No se percibe interés alguno. Ni un sólo esfuerzo, nada que revele en la contraparte las  ganas de acercamiento con la población  y  de reforzar la situación económica.
 
El gobierno del presidente Enrique Peña Nieto va desvaneciéndose en una densa bruma de problemas por doquier y sin  capacidad de acción para gestionar la crisis; sí, la crisis de crecimientos escasos, en tiempos en los que el país no tendría por qué ralentizar su motor económico dado que no se encuentra en el  epicentro de la Unión Europea, ni en Asia. 

¿Qué le está pasando a la economía azteca? En 2013, el PIB cerró marginal ubicándose en  1.4%; en 2014, apenas alcanzó 2.1% y para este año, el pronóstico será tan acertado como el de una tómbola en movimiento de la que cualquier número podría caer.
La ralentización obedece a tres factores: 1) El avance de la corrupción en todos los canales de la economía, una actividad deleznable y cotidiana, que desvía dinero de los canales legales y formales. Por ende, deja de contar en las finanzas públicas. Es dinero fantasma para el PIB. 2) El poderío del narcotráfico que fomenta todavía más la economía subterránea y que obviamente tampoco figura dentro de la contabilidad del PIB ni derrama en beneficios directos a las arcas de la Nación. 3) La locomotora de la economía se ha ido desacelerando preocupantemente en su actividad secundaria que es, precisamente, la que genera valor agregado y con ello derrama positivamente en otros subsectores y  en conjunto coadyuvan a la generación de la riqueza.  La actual estructuración tiene un sector primario de la producción que está creciendo más que el sector secundario y un sector terciario que expande espacialmente en la medida que la economía se especializa en dar servicios.
Además hay un grueso de empresarios nacionales molestos con la actual administración del presidente Peña Nieto, se quejan de que no circulan los proyectos; de que el gobierno no está pagando a tiempo por los contratos vigentes y que las licitaciones son altamente selectivas.
Todo ello  transcurre bajo el paraguas de una política fiscal que deprime la actividad económica formal, no proporciona incentivo alguno ni para las personas físicas ni para las morales. Ante la falta de alicientes se deja de planear a mediano plazo  y más en momentos en que la incertidumbre al interior viene de la mano de un sector público que no paga a tiempo sus contratos; de un gobierno que no fomenta negocios y tarda en licitar; y de una política fiscal desmotivante, persecutoria y recaudatoria.
Para este año, los pronósticos de crecimiento de Hacienda son tan ambiguos como la propia estimación concedida “se espera en 2015 crecer entre un 3.2% a un 4.2 por ciento.”
¿De qué  depende la diferencia en la estimación de un punto porcentual más o menos en el PIB de 2015? Hacienda no lo explica. Será acaso de Estados Unidos y su desempeño económico o de los altibajos de los petroprecios o de la suma de ambos más  el comportamiento de una serie de variables externas.
Falta inclusive seriedad para explicarlo, por qué no abrir el intervalo de “3.2% a 6.2%”, si total  lo han convertido en un burdo juego de azar y cualquiera tiene más probabilidades de sacarse el Melate, que el gobierno del presidente Peña Nieto de cumplir con sus previsiones.
A COLACIÓN
España ha hecho el otro ciclo de revés al de la economía mexicana. El simulacro quedó atrás: la economía española salió finalmente del oscuro y surrealista túnel de la recesión tras cinco largos años de no crecer, de destruir activos, de cierre de empresas de todos los tamaños, del frenón en seco de la industria de la construcción y del sector inmobiliario. De año tras año de empleos chatarra.
Todos queremos que la tragicomedia económica no vuelva a repetirse. El PIB cerró 2014 con un crecimiento del 1.4%, es marginal, pero dadas las condiciones de los últimos años, sumadas las reformas y los ajustes al cinturón de toda la ciudadanía es una noticia a todas luces optimista.
Es verdad que al FMI le fallaron todos los pronósticos de crecimiento y recuperación de la economía ibérica, es más, ha sorprendido a tal punto que es hoy España el ejemplo al seno de la UE y la eurozona de cómo funcionan las políticas de austeridad y reajuste.
¡Ándale cuate! A tal punto se borda el  optimismo que el presidente Mariano Rajoy  lanza una pintoresca promesa: crear 3 millones de empleos, si se queda otros cuatro años en el poder, es decir,  terminar con la mitad de los desempleados que hoy en día siguen carcomiéndose de angustia ante la falta de oportunidades laborales.
Para cumplirla  (esperemos que no sea derivada del resultado de una parodia revanchista al calor del debate suscitado con Pedro Sánchez, líder del PSOE) la economía española necesitaría crecer 3.5% promedio anual, -como mínimo-, para alcanzar dicha cuota  no en 4 años sino en 6 años.
Si consideramos que este año, el pronóstico oficial es de un 2.4% de PIB no habría forma en 2015 de generar 500 mil empleos en firme.
Hay que estructurar toda una política de incentivo fiscal-laboral para que las empresas contraten y concebir todo un frame de verdadera ayuda a los autónomos y emprendedores. Recórcholis! Por lo menos el gobierno de Rajoy tiene las pilas cargadas.