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Le llaman “ceremonia exprés” para significar con ello la rapidez con la que deberá realizarse la asunción presidencial de Enrique Peña Nieto, esto es sin discurso alguno por parte suya si bien, en el preámbulo, cada partido con representación en el Congreso tendrá “oportunidad” de emitir su posicionamiento: esto es, nueve veces con mensajes negativos y una pobre defensa por parte del priísmo agazapado aunque esté entronizando a uno de los suyos. No sé, de verdad, si podemos considerar a tal espectáculo un avance democrático en el que el debate se hace bajo rígidos formatos que impiden el diálogo directo y los parlamentarios están más preocupados por hacerle la vida imposible al titular del Ejecutivo que en dotar de elementos de gobernabilidad al Estado mexicano. Sencillamente, incomprensible.


Lo señalamos en 2006 y lo repetimos ahora: si quienes sostienen la ilegitimidad del mandatario entrante tienen algún punto de congruencia jamás aceptarían el papel de legisladores dentro del mismo gobierno; porque, vuelvo a subrayar, el Legislativo forma parte de éste, junto al Ejecutivo y el Judicial, e incluso tiene la facultad superior de juzgar y revocar el mandato presidencial por causas graves l que le sitúa, como representación del colectivo, en un plano evidentemente superior.

No es el presidente el superior jerárquico, como se ha desvirtuado por interpretaciones falaces como la de requerir a un mandatario “fuerte” para asegurar con ello la preeminencia del símbolo incluso sobre la ley. Por cierto quien se pronunció así, en 1987, fue Manuel Bartlett, en su faceta de esbirro de Miguel de la Madrid, el extinto ex presidente que abrió las puertas a las multinacionales y, entre ellas, al narcotráfico, y ahora convertido en elemento central de una izquierda en fase de desmembración. ¿No percibirá Andrés Manuel López Obrador la trampa a dónde dirigen a los antiguos liberales mexicanos? Si no lo hace es porque, sencillamente, tiene en más alta estima a su propia persona que a quienes militan en su causa y esto pone en conflicto, sin duda, no sólo su liderazgo moral sino también su sitio en la historia… en la que ya está, quiérase o no.

En fin, siempre hemos abogado en pro de que los legisladores vean la sede legislativa como la casa en la que se privilegia a la democracia sin candados vanos a cargo de las interpretaciones venales. Una casa en donde se invita al titular del Ejecutivo, por precepto de ley, a rendir protesta –y sus informes anuales- ante el pleno del Congreso de la Unión, esto es con sendas cámaras presentes. No es razonable, por tanto, asumir que se debe tratar mal, lo peor posible, a quien cumple con su deber asistiendo al Palacio de San Lázaro, invitado además por los dueños perentorios de la misma –los legisladores-, imponiéndole condiciones tales como el silencio cuando, en cambio, se permite y se exige lanzar cuestionamientos, algunos de ellos severos y justos, que no pueden ser respondidos por el aludido en primera persona. Tal es nefasto, absurdo además, para la vida democrática.

Igualmente, desde hace largo tiempo, insisto en que el formato para ceremonias como la asunción presidencial o la presentación de los informes debe variar, no al gusto de los grupos con ejercicios facciosos sino de acuerdo al interés general, finiquitando los largos monólogos laudatorios –como se formalizaban los textos presidenciales-, a cambio de que el llamado “primer mandatario” aceptara un diálogo directo con los legisladores en un marco de respeto y pluralidad política, como en las democracias maduras e incluso en las monarquías parlamentarias. No es coherente que se asuma viajar hacia una perspectiva mejor a costa de amordazar la opinión del titular de uno de los poderes invitado a asumir sus funciones, más bien obligado por mandato constitucional, ante el Congreso de la Unión desde donde pueden surgir voces disidentes que se pierden en el vacío, además, al no tener que escucharlas el destinatario principal de las mismas. Un absurdo tras otro, como la pretensión de negarle el acceso por la puerta principal a quien tiene la obligación de presentarse. Las niñerías y los pataleos coyunturales no llevan a ninguna parte salvo al ridículo ante jefes de Estado… bastante más maduros en este renglón.

Hace seis años, en pleno corral de comedias en el que se convirtió la parodia de la protesta presidencial, con las curules apiñadas como los palcos de madera que sirven para las vaquerías de Yucatán o las corridas de toros en “La Petatera” de Villa de Álvarez, Colima, uno de los más regios invitados no pudo substraerse de un comentario letal para el prestigio internacional de nuestro país:

–Ahora sí estamos en una nación bananera…

Y debajo de él, el corrillo de insultos y las negociaciones soterradas enmarcaban un formato sin consenso alguno, a la buena de Dios, con los legisladores del PAN en calidad d guaruras y los mandatarios guiados hacia la puerta trasera que los de la izquierda ofendidos… habían dejado libre para no llegar a los extremos. Ridículo, diríamos, ante la simpleza de lo procedimiento y la pobreza moral del espectáculo ante la visión de los jefes de Estado y representantes de otras naciones allí convocados. Todavía se nos cae la cara de vergüenza cuando, en el extranjero, nos recuerdan aquello.

