Francia es Francia. La literatura y la cultura francesa han sido parte de mi pasión y más lo que refiere a los siglos XVIII y XIX. Me enamoré de los enciclopedistas, de sus ideas, quería saberlo todo de ellos.
Y no he dejado de sentirme fascinada por Voltaire, Montesquieu, Dantón, Diderot, Rousseau, tan equidistantes unos de otros. París me evoca épocas pasadas, a veces creo ver a la pequeña Cosette o al gruñón de papá Goriot saliendo de una pensión.
En cualesquiera de sus calles recreo parte de lo que he aprendido, todo es especial hasta la dulzura de l’enfant au tambour. Busco y rebusco los planteamientos de Quesnay y Gournay. La influencia que el pensamiento francés infringió en Carlos Marx, durante el tiempo que él vivió en París, fue determinante para pulir su concepción acerca de la economía política.
Si Grecia es nuestro referente de la democracia, Francia es la piedra filosofal que mueve al ser humano entre sus contradicciones morales, sociales, políticas y económicas a buscar normas más justas de convivencia.
Por ello es que los tres atentados terroristas en París, de los últimos días, han sacudido tanto a buena parte del mundo, porque se atenta contra la razón del pensamiento moderno que concita a la liberté, egalité et fraternité.
Parece una retórica, pero para llegar a estos axiomas, también rodaron cabezas hace poco más de dos siglos. Lo que me preocupa entonces, es que no sepan interpretar correctamente lo qué ha pasado en París y nos detengamos únicamente en la defensa de la liberté.
Charlie Hebdo, su forma de hacer periodismo, ha pasado de héroes de la libertad a mártires del papel, los sobrevivientes han visto la oportunidad del lucro dado que habrá millones de personas que se solidarizarán con los que ya no están.
Muy bien cada quien es libre de sacar la mejor tajada del pastel. Pero repito, la sorpresa nos la vamos a llevar si no atendemos a defender todo el concepto global. Los líderes europeos siguen haciendo acto masivo de solidaridad en sus respectivos países.
Lo ha vuelto a hacer la canciller Angela Merkel en la Puerta de Brandeburgo para insistir que Occidente no debe recurrir a la hoguera del odio, ni a la arrogancia de la xenofobia contra los musulmanes que no es expulsándoles ni persiguiéndoles como se terminará el problema.
En parte le doy la razón: el odio genera más odio; el resentimiento es malo, pero me parece que no es momento para ser blandengues. Todos entendemos con dos dedos en la frente que esta moderna Cruzada representa un desafío vertical para el ser humano con su modo de vida, su forma de pensar, de ser, responder, actuar, razonar y creer en dios.
A COLACIÓN
José Manuel García-Margallo, ministro de Exteriores de España, lo ha dicho bien y con exactitud, “está nueva guerra es la del mundo libre contra el totalitarismo de la Yihad”.
La convocatoria espontánea (pero no menos histórica) en París en repulsa al odio, la violencia terrorista, la política del miedo extrema y contra los radicales que usan la ideología y la teología para asesinar en nombre de “su dios”, no puede ser desaprovechada por nuestros líderes tienen que interpretar que estamos ávidos por defender nuestro mundo y exigimos, demandamos, mayor seguridad.
Aquí, nada de “dejar hacer, dejar pasar”, no podemos permitir que se incube el odio en nuestros propios barrios, en nuestra propia comunidad, en nuestra propia ciudad, en nuestro propio país.
Lamento que el presidente Barack Obama no haya encontrado espacio para volcarse con Europa y el mundo libre, haciendo acto de presencia en París; además del simbolismo, este es momento para la unidad.
Para hacer guiños y también planes conjuntos. Desde 2001, esta aldea global es otra, el terrorismo de células está presente, debemos detenerle así como a las ideas radicales y extremas.
Es momento de convocar a un nuevo Plan Marshall en los albores del siglo XXI, porque el enemigo común es el totalitarismo de la Yihad, el oscurantismo religioso, la esclavitud de la mujer y la apropiación de las ideas y las libertades.























