¿Por qué dar propina se ha vuelto un impuesto culposo y social?
La propina causa una suma de problemas, ninguno de aritmética. Cuando llega la cuenta en el restaurante, mis ojos se deslizan al final, donde la gerencia tiene la atrevida idea de sugerir una propina que es casi siempre una imposición y una condena, y rara vez una elección libre: pague el diez, el quince, el diecisiete o el veinte por ciento, insinúa el papel, y ayude a estos asalariados que dependen del favor social para alimentar a sus hijos. Comprendo el valor estimulante del pago extra —alguien se esmerará por esas monedas en la charola— y su lado compasivo —la culpa de no ayudar a quien lo precisa—, pero, por sobre todo, me atosiga la abusiva convención que ha convertido un gesto de gratitud en un mecanismo de presión que promete bochorno social a quien la niega.
En los bares y restaurantes de Washington, donde vivo, abundan los carteles que claman —como si se tratase de una recaudación solidaria— Se aceptan propinas, Las propinas no están incluidas o Deje propina: no sea un bastardo egoísta. Y yo suelo dejar entre un quince y veinte por ciento de la cuenta, lo que puede confortar a quien la recibe pero no a mí, en especial cuando el acto se ha transformado en un impuesto social ubicuo. Hoy se la llevan al bolsillo meseros, peluqueros, jardineros, botones, recepcionistas y conserjes de hotel, camareros, croupiers de casino, repartidores, porteros, caddies de golf, conductores de limusinas, maîtres, masajistas, aparcacoches, porteros, músicos de restaurantes, limpiabotas, taxistas, guías turísticos, mi manicurista. En Estados Unidos, donde la práctica de la propina es tan universal como un saludo, das por descontado que al final de la cuenta debes sacar de la billetera hasta un veinte por ciento extra. Es más razonable invitar al mesero a cenar que convertirse en su coempleador para completarle el salario.
Soy un abolicionista del pago gratuito. Cuando no es por ética, mi resistencia es contra su clasismo rampante, su falsa filantropía. Es revelador que la génesis de la propina sea el miedo de los ricos a los miserables. Ofer H. Azar, un economista que ha investigado su origen e importancia, dice que la propina nació durante la Edad Media cuando los nobles que viajaban entre pueblos comenzaron a dar dinero a las turbas de pedigüeños desdentados a cambio de que no los ataquen. Azar sugiere también que es posible que la propina por un servicio haya comenzado en aquellos tiempos como un modo de ostentación de los más ricos. Atractiva teoría del poder, la evolución de la dádiva pasó del miedo al sometimiento de los pobres a monedazos.
No deja de ser curioso que la propina se entregue aún hoy de dos modos principales: abiertamente, con el desprejuicio de exhibicionistas y desinteresados, o en un pase de manos entre el mesero y el pagador, como si se tratara de un arreglo ilegítimo. En La guía completa de propinas y gratificaciones, Sharon L. Fullen cuenta que en la Inglaterra del siglo XVIII las cafeterías montaban sobre unos cuencos un cartel con la inscripción To insure promptitude, con lo que invitaban a los clientes a dejar dinero para ser atendidos antes que el siguiente en la fila. La inscripción —dice esa versión de los orígenes de la palabra— devino en el acrónimo tip, la denominación inglesa para propina. Pero otros recuerdan que, antes de eso, en los círculos criminales tip implicaba el intercambio de apuestas arregladas o transacciones ilegales de dinero. «¿Esa sensación de sentirse robado teniendo que dar propina por un mal servicio?», se pregunta el escritor Foster Kamer en La muerte de la propina. «Ahora lo saben: la palabra viene de los criminales». Ahora, parece, el crimen es no darla.
Es de una deliciosa picardía la idea de asumir la propina como un soborno consentido, un pequeño delito socialmente digerible. Magnus Thor Torfason, un profesor de Harvard Business School, estudió en 2012 las correlaciones entre corrupción y propinas en una treintena de países, y concluyó que las naciones donde el pago extra es más frecuente tienden a ser más corruptas. Según Torfason, la propina funciona como el soborno que pagan los mafiosos, una inversión a largo plazo que asegura beneficios.
El viejo Marx se tiraría con ganas la cabellera de león: ya no es que el mesero, la manicurista y el maletero trabajen por poco sino que lo hacen por casi nada. En Estados Unidos, el patrón no otorga al mesero seguro de salud ni ahorros para el retiro, sus vacaciones no son pagadas, y el despido puede ser inmediato y sin un centavo de indemnización. El salario va camino a ser sustituido por una tasa de la bondad pública. Bolcheviques de la cuenta justa: ¿dónde quedó aquello de que el precio objetivaba el esfuerzo de los que no tienen otro capital que su trabajo? Es una frase para hacer banderas: el crimen no paga, levantar platos sucios doce horas al día tampoco.
Me resisto a la propina por romántico, no por tacañería. En Japón y China, dos sociedades con larga tradición de la honra y del decoro, todavía se considera vergonzoso recibir un pago extra por hacer bien el trabajo, y, tal vez por su aislamiento del mundo, piensan lo mismo en Australia y Nueva Zelanda. En los países nórdicos, la consideran una forma de servilismo y en Rusia se espera de los visitantes pero no del vecino. El periodista Michael Malice contó que los guías turísticos tienen mejor calidad de vida que muchos en Corea del Norte por las propinas que les dejan a escondidas los atribulados extranjeros. Debe ser de los pocos casos en que la propina, esa penosa caridad, supera la misericordia y se convierte en altruismo respetable.
























