Enrique Bautista Villegas

La determinación de Andrés Manuel López Obrador y de quienes asistieron como delegados al primer Congreso Nacional del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) de conformar un nuevo partido político es, sin duda, la crónica de un nacimiento anunciado.

Debe reconocerse en este hecho el espíritu inquebrantable del ex candidato presidencial del Movimiento Progresista, quien a poco más de cien días de haber contendido por la Presidencia de la República y haber sufrido una derrota que a millones dejó insatisfechos por las condiciones de inequidad en que se dio, haya logrado organizar las asambleas estatales en las 32 entidades del país y concretar el desarrollo de este Congreso Nacional constitutivo de Morena como partido político. A nadie cabe duda de que la contienda electoral presidencial de julio pasado quedará marcada para la historia como una muestra más de la dimensión de la oposición que enfrentan los partidos progresistas y de compromiso con las causas de las mayorías del país por parte de los grupos de poder económico dominantes y los principales medios de comunicación, electrónicos y escritos, que han impuesto su ley a los mexicanos sistemáticamente.


Desde alguna perspectiva, la decisión de López Obrador y los fundadores de Morena no deja de constituir un golpe al sueño de millones de ciudadanos de contar con un partido político con compromiso social y vocación de poder y no de una mera manifestación de oposición contestataria, como viene sucediendo con la fragmentación del PRD y de las organizaciones de izquierda que en algún momento le brindaron su confianza y su apoyo.

El nacimiento de Morena como partido político, el debilitamiento sistemático del PRD y la sobrevivencia del Partido del Trabajo y de Movimiento Ciudadano como ínsulas independientes, lejos de hacer pensar en un gran frente progresista que represente con dignidad los intereses legítimos de una sociedad lastimada por el abandono y afectada por la creciente marginación y pauperización, desestimulan al ciudadano común y causan malestar entre la mayor parte de los intelectuales, los artistas, formadores de opinión, pequeños empresarios y líderes sociales con compromiso con las causas más sentidas de la población.

El PRD ha tirado por la borda la oportunidad de constituirse como el eje aglutinador de un movimiento nacional progresista en el que quepan las más diversas posiciones nacionales comprometidas socialmente. En su lugar se ha visto afectado por la prevalencia y consolidación de grupos de interés a su interior, que en vez de representar los intereses de la población que les otorgó su apoyo en sus primeras dos décadas de vida han concentrado su esfuerzo en consolidarse como los protagonistas de intereses particulares y el usufructo de candidaturas y posiciones burocráticas partidistas para ellos y sus incondicionales. Ha dejado de lado la propuesta programática de un mejor futuro para el país; ha marginado a muchos ciudadanos y organizaciones aliadas que hubieran podido aportar a la realización de los ideales sociales inscritos en los principios del partido.

Víctimas de esa actitud pragmática  y de oportunidad coyuntural han sido muchos de los que se han separado para ir a fundar el Morena, incluido desde luego Andrés Manuel López Obrador a la cabeza. Como lo han sido otros que han decidido, más por necesidad y esperanza que por vocación o compromiso ideológico, regresar a los partidos tradicionales o mantenerse a la expectativa.

La constitución de Morena como partido significa una esperanza de cambio y un sueño de una izquierda de mayor compromiso para los que se han embarcado en esa aventura, como lo muestran claramente los acuerdos que por unanimidad tomaron los días 19 y 20 los delegados en su primer Congreso Nacional.

Otros no son tan optimistas, ya que ven en la conformación del Morena un ingrediente más hacia la pulverización en el corto plazo de un frente nacional progresista con vocación y posibilidades de poder. En lo que toca a los otros partidos llamados de izquierda y particularmente el PRD, el surgimiento de Morena como partido político constituirá un sisma, y quien no lo vea así, que le dé tiempo al tiempo.

En ese contexto, habría que esperar que el XIV Congreso Nacional del PRD valore de manera objetiva el daño que la actitud protagónica y pragmática de su corrientes dominantes han hecho al partido, así como la conducta excluyente que ha prevalecido respecto a quienes son ajenos a las mismas. El Congreso Nacional del PRD puede significar la última oportunidad para que esa organización política sobreviva como una alternativa real para los ciudadanos con expectativas de un México más justo y más solidario, así como de la posibilidad de que se mantenga como el eje aglutinador de la esperanza de cambio para el país.