En esta segunda parte buscaremos clarificar su definición y encontrar los aspectos intervinientes de la educación empática.

En la primera parte del artículo (ir) nos hemos acercado a la empatía en un intento de desproveerla de acepciones que no la identifican.

Qué es la empatía

La experiencia empática remite a la experiencia del yo subjetivo, a la percepción del acontecimiento del otro que origina la interacción cognitiva y afectiva de “ser con”. Por tanto es aprehensión del sentir ajeno, interactuar desde el yo subjetivo en armonía, no sólo intelectiva, sino afectiva y emocional con el yo percibido, el yo físico del sujeto percibido. Así, la experiencia manifestada por el aprehendido no defiere de la experiencia sintiente del sujeto que aprehende. No se trata de una sintonía de carácter psicológico sino más bien fenomenológico.

El ser doliente se expresa en la experiencia del sujeto sentiente y ejerce una suerte de acontecimiento reflexivo en el que la vivencia del otro viene al sujeto con un contenido existencial o, lo que es lo mismo, el fenómeno experiencial y vivencial del otro es percibido en su estado más puro, sin inferencias prejuiciosas, sin interpretaciones mediatizadas. El sujeto físico, emocional y cognitivo, evidenciado y experienciado en el yo subjetivo.

La empatía se educa

Las variadas perspectivas sobre la empatía la conciben como una disposición interna del sujeto y otras la entienden como una emoción que no depende tanto de la persona sino de las características de la situación. Intentando integrar la parte de verdad que puede cada una contener, la empatía tiene un carácter multidimensional y así ha de ser educada. Si es disposición interna, el adecuado desarrollo para la expresión de la misma necesita de claves educativas que potencien y trasladen a valor y conducta este constructo. Y si depende de las características de la situación (ambientalismo) la empatía debe estar contenida en el yo que percibe, de otra forma la expresión a partir de la situación no será posible que se inicie. En este sentido son interesantes los estudios de Eisenberg sobre conducta prosocial y empatía que apuntan al carácter mediado educativo de la misma. Son medias hechas en la cultura anglosajona, pero también se han realizado en grupos sociales españoles. A considerar las medidas y estudios realizados por Inmaculada Sánchez-Queija, Alfredo Oliva y Águeda Parra de la Universidad Nacional de Educación a Distancia donde, entre los resultados obtenidos, podemos destacar la relación existente entre conducta prosocial y empatía disposicional, y entre estas dos variables y las relaciones con la familia y con el grupo de iguales, destacando el carácter educativo y su aprendizaje.

Como rezaba una campaña de la FAD (fundación de ayuda contra la drogadicción); la educación lo es todo. En la educación se dan las herramientas necesarias para la vida. Una buena educación parental, familiar, social, institucional, aseguran la disponibilidad activa del sujeto para acometer con seguridad las vicisitudes de su propio futuro. Forja y modela la personalidad para enfrentar y encarar con garantía los retos de una sociedad en permanente cambio. Y construye el armazón de su conducta empática. Para ello estimamos que se han de conjugar seis criterios en la educación para la empatía:

1.- Comunicación. En el proceso educativo la comunicación ha de construirse y darse en un entorno de feedback donde actitudes tales como apertura al diálogo, el respeto, la solidaridad, la tolerancia, la responsabilidad y la búsqueda del bien común, se perfilan como capacidades características de un ciudadano en el marco de la comunicación que marcan un auténtico estilo de vida. La comunicación educativa constituye un aspecto central a tener en cuenta para el éxito de todo proceso de desarrollo de habilidades, capacidades y valores y, en general, para el desarrollo integral armónico de la personalidad .La comunicación asertiva es la capacitante en el entorno de la educación del niño, puesto que estructura las características referenciales para moverse en un marco social.

2.- Socialización. La labor socializadora de la educación es fundamental para conseguir el desarrollo de la habilidad y cualidad empática. Un individuo aislado es un sujeto carente de cualidades empáticas. Pero el aislamiento no sólo hay que entenderlo desde su carácter físico. Se trata de evitar en el proceso instructivo de la personalidad que el sujeto-niño perciba y conforme su visión de la sociedad y el entorno como un todo ejecutivo al servicio de sus propios intereses sin referencias a la corresponsabilidad social. En caso contrario estaremos educando al niño en unos caracteres egocéntricos y de desprecio hacia sus iguales.

3.- Presencia parental. Parece cierto que cada vez más los padres/educadores están ausentes, a veces física y a veces afectiva-emocionalmente, de la vida del niño. La educación exige de un referente claro con una función limitadora y sistematizada de los contenidos y criterios comportamentales. Si esta figura relega su función y no queda en manos de nadie sino del libre proceso evolutivo del niño, estaremos asegurando un sujeto social emancipado de habilidades relacionales y empáticas.

4.- Conexión emocional. Desde hace un tiempo se ha puesto de moda tanto en el mundo de la empresa como en el de las relaciones interpersonales un concepto de la psicología que se conoce como PNL (programación neuro-lingüística). Trata de estudiar los factores personales que son aptos y útiles para conectar con el otro. Para ello se han creado cursos, Máster…y demás. En el transcurso de la educación para la empatía no es tan exigente la cualidad de conectividad emocional. Tratamos de acompañar al niño en sus preguntas, inquietudes, miedos, necesidades, anhelos, deseos, problemas. Es decir, comprender, conocer las demandas del niño y estar dispuesto a solventarlas, dilucidarlas y compartirlas. No entraña más dificultad que la de estar atento, cercano y dispuesto a asistir en el proceso de crecimiento físico, moral e intelectual.

5.- Autoestima. Está íntimamente relacionada con el autoconcepto aunque no se identifican, pero sí establecen equivalencias. Una persona con bajo autoconcepto puede mostrarse incapaz socialmente y tener dificultades para las relaciones laborales y personales, pero un individuo con baja autoestima utiliza con más frecuencia la violencia expresiva e instrumental, lo cual parece, desde la perspectiva convivencial, más grave. Cualquier disposición ejecutiva en la educación del niño debe contemplar inexorablemente la educación para la autoestima. Estaremos así cimentando la base para otras habilidades sociales y, por supuesto, para la empatía.

6.- Educar los sentimientos. Ediht Stein afirma que “las sensaciones emotivas o sentimientos sensibles son inseparables de las sensaciones que las fundan (…) los sentimientos sensibles no están sólo en mi cuerpo físico, sino a la vez también en mí, emanan de mi yo.” En un apartado anterior intentamos diferenciar la empatía de otras emociones, habilidades y/o sentimientos como la solidaridad, la compasión o el altruismo. La conducta empática tiene como manifestación estas habilidades sociales, entre otras. Así que el camino para internalizar en el yo subjetivo el constructo pasa por educar los comportamientos que muestren la riqueza de los valores personales. “Para comprender un movimiento, dice Ediht Stein, tengo que trabarlo primero con otros movimientos similares que me resulten conocidos (…)” Para conducirnos empáticamente tenemos que trabar la empatía con otros sentimientos que sean similares a fin de que resulte de ello una conducta que arraigue como esencia natural del sujeto. Un edificio, una vivienda, se construye ordenando armónicamente los materiales y engranando sus diferentes partes. Pero como edificio acabado, como hogar, es absolutamente diferente a sus materiales, a sus partes. De igual modo se educa y construye la empatía.