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En 2000, en una sola noche, construimos la democracia y hasta la vimos inmaculada. No es broma. He comparado al hecho con la leyenda del “enano”de Uxmal quien erigió, en el mismo lapso, el célebre Castillo, que sobresale al Cuadrángulo de las Monjas, de acuerdo a los juglares del mundo maya. Esto es por la mañana del 2 de julio de aquel año percibíamos los candados y los vicios de un sistema corruptor y autoritario; y por la noche festejábamos el advenimiento de un “nuevo régimen”a partir de un proceso electoral que había superado al de los cantones suizos con fama de impecables. Hubo magia en todo ello.

Un segundo episodio se ha escrito al respecto sólo que ahora en la perspectiva de la nación más poderosa de la tierra. Por la mañana del 4 de noviembre de 2008, sí, el único obstáculo que parecía separar a Barack Obama de una segura victoria electoral era el racismo. Esto es: se tenía plena conciencia acerca de las fobias mantenidas en una sociedad en la que aún es compleja la interrelación entre blancos y negros. No se olvide que también mujeres y hombres de color, si bien como una reacción a los brutales atavismos, se han mostrado intolerantes protagonizando, incluso, tremendos incidentes discriminatorios. Para no perder la objetividad es necesario observar las cosas desde todos los ángulos y, desde luego, igualmente colocados en cada extremo.


Lo curioso es que por la noche de la jornada comicial más concurrida de la historia en los Estados Unidos –votó más del 61 por ciento de los empadronados rompiendo así el récord en la comunidad con más afán de competencia en el mundo-, el derrotado republicano, John McCain, quien vio venir la catástrofe sin rendirse porque apostó por una reacción de las mayorías blancas, admitió, sin especificar cuanto de reproche y confusión había en sus palabras, que el pueblo estadounidense había demostrado ya no ser racista. Una buena noticia como si hubiese salido de la chistera de un mago.

Fue aquella una noche para dos transformaciones de fondo, sorprendentes por efectivas, basadas en el cruce de millones de boletas como un tributo al universo mediático al que nos rendimos cada día. El correcto manejo de la publicidad y la contundencia de las campañas para asegurar el éxito de las mercancías políticas han sido, sin duda, los factores dominantes en la exaltación de las nuevas figuras públicas. Seamos sinceros, amables lectores: ¿Cuántos de ustedes habían escuchado mencionar al senador Obama –sin confundirlo con Osama-, hace un año cuando todavía no iniciaba la competencia “interna”, más bien de “tópicos”, esto es entre una mujer y un hombre de raza negra? Quienes contesten afirmativamente forman parte, a no dudarlo, de una estrecha minoría bien informada; los demás son, además de ciudadanos comunes y corrientes, sinceros. Hoy, sin embargo, el nombre del personaje es acaso uno de los más citados en el mundo y su perfil se conoce hasta en el último confín del planeta. Benditas comunicaciones.

Los juegos volvieron a repetirse en este 2012, cuatro años más tarde, con huracanes de por medio y un alud de frases demagógicas y huecas.

No hace mucho tiempo, un conocido político, Tulio Hernández, avezado priísta quien se dio el lujo de llegar al gobierno de Tlaxcala llevando de la mano a Silvia Pinal, reconoció que, de acuerdo a las reglas del sistema y por obra y gracia del “dedazo”cualquiera podría transformarse en galán en unas horas a pesar de su fealdad de origen. Bastaba con el refrendo del poder para exaltar virtudes y gracias en proporción casi heroica. (Algo similar ocurre a la vista de los catafalcos que diluyen, por el mero efecto del duelo, los defectos y quebrantos del difunto. ¿Tendrá todo ello que ver con la lúdica inclinación de los mexicanos por la muerte?).

Obama logró el milagro y, pese a la ventaja que le otorgaban las encuestas –arribó a episodio clave con ocho puntos a favor de acuerdo a la media-, mantuvo hasta el final cierto dejo de pesimismo porque no era capaz de medir las reacciones racistas y xenófobas que podrían darse en la intimidad de las casillas. Le llamaban, como aquí asentamos, “el efecto Bradley”, conocido así por el apellido del alcalde de Los Ángeles (Tom) quien fue vencido, en primera instancia, cuando aseguraba contar con un margen favorable en apariencia insalvable. Se dijo entonces que ello se debió a una reacción íntima de los electores quienes acaso manifestaron sus fobias y prejuicios en el último minuto. Con tales antecedentes, claro, no es razonable negar la fuerza y penetración del racismo en la formación de los estadounidenses de hoy.

También he narrado que, no hace mucho aunque hablar de medio siglo lo parezca, a mediados de la década de los cincuenta, todavía se leían, en los aparadores de comercios y restaurantes ubicados en la franja fronteriza, letreros infamantes como éste: “No mexicans, no blacks, no dogs”–ni mexicanos ni negros ni perros-. Borrar tales antecedentes infamantes, dolorosos por sus efectos degradantes, no parece factible en una sola jornada de iluminadas constelaciones.

