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Las elecciones federales en los Estados Unidos, el día de hoy, estarán marcadas por la belicosidad de nuevo en auge y la xenofobia que conlleva igualmente buena dosis de racismo. Si hace cuatro años fue para algunos sorprendente la exaltación del entonces senador Barack Obama, primer hombre de color que alcanzó la gloria de vivir en la Casa Blanca –un símbolo, hasta por el color, de la antigua y persistente segregación a la que todavía muchos extrañan y laman-, ahora parece ser que algunos están ansiosos de pasarles todas las facturas al presidente quien se dejó llevar, un tanto arrinconado, por la intuición femenina de Hillary Clinton –quien difícilmente repetiría como secretaria de Estado-, sin tomar jamás decisiones de fondo y, más bien, dejando correr las aguas a contracorriente de sus propósitos y llamamientos.

Es por eso que las encuestas, pese a los antecedentes republicanos poco encomiables –el último, el del clan Bush, fue sencillamente devastador-, van a la par y en algunas sobresale el recio mormón de Massachussets, Willard Mitt Romney, a quien poco se auguraba al inicio de la campaña presidencial y cuya marea creciente derivó de un primer debate en el que Obama se vio acorralado ante una realidad lacrante que acaso le rebasó Por ejemplo, no olvidemos en el tema financiero el apretón de cinturón por el cual debió cancelar cualquier auxilio económico a sus aliados del sur pero sin abatir los gastos militares, convirtiendo a América Latina, una vez más, en un bastión olvidado. Las minorías provenientes del sur no olvidarán el descuido porque, además, sufrieron lo suyo cuando creyeron que, al fin, por el sólo hecho de que un afroamericano se hiciera del poder, llegaría la vindicación para los eternos trashumantes. No fue así y las frustraciones se extendieron.


Desde siempre se ha dicho que los discursos de campaña suelen ser más sencillos para los opositores que para quienes se ven obligados a defender al gobierno en ejercicio, habida cuenta el desgaste natural que sufren los liderazgos circunstanciales ante el peso ineludible de los hechos concretos. El PAN, en México, pagó por las inercias de los Fox y calderón –en minúscula-, hasta verse relegado a un tercer sitio del que artificialmente salió del mismo con base a los chantajes camarales para asegurar una transición sib los sobresaltos de 2006. De hecho, en el Congreso de la Unión es evidente el asalto de los panistas quienes se han llevado las mayores tajadas a partir de su derrota histórica de julio pasado. Durante los doce años que mantuvo la Presidencia de la República, con resultados sociales deplorables –no tanto los financieros porque en este renglón no hizo sino seguir las encomiendas apuntaladas por el Fondo Monetario Internacional-, la derecha no tuvo el empuje que ahora demuestran sus legisladores para poner sobre las cuerdas a sus adversarios priístas en fase de medir los verdaderos alcances del presidente electo, Enrique Peña Nieto, copado por la red de colaboradores cercanos que integran “su” equipo de transición a costa de pretender desmantelar a otros grupos, como los de los coordinadores de las bancadas de su partido en las Cámaras alta y baja. Por este punto inicia la guerra intestina.

En el caso de los Estados Unidos parece que sucede algo similar. En 2008, los demócratas apostaron por romper un tópico profundamente arraigado: el que los ngobernara un hombre blanco y con carisma suficiente para mantener bajo control a las minorías. La opción era entre una mujer y un hombre de color; cualquiera hubiese representado la primera vez en cuanto a las asunciones presidenciales y así ganó Obama cuyo apellido completo Barack Hussein Obama, parece un espejo del calvario estadounidense de los últimos años por la similitud con los dos grandes predadores de la civilización occidental: Saddam Hussein y Osama bin Laden. Sólo una letra de diferencia como un recordatorio permanente de los personajes de Medio Oriente más odiados por los nacionalistas estadounidenses. Esto, aunque parezca anecdótico, tiene su importancia y grande.

Pese a lo anterior, la nación, con fama de ser la más xenófoba del mundo, eligió a Obama pero le exigió buenos resultados casi desde el inicio de su gestión… y el personaje no tuvo tamañas para responder los desafíos hasta que su sonrisa fue apagándose paulatinamente junto con el glamour de su mujer, Michelle, a quien se ubicó en un plano lejano de la política para no enturbiar los empeños de otra dama, Hillary, empeñada en alzar la voz cuando menos se requería y en bajar el tono cuando el acecho de las amenazas llegaba. Una contradicción tremenda que puso a la diplomacia internacional tan tensa como replegada. No, Hillary no tuvo el talante pacificador de su marido ni contó con la imagen del ama de casa lista a conservar su matrimonio por encima de todo; al contrario, se mostró como la dura mujer a quien la ambición personal jerarquizaba al poder por encima de su estabilidad emocional. Recia, intransigente, mordaz, al cabo del tiempo tomó las riendas dejadas al aire por el presidente pero no supo evitar que los caballos se desbocaran por mucho que fueran sus habilidades como amazona.

