Para muchos integrantes de la “nueva“ clase política, hablar de la Revolución Mexicana –cuya novela es acaso más interesante y productiva que cuanto han hecho con ella los caudillajes persistentes-, es casi como caer en el vacío de lo inocuo, lo superficial y lo caduco. Ya no caben sus términos ni los principios ante los nuevos anglicismos neoliberales con los que se explican los equilibrios generales a costa de reducir, siempre, los derechos y conquistas sociales en una dolorosa marcha hacia atrás cuya peligrosidad está latente y puede revertir cuando menos lo esperemos. Los estallidos no avisan salvo después de la inmolación.
Nadie hubiera podido imaginar que un siglo después de “la bola“ –despectivamente llamada así para reducir sus alcances reales sobre la vida institucional del país-, la violencia sería, una vez más, epicentro político y drama colectivo; y peor aún: pretexto para jugar a las acusaciones mutuas desde diferentes dirigencias partidistas: unas señalan hacia el pasado, y otros apuntan que el pretérito ya le pertenece a los primeros; algunos más niegan las dos vertientes y señalan a sendos bandos como culpables sin poder redimirse del hecho incontrovertible sobre su incapacidad para modificar las reglas electorales básicas y mantener el pulso con instituciones infectadas por la grandilocuencia del poder presidencial. A estas alturas, asumir la extinción del autoritarismo –como anunció el pobre señor Fox seis meses después de su asunción-, es tanto como recaer en la mayor de las ingenuidades imaginables.
Demos un ejemplo concreto para entender la confusión colectiva que nos asfixia. Enrique Peña Nieto, a poco más de una semana de su entronización sin situarse en un corral de comedias como sucedió con calderón –minúsculas- hace seis años, no ha definido su propio perfil. Por ejemplo, ¿cree en los principios torales de la Revolución Mexicana y en las vindicaciones de la clase obrera derivadas de los mismos?¿Está cierto de encabezar un viraje, desde la derecha incapaz de gobernar, hacia otro rumbo que no sea señalado por los grandes capitales, las multinacionales ensoberbecidas y la Casa Blanca como gran rectora detrás de bambalinas? La pregunta llega en el momento exacto, cuando prepara maletas para viajar a Washington, privilegiando su visita a Barack Obama por encima de cualquier otro punto de su acuerdo, un tanto de manera servil ante el poderoso recientemente reelecto –antes, el propio Peña dudó y esto no pasó desapercibido para los consejeros del mandatario estadounidense-, dispuesto a escuchar las nuevas condiciones, sobre todo en el renglón financiero pero también en el político y en lo social, de quienes dominan el continente a pesar de las disonancias medidas de algunos descocados.
Fíjense, amables lectores: el venezolano Hugo Chávez, tan altanero cuando sigue el discurso castrista contra “el imperialismo yanqui”, acabó promoviendo la reelección de Obama, aunque no votara él si pudo influir sobre un segmento de la población latina que síu pudo hacerlo, mientras amenaza y golpea, cuanto puede, los intereses de España en los renglones energéticos y de comunicaciones; y algo por el estilo sucede con la “viuda negra” de Argentina, Cristina Fernández, quien se desmarca, en apariencia, de Washington al tiempo de expropiar la filial de la empresa española Repsol y declarar el impago de varios barcos ordenados por su gobierno y entregados en el tiempo convenido. Una cosa son las palabras y otros los hechos, en medio de una tremenda confusión reinante.
En el mismo hilo conductor podríamos repetir una interrogante que sacude, desde hace años: si Estados Unidos es la mayor potencia militar de todos los tiempos y ha sido capa de derrocar mandatarios al otro lado del mundo, ¿cómo es qe no ha podido dominar el escenario cubano luego de la victoria de los barbudos de Sierra Maestra en 1959? Lejos de eso, los hermanos Castro se han mofado del Tío Sam en sus barbas, llenando Florida de elementos infiltrados por su gobierno e incluso siendo sospechosos, con muchos elementos probatorios, de los magnicidios de los hermanos Kennedy en 1963 –hoy es la efeméride-, y 1968, respectivamente. Nadie responde porque sería tanto como reconocer que las fuerzas de seguridad norteamericana también se contaminaron, desde hace tiempo, por las ambiciones y la sed de poder. Les falta un contrapeso que no han logrado construir.
Lo mismo sucede con los distintos mandatarios mexicanos, sumidos en las tremendas asimetrías con el poderoso vecino del norte. Lo sabía, por ejemplo, el economista Carlos Salinas cuando signó el Tratado de Libre Comercio –cuando él aceptaba, y así lo dijo en principio, crear una especie de Mercomún incluyendo la moneda única-, a pesar de percatarse de la imposibilidad de competir, en igualdad de circunstancias, con los gigantes del norte; y medía las consecuencias: una mayor ingerencia en nuestros asuntos, esto es a costa de soberanía, para beneplácito de los grandes capitales, de allá y de aquí. Lo que no pudo prever es que surgieran grupos mexicanos capaces de alentar las inversiones nacionales contra los intentos expansionistas de las grandes compañías de la Unión Americana. Menos mal… aunque, desde luego, los ataques y quebrantos han sido muchos.
