Es obvio, a tres días de la asunción presidencial de Enrique Peña Nieto, que ésta será la última ocasión en la que me ocupe de felipe calderón –minúsculas-, en cuanto a su condición de mandatario. Recuérdese: durante el sexenio completo este columnista se negó a llamar presidente a quien, sudoroso, aceptó romper con los añejos principios democráticos defendidos por su padre Don Luis –a quien sacó a empellones de su casa cuando agredía a la madre del político en un instante doloroso que jamás perdonó-, para subirse al carro de la Primera Magistratura sin merecerlo, sea por los desaseos comiciales evidentes como por su escaso carisma y la nula capacidad de liderazgo. Pese a ello, entró por la puerta de la soberbia y saldrá repelido por la propia historia que nunca perdona a los fracasados.
La propaganda mediática, al estilo de las de sus antecesores, desde Miguel de la Madrid a la fecha, sirvió para ilustrar a los panistas cuyo deber primordial es defender la figura de quien los encabezó imponiendo a los dirigentes partidistas a la vieja usanza priísta –dos de sus más cercanos allegados fueron llevados de su mano a la presidencia de Acción Nacional, Germán Martínez Cázares y César Nava Vázquez, éste último incluso fungió como secretario privado del mandatario y fue encargado de los negocios del clan familiar-; pero cuanto se publicitó el personaje central no fue suficiente para paliar la demanda del colectivo por conocer a los verdaderos responsables de la catástrofe nacional. Porque calderón –minúsculas- deja a México entre la franja de las naciones más violentas del planet6a y, al mismo tiempo, convertido en un rico filón para los grandes especuladores especialistas en comprar a precios de ganga lo que después costará muchísimo más; para ello, claro, requieren de la “guerra” y la inseguridad como elementos formales para abaratar los territorios en lisa con el consentimiento, más que tolerancia, del gobierno en ejercicio.
Durante doce años, la derecha nos colocó en esta encrucijada. Por una parte, unos cuantos integraron la lista de los grandes multimillonarios del planeta –por ejemplo, Carlos Slim multiplicó sus haberes entre 2004 y 2009, tomando por el cogollo a sendos ejecutivos panistas-, mientras se instrumentaba el proyecto para abatir la pobreza: simplemente, por decreto subliminal, se dejaron de considerar depauperados a quienes ganan dos dólares al día por su trabajo, menos del salario mínimo en algunas regiones y el diez por ciento de cuanto devengan en una jornada los “indocumentados” lanzados al sur de los Estados Unidos sin más propiedad que sus propias manos para ponerse a las órdenes de patrones anglosajones y xenófobos para quienes la labor de éstos es apenas cotizable a mucho menor valor que cuanto pagan a sus coterráneos.
En el único mitin panista al que concurrí, muy discretamente, durante la campaña sinuosa de 2006, en San Miguel de Allende, escuché con atención el repetitivo discurso de Calderón mientras su empleada, Alejandra de la Sota, casi de hinojos y junto al micrófono, le pasaba las cuartillas que ni siquiera leía. Allí, bajo papelitos de colores y sonoras bandas de guerra –al viejo estilo siempre-, prometió que Guanajuato ya no sería proveedor de “mano de obra” para el extranjero luego de preguntar cuántos de los que estaban allí –mujeres y viejecillos en su mayor parte, acarreados desde las comunidades rurales en donde obtuvo buen porcentaje de sus votos gracias a los servicios de sus laboratorios alquimistas-, tenían a un hijo, un hermano o algún pariente en la “pizca” en el sur de Estados Unidos. Miles levantaron los índices, en un claro reclamo contra la miseria, y él mismo respondió: “trabajaré, incansablemente, ahora que veo muy cerca de Los Pinos, para que nunca más se vayan nuestros hijos, nuestros hermanos”. Pero, en nada, absolutamente nada, cambió la situación… y eso que en esa tierra, la guanajuatense –cuna de liberales y conservadores casi por igual-, leva el PAN gobernando desde el ya lejano 1991, hace veintiún años nada menos.
En lo personal sentí repulsa por aquel acto y me juré –en vano porque mi condición de periodista no lo permite-, no volver a asomarse a otro similar. Pese a ello, muy ufano –ya estábamos a finales de abril de 2006 y las encuestas hacían lo suyo revirtiendo sospechosamente las tendencias hasta alcanzar el “empate técnico” con el que se engañó a millones de electores poco informados y dolosamente ingenuos-, calderón –minúsculas-, no cedió n su andar ofreciendo trabajo –no lo consiguió al autonombrarse “el presidente del empleo”-, y otros servicios sociales jamás cumplidos al privilegiar sus agendas militares. ¿Los perdonamos, entonces, para aplicar aquello de no hacer leña del árbol caído, refrán popular con el que se cubren la cara los sinvergüenzas sin el menor recato?
¿Perdonamos a Genaro García Luna, seretario de Seguridad Pública por sus abusos de poder constantes, las labores de espionaje y el hecho de jefaturar, ilegalmente, a los mandos militares y al almirantazgo mismo por órdenes de un presidente adicto a los humos etílicos?¿Lo perdonamos después de conocer los montajes televisados con los que ocultó la fuga de los grandes capos a quienes presentó muertos siguiendo el “síndrome” Carrillo Fuentes descubierto desde 1997, la era de Zedillo?
