Barack Obama se convirtió ayer en el primer presidente estadounidense que pisa Birmania, un país secuestrado durante décadas por una terrible dictadura militar que hace dos años inició un aún incierto proceso de apertura. El mandatario americano protagonizó un «tour de las libertades» por Rangún despertando el entusiasmo de miles de personas en la calle y buscando en todo momento un punto de equilibrio a la hora de expresarse. Sin dejar de ensalzar el proceso de transición, evitó apoyar abiertamente a la cúpula militar que todavía mantiene el país bajo control. Obama se reunió con el presidente, Thein Sein, y también con la líder de la oposición, Aung San Suu Kyi. «Éste es un proceso extraordinario que acaba de empezar y todavía tiene mucho recorrido», expresó Obama. Suu Kyi le recordó que la «parte más difícil de toda transición empieza cuando pensamos que la meta está cerca». Obama ha convertido la transición de Birmania en una obsesión personal, quizá porque es el único régimen tradicionalmente enfrentado con EE UU que ha «entrado al redil» durante su mandato.
¡Se trata de una victoria simbólica, pero también estratégica, ya que la antigua Birmania ocupa un lugar clave en una de las áreas donde se juega el equilibrio de poderes del futuro. Bisagra entre China e India, repleta de recursos naturales por explorar y con la mano de obra más barata del sureste Asiático, Birmania es un diamante en bruto que había caído a regañadientes bajo la órbita de Pekín por los embargos occidentales.
Muchos analistas creen que fue esa dependencia extrema de China lo que animó a los generales a abrirse hacia Occidente para conseguir que EE UU y la UE ejerciesen de contrapeso. Washington, así como varias cancillerías europeas, han aceptado con entusiasmo la invitación, a pesar de que la transición democrática está aún envuelta en dudas. En su discurso más largo de ayer, una emocionante defensa de la democracia y los derechos individuales pronunciada en la Universidad de Rangún, Obama aseguró que las aperturas democráticas son un «proceso irreversible» y que una vez que la gente ha probado el «sabor de la libertad» ya no se lo podrán arrebatar. El tiempo dirá si los generales birmanos piensan igual.

























