A lo largo de los últimos 12 años, México ha ocupado un lugar espinoso y cada vez más difícil en el escenario internacional. Aunque esporádicamente se buscó revitalizar el activismo de otros tiempos (con angustiosas precauciones para que no existiese un componente antiestadunidense ni en sueños), lo cierto es que esa variable disposición, muy efímera por lo demás, no pasó de los fuegos de artificio, en el mejor de los casos.
Cuando se ven las cosas desde la sana distancia de un viaje inmerso en la información y los análisis contrastados y contrastantes que surgen de otros enfoques, otros puntos de vista, queda todavía más claro que si bien México puede y debe ampliar su abanico de relaciones con el resto del mundo, su realidad geopolítica y geoestratégica actual, forma parte de la lógica de seguridad estadunidense, por decisión de Vicente Fox y Felipe Calderón.
Nada va a cambiar por lo que respecta a la cercanía geográfica ni la importancia que cada una de las dos naciones tiene para la otra. Por ello, encontrar el camino y los medios para recrear una estrategia de distanciamiento ponderado, es no sólo posible, sino deseable y necesario. En Europa en general y en Francia en particular, perciben a México en un exagerado esquema de dependencia en todos los sentidos, que desafortunadamente tiene mucho de verdad.
Estados Unidos está llegando al límite de sus recursos y capacidades. Por ello, es factible y viable lanzar iniciativas multilaterales, ignorar a los estadunidenses en algunos temas torales dentro de la ONU y otros mecanismos globales y reactivar una estrategia de sana distancia, sin confrontación retórica.
No hay necesidad de estar de acuerdo con un determinado gobierno estadunidense para impulsar los intereses mexicanos, ni la relación se debe basar en el desacuerdo permanente. El equilibrio, producto de la sensibilidad política, de la visión de Estado y de la experiencia diplomática, deben regresar a Los Pinos y a Tlatelolco, que actualmente son verdaderas áreas de desastre en este importante rubro, además de otros.
A fin de cuentas, México parece no encontrar su lugar en el mundo cambiante de hoy. Claramente anclado en la esfera de influencia estadunidense durante la Guerra Fría, no tenía muchas opciones en materia militar, pero convirtió la cercanía en un instrumento para diversificar sus relaciones diplomáticas y confrontar a Estados Unidos, así fuera de manera simbólica, en toda clase de foros multilaterales.
En las décadas de 1980 y 1990, el país dio un giro parcial en su relación con Washington, al privilegiar el comercio y la inversión sobre la confrontación; pero, como ilustraron las vicisitudes anuales en torno a Cuba, nunca llegó a afianzar una nueva estrategia de política exterior ponderada.
El equilibrio militar apuntalado sobre el terror de las armas nucleares, dio vida a un mundo bipolar que, aunque imperfecto, aportaba certidumbre a todas las naciones. A partir del inicio de la Guerra Fría, los espacios de interacción estaban definidos por las áreas de influencia y confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
México gozó de una situación excepcional durante ese periodo. Aunque su ubicación geográfica difícilmente permitía experimentar otras alianzas, la creatividad de muchos gobiernos mexicanos fue aleccionadora. A final de cuentas, la cercanía geográfica también entrañó oportunidades que fueron explotadas a lo largo del tiempo.
Con frecuencia radical en el lenguaje y las actitudes, la política exterior mexicana fue (casi) siempre una mezcla pragmática de confrontación retórica y de realismo en la relación con Estados Unidos. Esta combinación ofreció una altísima rentabilidad política interna (porque satisfacía a sectores críticos de la sociedad, sobre todo en el flanco izquierdo), a la vez que evitaba enfrentamientos estériles. Por supuesto, a los estadunidenses no les satisfacía la posición mexicana, pero aprendieron a convivir con ella.
Esto es parte de lo que debe recuperar Enrique Peña Nieto y hacia esa meta parece dirigirse.
























