa sería si, de verdad, fuéramos capaces, sin intereses de conquista, borrar las fronteras para siempre.
Por desgracia, los políticos de nuestro país prefieren las tradiciones del norte, de más allá del Bravo y no de las entidades ahora fustigadas por la dura puja entre cárteles y mujeres y hombres públicos entrelazados, y lo demuestran promoviendo a quienes no pueden ser sino brujas materializadas como diputadas o senadoras al arbitrio de sus respectivas dirigencias o de los gremios o, peor aún, de los cacicazgos familiares que se extienden hacia el insondable corporativismo mexicano cuya máxima representante, más allá de las críticas viscerales, es, desde luego, Elba Esther Gordillo Morales una mujer capaz de seducir a cualquiera dentro de la competencia con la Duquesa de Alba, Cayetana, en materia de señoras poco agraciadas por la naturaleza, dicho lo anterior con la mayor sutileza posible para intentar, rogando la conmiseración pública, que no se me tacha de falta de caballerosidad como tantas otras veces.
(Por cierto, en mi descargo, debo contarles que no hace mucho, a la salida de la bellísima Maestranza de Sevilla, sin parangón posible, tuve ocasión de saludar y conversar brevemente con la anciana duquesa citada. Fue un agasajo para mí. Le dije que admiraba su vitalidad, reconocida en México como muestra de entereza y carácter –un poco lisonjero, claro, pero creyéndolo de verdad-; y ella me respondió, con el hilo de una voz agudísima: “Conozco muy bien a México y lo quiero por la galantería de sus hombres”. Me sentí muy honrado de sacar la cara y la cabeza entera, así fuese por un instante, por nuestra entrañable nación. Y se fue ella, del brazo de su marido –no sé cuántas décadas más joven-, Alfonso Díez, por el serpenteo de las calles de la capital de Andalucía, sede del sol y alma de la fiesta brava).
El párrafo anterior, por tanto, me remite de toda misoginia, estribillo con el que suele desdeñarse las críticas hacia las mujeres que viven del erario y lo seducen. Esto es: se pretende una igualdad de género pero pobre de aquel que sea respondón ante una dama intocable. Una coyuntura, por supuesto, que la democracia no ha sabido todavía superar ni a través del debate en donde, claro, ellas tienen preferencia porque sus insultos son frutos del temperamento femenino inescrutable y los señalamientos masculinos son groserías que desdibujan la virilidad y se muestran como una razón del viejo machismo que tantos vínculos tiene con la homosexualidad, de moda ahora gracias a la apertura de Marcelo Ebrard, rey de las minorías que va juntándolas para ver si así alcanza la ansiada mayoría en su ruta hacia el poder; sería capaz hasta de desfilar, en el día del “orgullo gay”, entre los alegóricos automotores repletos de personajes que lucen, enfebrecidos, coloridas pantaletas y airean sus formas como si con ellas alcanzaran el ideal de la belleza; algunos, como yo, preferimos voltear la mirada, entre repelentes y respetuosos de las diferencias, pero cada vez somos menos.
En fin, mientras todo esto ocurre, el gobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle se entretiene denunciando a periodistas –una veintena de ellos, nada menos, lo que corrobora, por el mismo listado, sus escasas calificaciones como gobernante “aliancista”, postulado sobre todo por sus querencias con la maestra Gordillo-, y tratando de recrear el absurdo del “daño moral” por el cual, si se causa daño a la “reputación” de una persona, funcionario o no, se tipifica el delito aun cuando sea cierto lo denunciado y afecte, en el caso de las figuras públicas, al conglomerado. Por proteger la privacidad, hasta niveles absurdos, se ha caído en la intolerancia y la censura ajenas, por donde quiera verse, al concepto más elemental de democracia. Y es esto lo que no entienden personajes como Moreno Valle, nacido entre algodones y sin haber tenido nunca la angustia por llegar a fin de mes con algún dinerito para subsanar las necesidades básicas, que parecen asidos a las interpretaciones jurídicas ad hoc en una puja tremenda para jerarquizar la justicia… y la libertad.
Por eso, insisto, entre todas las libertades –incluso el derecho a la vida privada-, prevalece la de expresión si se usa como contrapeso para los abusos del poder, entre los que se cuenta la desinformación oficial o la protección a las complicidades que van formándose al calos del mando y no del mandato. Quien no entiende esta correlación, sencillamente, no puede alegar que piensa y actúa como demócrata aun cuando las votaciones le hayan favorecido por circunstancias muy ajenas a sus propios méritos. En el caso del poblano, privó más la censura pública, más que razonable, contra el autoritarismo del priísta Mario Marín, el llamado “gober” precioso”, que no tuvo reparos en perseguir y hasta infamar –éste sí- a una dama del periodismo con tal de defender su feudo y a sus compinches para “beberse” las “botellitas” de escasa añada.