De lo anterior se desprende, entre otras muchas cosas, la pugna tremenda entre Carlos Slim Helú y los consorcios televisivos, a pesar de contar con acciones en ellos, con un gobierno tibio pero deseoso de someter al magnate señalado como el mayor de los multimillonarios del planeta amén de ser el mexicano más influyente para avivar la soberbia de los mandatarios mexicanos reducidos al perentorio sexenio. Alguna vez, el propio Slim me preguntó a quemarropa:
–A ver…¿dígame usted cuánto dura un presidente en su encargo?
Creí que me estaba tomando el pelo y acaso descubrió un gesto de impaciencia en mi rostro:
–Bien sabe usted que seis años, Don Carlos.
–Pues eso. Mi proyecto es de más largo alcance. ¿Para qué hacerme socio de alguno de los presidentes que llegan por seis años y se desvanecen en un segundo cumplido su período?
Comprendí, entonces y ya pasaron varios años, que el capital le había ganado la partida, de manera definitiva, al poder político. Y es el que marca y define los tiempos, las circunstancias y las candidaturas como si se tratara de jugar, pero de verdad, al “Risk” en donde se conquistan países como papelitos de colores. Recuerdo que el propio Slim se enfadó cuando le recriminé su discurso nacionalista con un señalamiento políticamente incorrecto:
–Bueno –le dije- usted también tiene intereses fuera de México… y lo que clama para los empresarios mexicanos le puede ser contraproducente fuera.
Y no le salió bien la mueca como sonrisa.
De allí el gran interés que tenemos por saber hacia dónde andará el inminente gobierno, tras el retorno del PRI a Los Pinos, con los Fox, además, en las ancas de la cabalgadura. Es curioso: fue Vicente quien habló de haber extirpado el tumor, alegando el fin de la autocracia priísta, y él mismo se alegró cuando cayó su partido en julio pasado porque con ello su aureola de vencedor, desde la oposición, no tendría sombra histórica. ¿Soberbia? Más bien un egocentrismo patológico que ya le fue diagnosticado y ha crecido como el alzheimer que anida en millones de mexicanos tuertos y aburridos porque prefieren no enterarse de nada sin salir del blindaje hogareño… hasta que se derrumba todo.
Debate
Hace dos años, cuando escribía “2012: La Sucesión”, conversé largamente con Manlio Fabio Beltrones, un personaje singular y a quien considero –lo que no sé si es positivo- el hombre quien mejor conoce al sistema político mexicano; por eso muchos creyeron, hasta la última hora posible, en la posibilidad de su candidatura presidencial cuando era una distante, utópica pretensión. Y así se quedó, si bien agazapado en la Cámara baja.
Pues bien, ya en el café final, Beltrones hizo una reflexión sobre los por qué de la inestabilidad nacional:
–En los setenta –resumo sus palabras-, teníamos dos polos y un eje. Hacia la izquierda ubicábamos al general Lázaro Cárdenas del Río; y si mirábamos a la derecha encontrábamos al licenciado (Miguel) Alemán (Valdés). Cuando el fiel de la balanza se inclinaba demasiado hacia un lado, rápidamente podíamos equilibrarnos. Lo malo fue que sendos personajes se murieron y no hubo quien tuviera las dimensiones necesarias para sustituirlos. Echeverría pretendió ocupar el lugar de Cárdenas y no pudo; luego López Portillo buscó ser extensión de Alemán y acabó estrellando el tren.
Tal es un buen resumen, sin duda, del drama nacional. ¿Hacia dónde navegará Peña Nieto?¿O pretende quedarse como una planta, sembrado en el mismo lugar en donde termina, bajo el repudio casi total, el señor calderón –minúscula-? No puede saberse en este momento pero, para iniciar el conteo regresivo –faltan nueve días para el ceremonial contando las veinticuatro horas de hoy-, podríamos deducir que, por el momento, parece haberse quedado tieso, con pocas ganas reformistas y deseos evidentes de vadear los peligros que derivan de su encargo irrenunciable.
Todavía hay tiempo para rectificar y dirigir la maquinaria hacia un mejor destino. Está en el umbral.
La Anécdota
En otra ocasión, pregunté a Girolamo Prigione en uno de nuestros frecuentes encuentres durante su larga estadía en México:
–Bueno, finalmente, los curas mexicanos –refiriéndome, en concreto, al extinto Obispo de Chiapas Samuel Ruiz-, siempre han sido revolucionarios. Hidalgo, Morelos y una larga lista.
Frunció el ceño, casi a punto del enfado, y replicó:
–Eran otros tiempos: ahora las guerras no se requieren ganar con las armas.
Meses después, por cierto, los hermanos Arellano Félix tocarían a su puerta. Pero esa es, claro, otra historia de poder.