¿Cómo pudo construirse el nuevo “castillo”de las convivencias interraciales en apenas unas horas?¿A dónde fueron a parar los racistas que en los Estados Unidos no cesan en degradar a otros seres humanos por su color y origen?¿Todos los que votaron por McCain lo eran y no fueron capaces de sumar mayoría? La última interrogante, claro, es sumamente tendenciosa y hasta ofensiva para quienes siempre sufragan por los republicanos aun cuando no se presente, como adversario, un candidato de color. Pero, entonces, ¿dónde quedaron las discriminaciones y las fobias encendidas? ¿Se diluyeron por encanto al igual que los vicios del sistema político mexicano, con todo y sus candados, en 2000 y 2006?

Confieso, amables lectores, que llevo todos estos días cavilando sobre ello.

Debate

La ausencia de liderazgos, que es global como ya hemos reseñado, obliga a la búsqueda de sucedáneos. El fenómeno Obama se inscribe en este círculo aun cuando se insista en su poder de atracción gracias a un manejo discursivo y un lenguaje corporal excelentes. Pero de ello a pretender que el personaje contara con estas condiciones desde siempre hay un abismo. Basta observar las fotografías de los años en que se desempeñó como “senador junior”de Illinois cando manifestaba su enorme apetito al devorarse, en el restaurante McArtur´s de Chicago, las tradicionales y aparatosas “piernas de pavo”, adecuadas para la era de los “Picapiedra”de Hanna Barbera, que en lo personal siempre me han repelido. Lo señalo para insistir en que hasta en materia de gustos y refinamientos los parámetros pueden cambiar dramáticamente.

Sirvió, eso sí, como valiosa arcilla en manos de los nuevos escultores de perfiles humanos capaces hasta de construir un liderazgo en seis meses. Y vaya si lo hicieron, ganándole incluso la apuesta segura y la candidatura a Hillary Clinton muy a pesar del bagaje de una carrera legislativa con todo y la cereza de la Casa Blanca incluida su tolerancia excepcional a los devaneos de su marido-presidente.

Sin duda, una de las condiciones que más ayudó a Obama en su trayecto fue, paradojas al fin, el color de la piel. Con ello se construyó el tópico y la leyenda, con la larga secuela que arranca desde Malcom X, pasa por Luther King y aterriza en la gloria de las nuevas estrellas negras, desde temperamentales artistas de cine hasta iconos del deporte. Era el tiempo preciso para que el arribo de un hombre de esta raza se diera en la Casa Blanca y así lo reconoció incluso Bill Clinton, cuando promovía a su mujer, aun expresando su deseo de que ello ocurriera tras el mandato de ella.

La política es, desde luego, el arte de saber estar, en el momento oportuno y en el sitio exacto. Y Obama estuvo allí. Lo hizo, además, con fuerza expresiva singular sin menoscabo de la historia que desembocaba precisamente en su perfil. De no haber sido negro acaso le hubiera sido imposible batir a un héroe de guerra y, antes, a una ex primera dama de gran talento. Y en esto debe basarse el análisis sobre el presunto liderazgo que ostenta, idealizado como mandan los cánones de las modas políticas, si bien ante una de las perspectivas más complejas de la historia moderna. A partir de enero, cuando proteste el cargo, sabremos de verdad cuál es su verdadera dimensión.

Dijéramos, aunque suene superficial y hasta banal, que el atávico racismo de los norteamericanos fue superado por la curiosidad y la construcción de espejismos, ahora negros, alrededor de un personaje que supo estar en el lugar correcto aprovechando su circunstancia.

La Anécdota

Allá por los setenta, en plena euforia populista, el chihuahuense Manuel Bernardo Aguirre, en funciones de secretario de Agricultura y Ganadería durante el periodo de Echeverría, acuñó una sentencia inobjetable:

–No soy de izquierda ni de derecha… ¡sino todo lo contrario!

Ya tiene un émulo –ha tenido muchos pero ahora se evidencia el mantenimiento de la fórmula- dentro del gabinete de Felipe Calderón. Se llama Luis Téllez y no ha renunciado al PRI, su origen. En funciones de investigador determinó, durante una pormenorizada exposición doce horas después del colapso del Learjet oficial sobre la ciudad de México, el pasado 5 de noviembre, que no hubo comunicación entre los pilotos y la Torre de Control del aeropuerto metropolitano que fuera motivo de alarma ni se conoció de incidencia de ningún tipo. Expresó igualmente que el aparato estaba en perfectas condiciones, en cuanto a mantenimiento y horas de vuelo. Es decir que, a la vista, no había evidencia sobre irregularidades que hubieran dado lugar a una falla en vuelo. Y remató con una joya que repitió para subrayarla:

–“Hasta el momento –dijo- no hay ninguna evidencia que nos permita establecer otra causa distinta a la de un accidente”

¡Y se había pasado quince minutos acentuando que no se había detectado el mínimo desperfecto ni se informó de emergencia alguna dentro del aparato! Sólo le faltó el remate:

–No hubo accidente, ni atentado, ¡sino todo lo contrario.