Los vínculos son evidentes así no se trate de una guerra entre géneros. Se persigue, con fiereza además, a quienes no entienden que lo “normal” es recibir los estipendios oficiales bajo el compromiso del silencio. Los demás debemos estar locos… aunque este término, en algunos pocos casos, lleve a la genialidad pues, a través de la historia, los rasgos de los más brilantes han sido confundidos como si se tratasen de talentos heredados por el demonio. La inquisición, que también representan los torquemadas –tres poblanos, entre ellos: los citados Moreno Valle, Marín y Manuel Bartlett, mitad tabasqueño-, no se ha extinguido del todo aun cuando se horroricen por ello los curas de pueblo… como aquel célebre de Canoa que llamó al linchamiento contra estudiantes y trabajadores de la Universidad de Puebla a quienes llamó “comunistas”. Los estigmas permanecen, al parecer.
Pero no sólo eso. Debemos insistir en un punto esencial, repetido tantas veces por este columnista, en cuanto a los límites del periodismo: la vida privada debe respetarse, sí, mientras no perturbe y tenga consecuencias sobre el conglomerado, en donde recala, por lo menos sobre el papel de la Carta Magna, la “soberanía popular”. Esto es: no puede alegarse que se limite la investigación y la denuncia pública cuando el periodismo es contrapeso para señalar los excesos del poder autoritario y los abusos de cuantos se dicen cómplices del establishment. Imagínense a donde llegaríamos si se interpreta que debemos callar cuando encontremos los vínculos soterrados, incluso familiares, entre quienes se pretenden inalcanzables pero no pasarán a la historia sino al basurero de la misma.
Este es el desafío pendiente: el blindaje a los que, con enormes riesgos a veces, denuncian los abusos y son perseguidos por ellos. Sobre todo en estos tiempos de violencia cuando es tan fácil esconder las manos y trasladar responsabilidades, siempre, al llamado crimen organizado… cuyas células madres están en manos de la clase política. ¿Seguimos o nos volvemos mortecinos silentes?
Debate
Ante la sorpresa de muchos, la senadora Mónica Arriola Gordillo, una de las hijas de Elba Esther –todas con diferente apellido paterno lo que habla de la diversidad hormonal y personal de la señora, perdonando el atrevimiento y a riesgo de que se me tilde como poco caballeroso disculpándome de antemano-, votó a favor de lo que ha dado en llamarse “trabajo decente”, con resta de viejos derechos laborales, y en pro de las elecciones libres y secretas en los sindicatos; esto es, en sentido contrario a cuanto, hace apenas unas semanas, sucedió en el seno del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, bajo la mirada escrutadora de la señora Gordillo, ahora “guía suprema” del gremio en la línea de López de Santa Anna quien obligaba a ser nombrado como “alteza serenísima” en plena fiebre de dictadura.
Los maestros votaron, sí, mientras ella vigilaba las urnas “transparentes”… y ganó por unanimidad su reelección para buscar mantenerse treinta años en el poder sindical sin diferencias por las alternancias y las presiones generales. Basta con su palabra y punto. Lo peor es que, aseveran, el presidente electo prefiere dejar las cosas como están para no buscarse incendios gratuitos cuando las chispas de la rebelión gremial hace tiempo están encendidas. ¿No percibirá los olores a humo y sangre?¿Qué se requiere para abatir los cacicazgos a muchos años ya de que se terminaron los caudillajes posrevolucionarios bajo la égida del gran general Lázaro Cárdenas, en la década de los treinta del siglo pasado?
Así y todo, Mónica se sumó, como única representante del PANAL –de rica miel sindical, promocionada y financiada por su madre- en el Senado, a los triunfantes legisladores panistas que, a trueque de la Presidencia y en minoría se han apropiado del Congreso a vista y paciencia de los coordinadores de sendas bancadas priístas –Manlio Fabio Beltrones y Emilio Gamboa Patrón-, quienes de esta manera buscan más que una colocación, esto es un chantaje, para doblegar al mandatario electo a unas semanas de su asunción. Lealtad a raudales, diríamos.
Y bien, ¿les van a seguir haciendo el juego a estas lacras del establishment? No fue por esto por lo que más de diecinueve millones de mexicanos votaron. Tal debería ser el fiel de la balanza y no los compromisos corporativos que, según Elba –a mí me lo dijo-, no existen… pero prevalecen. Perdonen la contradicción y el galimatías.
La Anécdota
Otra legisladora, la panista Mariana Gómez del Campo, prima segunda de Margarita, consorte de calderón –en minúscula-, se entretiene besándose en las galerías del Senado, en plena sesión de la Cámara Alta. Igual a cómo lo hacen las expertas fámulas en los clubs para hombres que se aíslan de los salones para mostrarse más “espléndidas” con la clientela, guardadas las proporciones. En fin, cosas de familia. Un experto en estos menesteres, me recordó:
–¿Te acuerdas de los hermanos Zavala, aquel espléndido grupo coreográfico? Bueno, pues también son parientes de Margarita aunque sean oriundos de San Miguel de Allende.
Ahora me explico la propensión a los cantarines durante las largas tardeadas en Los Pinos… y sus secuelas en el piso alto de la Cámara de Diputados. Les contaré más.
