¿Vamos a perdonar al general Guillermo Galván Galván, al hacerse cómplice por sus rutinarias visitas a Los Pinos durante sus célebres tardeadas, mientras ardía el país y caían los uniformados con menor poder de fuego a los mafiosos pertrechados gracias al contrabando de armas dirigido, desde México, por Jaime Camil Garza, socio principal de Ernesto Zedillo, el consejero del mandatario saliente en vías de apoderarse del nuevo gobierno?¿No importan las dolorosas cifras de cadáveres, más de ochenta mil de acuerdo a los datos más discretos de las organizaciones no gubernamentales del exterior? Podríamos remarcar que el terrorista grupo ETA –ya lo hemos dicho pero es necesario repetirlo- ejecutó, durante casi medio siglo, a ochocientas noventa personas, no a ochenta mil como en México en un sexenio, y es señalada por el horror causada por todos los puntos de la geografía universal?
¿Perdonamos a Mariano Francisco Saynez Mendoza, el almirante que funge aún como secretario de la Marina, por secundar las estrategias de García Luna, desplazando al ejército de sus funciones primigenias, y asumir funciones y facultades, sobre territorios que no son de su incumbencia, suplantando el espíritu de la ley por obedecer a la casa presidencial, más bien residencial, de Los Pinos?¿Es primero el derecho o el presidencialismo? Bien haría el almirante en dilucidarlo siquiera hoy aunque ya no tiene manera de salvarse del juicio de la historia.
¿Vamos a perdonar a los asesores de calderón –minúsculas-, como el catalán mexicanizado Antonio Solá Recquer, sobre quien no existe querella alguna a pesar de su increíble intromisión en la vida política nacional –por ejemplo en el caso Coahuila y en el entramado posterior para acercar a Peña Nieto con su jefe en Los Pinos a cambio de facturas que están en vías de pago-, luego de su ruinosa actuación que agotó la esperanza de alcanzar una democracia –como diría Enrique Krauze- sin adjetivos?
Debate
¿Perdonamos a los familiares del personaje central, desde su esposa Margarita hasta sus cuñados incómodos, Hildelbrando y Juan Ignacio, verdaderos administradores y proveedores de los calderón –minúsculas-, hasta el nivel de la riqueza que no se confiesa? Son ellos, sin duda, la cola del mandatario saliente como ha ocurrido al final de cada administración federal. Lo mismo, siempre lo mismo. ¿O se atreverán a negar que fueron puentes entre los capitales españoles y las empresas mexicanas, sobre todo los bancos hasta la fusión de éstos, y prendieron fuego a determinadas compañías, entre ellas Mexicana de Aviación, para abaratarlas hasta su casi extinción para luego, debajo del agua, adquirirlas mañosamente?
En fin, ¿perdonamos a personajes como Luis Téllez Kuenzler, Juan Molinar Horcasitas, Mony de Swann –éste último desde COFITEL-, quienes privilegiaron a los grandes consorcios televisivos y vendieron influencias y proyectos al mejor postor?¿Y en el caso de los dos primeros, perdonamos la negligencia criminal de Téllez respecto al “accidente” que le costó la vida al “delfín” Juan Camilo Mouriño, y la de Molinar en el ominoso caso de los niños quemados en la guardería ABC de Hermosillo? Me estremezco al recordarlo.
¿Perdonamos al propio calderón –minúsculas- por los daños infringidos, sólo por él, a la soberanía nacional, traicionando al país al abaratarlo manteniendo la violencia insensata e improductiva –sin que disminuyeran las “exportaciones” de drogas a los Estados Unidos, de acuerdo a un estudio del Departamento d Seguridad Interna de la poderosa nación del norte-, y regando cadáveres como camuflaje brutal mientras se blindaba en el búnker de Los Pinos y festejaba, día a día, el poder que jamás debió estar en sus manos?
¿Les perdonamos por haber engañado al pueblo de México, a todos nosotros, con la mentira del cambio y la democraci8a que pretendieron cortar ad hoc a sus intereses sectarios, incluyendo esta segunda alternancia?¿No ha sido el PAN quien ha mandado en el Legislativo a partir de septiembre último?¿Y los coordinadores del PRI acaso no tienen que pasar sus propias facturas al presidente electo?
Mil preguntas sin respuestas, salvo una: sencillamente, el PAN, en el poder, nos tomó a todos el pelo y nos hizo bastante más vulnerables. ¿Lo perdonamos también?
La Anécdota
Cuando Carlos Salinas ocupó la Presidencia –1988- no dejé de comentar –léase “Presidente Interino”, Océano-, que su infancia atroz, marcada por el asesinato de una sirvienta “Manuela N.”, de acuerdo al expediente, podría reflejarse al final; y así fue, terminó su gestión en medio de la barbarie y con tres magnicidios a cuestas, el de Colosio el de Ruiz Massieu… y el del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo.
Calderón –minúscula- inició su andar sexenal sin legitimidad alguna y lo termina peor: con la decisión de algunos legisladores de no dejarle entrar por la puerta principal del recinto parlamentario. Por atrás, como los servidores en los tiempos clasistas a quienes no se detienen en señalar cuantos claman por la igualdad y luego ejemplifican socavando a los humildes.
Y ahora sí: volveremos a hablar de calderón –minúscula- cuando haya entregado la banda tricolor. No sé por qué me llega cierto tufo de celda húmeda.
