Todo esto, or supuesto, influirá en la hora dcesiva aunque la mnoeda está en el aire. A la mitad de ls estadounidenses no convence el antiguo predicador mormón porque temen una radicalización ideológica basada en su propia ortodoxia personal. Por ejemplo, no concede gracia alguna a los llamados “indocumentados” y los sitúa como un peligro; pero, sin nduda, lo peor es que no les da importancia –tampoco Obama lo hizo-, insistiendo en mirar hacia otros horizontes como si el sur del continente americano fuera una especie de apéndice controlable e incluso bajo dominio pleno aun con los exabruptos del venezolano Chávez quien llegó a apostar por Obama como diciendo: “dejen las cosas como están; de lo demás nos ocupamos nosotros”. Pero Hugo, el enfermo –de cáncer y de poder-, reelecto en condiciones adversas para las oposiciones unidas, no vota en las elecciones estadounidenses aun cuando exhiba el fondo de su propia conciencia: hablar mal de los Estados Unidos como rutina pero, al mismo tiempo, zancadillear cualquier interrelación con la Unión Europea al amparo de nacionalizaciones absurdas extendidas después a Argentina en donde Cristinita Fernández viuda de Kirchner quien dejar su acento y no ser sólo sombra de su difunto marido antecesor. Mal acaban los cogobiernos de alcoba; lo subrayamos para erradicar riesgos similares –como ya los tuvimos durante el foxismo-, en nuestro territorio.

La tendencia, en este momento, señala un empate técnico con la posibilidad de que sea algún estado el que, como en 2000 sucedió en Florida, determine el curso final de la controversia electoral. Una prueba de fuego más para una democracia que presume mucho pero se atora ante cualquier desafío serio lo mismo cuando se trata de acudir en defensa de los damnificados por alguna catástrofe natural. Recuerden cómo le fue a Nueva Orleáns, hace apenas unos años, cuando hasta el ejército mexicano debió acudir en auxilio de los evacuados porque la mayor potencia militar y económica estaba detenida en el asombro. Y todavía gobernaba el deplorable George junior.

En fin, a los mexicanos, como están las cosas, convendría más la permanencia de Obama que la elección de Romney. Pese a excepciones, suelen los demócratas ser más comprensibles aunque tengan las manos atadas por el FMI… pero no llegan a las insolencias provocadoras que se mueven, sobre todo, en la frontera más transitada en el mundo. De cualquier manera, sin poder elegir, los mexicanos estamos en la encrucijada… pase lo que pase hoy en el poderoso vecino del norte.

Debate

Nuestras desgracias diplomáticas tienen origen preciso: el momento mismo en que la derecha –priísta y panista, pero más ésta última- optó por un entreguismo patológico hacia Estados Unidos sin acudir a los límites impuestos por la Doctrina Estrada en pro de la autodeterminación de los pueblos. Digamos que el peor momento se dio en la Cumbre Iberoamericana de Monterrey, en 2002, cuando el entonces mandatario Fox “solicitó” al presidente cubano que se retirara apenas terminara de comer para dejarle libre el espacio al insolente huésped perentorio de la Casa Blanca, George junior, ahora en pleno disfrute de su rancho texano sin el menor agobio por cuestiones de justicia elemental. Un caso antológico de nepotismo e inquina política, además de holgazanería extrema y terriblemente destructiva. No olvidemos la lenta reacción, inexplicable tardanza diríamos, del heredero del clan Bush durante el fatídico 11 de septiembre de 2001 aunque los saldos fueron positivos para él: tras la tragedia terrorista consolidó, brevemente, un liderazgo que no había alcanzado en las urnas tras los bochornosos incidentes comiciales de Florida en 2000. De no haber recapitulado el entonces vicepresidente Al Gore, el establishment hubiese sufrido un sismo de altísimos niveles. Y esto lo sabía ela familia dueña de PERMAGO –Perforaciones Marítimas del Golfo-, a la que privilegió Clinton, en su momento, gracias a sus soterradas negociaciones con Ernesto Zedillo, el gran simulador. Otro girón de soberanía perdido.ç

De allí la importancia que deviene de las elecciones d hoy en la Unión Americana. Las ida y vueltas de acuerdos volátiles y de desencuentros ingratos. ¿Acaso Romney no prometió perseguir, con mayor dureza, a los violentos cárteles de México?¿Y qué hay de los padrinazgos estadounidenses que posibilitan el tránsito d estupefacientes por las autopistas del país vecino y la distribución de los cargamentos del vicio? De eso, ni una palabra; esto es: seguiremos asimilando los costos, nos guste o no.

La Anécdota

Dicen que ante las conflictivas universales, al Papa le toca la tarea de rezar. Ahora, deberemos unir a esta línea el llanto de los monarcas inútiles. Juan Carlos de Borbón, por ejemplo, explicó en La India que, desde fuera, la situación de su reino le hacía derramar lágrimas azules, acaso por su impotencia y muy a pesar de los apoyos al gobierno derechista de Mariano Rajoy quien parece incapaz de detener la oleada secesionista en las “naciones” –como dicen- que integran España.

Lo extraño de la cuestión es que, en el Parlamento ibérico, los socialistas, tan discursivos y provocadores, no se atreven a tocar un tema tabú y han convertido la mera mención de la República en una especie de estigma que haría resucitar los rencores de la Guerra Civil. Y no se percatan d que acaso tal sería el camino correcto para resolver los problemas de fondo en un espacio dividido en dos bandos irreconciliables al paso de los años; liberales y conservadores, incluyendo las fobias de los catalanes y la de los españoles con respecto a Cataluña.