¿No hemos tenido tiempo de sobra para superar estos apartados poco sustentables desde el punto de vista político y absolutamente alejados de cuanto ordena la ley superior?¿Olvidan los legisladores insolentes –aunque pudieran tener razón- que la esencia del Estado de Derecho es cumplir y hacer cumplir la Constitución General de la República y, por ende, no pueden extralimitarse de sus funciones específicas?¿Y qué no tienen facultad alguna para imponer salidas caprichosas a los actos republicanos esenciales para la vida democrática tales como la transmisión del Ejecutivo federal que no debiera siquiera ser motivo de debate, salvo si se reforman los procedimientos con el consenso de las tres cuartas partes de los integrantes del Congreso?

Por elemental sentido común, la prevista ceremonia “exprés” es un galimatías que daña la imagen nacional aun cuando resulte bastante mejor que el corral d comedias de hace seis años. Pero no es suficiente con negociar un trato “digno” cuando se trata de iniciar un nuevo régimen poniéndole mordaza al Ejecutivo en la tribuna que debiera ser la “más alta” del país. Claro, la recepción sucedánea, en otro ámbito y con otro auditorio, suplirá la ausencia de voz en la sede legislativa; pero no es lo mismo ni es lo honroso: porque, en todo caso, el privilegio de la democracia es el debate y no los monólogos montados por los incondicionales que blindan a sus iconos, lo mismo en el caso de Peña Nieto que en el de su adversario, López Obrador, reincidente en la infamación pública como presagio de linchamiento moral colectivo. No es el camino.

Debate

¿Qué se pretendía al “linchar” moralmente al ex presidente priísta y ex gobernador de Coahuila, Humberto Moreira Valdés? Lo pregunto, fíjense bien, sin justificar el adeudo legado a esta entidad –por 21 mil millones de pesos según versión dl personaje-, después de que la Procuraduría General de la República, a unos días de cesar su titular por el término del sexenio vigente abominable, le exculpó de toda responsabilidad penal sobre el particular luego de sostener una persecución abierta contra algunos de quienes fueron sus colaboradores y haberse demostrado que dos de los créditos, cuando menos, con monto de mil millones de pesos cada uno, fueron suscritos meses después del fin de la responsabilidad estatal del señalado.

Todo ello, subrayo otra vez, fue fraguado por el catalán mexicanizado –por órdenes de la casa presidencial-, Antonio Solá Recquer, contra quien NO se ha abierto ni una sola causa judicial a pesar de las múltiples pruebas de su participación amoral en los procesos electorales de 2006 y 2012, en el primero de ellos todavía en condición de extranjero por lo que debió ser señalado “non grato” sin que nadie moviera un dedo para ello… ni siquiera la parte ofendida y defraudada. Una vergüenza que arrastrarán para siempre, más allá del supuesto Apocalipsis maya que se acerca sin que ya nadie se lo crea.

¿Por qué para algunos la gracia oficial llega tan alto y para otros no? Y no se trata de dinero –que pesa mucho igualmente- sino de poder; igual en el caso vergonzoso de Onésimo Cepeda Silva, el “jubilado” Obispo de Ecatepec quien se dice “elegido por Dios” –es decir por Carlos Slim-, sobre todo cuando dejó libres sus localidades en la Plaza México, precisamente por dónde “saltó” aquel “Pajarito” inolvidable que llegó hasta los tendidos para desasosiego de los espectadores y ruina de algunos, como Andrés García Lavín, uno de los grandes empresarios de la comunicación en el sureste que murió meses después como consecuencia de su compulsiva “tirada al callejón”. El hecho, como repite el abogado Xavier Olea Peláez es que los juzgados nada le hicieron a pesar del cúmulo de pruebas por fraude procesal –al expedir dinero en efectivo sin soporte para asegurar cuadros valiosísimos de la colección de la difunta Olga Azcárraga-:

–Si se hubiera tratado del empresario de mayor influencia –me dijo Olea- , ya hubiera entrado a la cárcel.

Y ni siquiera se le ha aplicado sanción social alguna, de repudio, pese a su historia contaminada, lo que no sucedió con Moreira, el primero, quien fue de hecho relegado hasta 1ue decidió salir a batallar dolido por el asesinato de su primogénito y las burlas infames que el hecho dio lugar entre los antipriístas, quienes tienen derecho a serlo pero no de desearle y felicitarse por el dolor de un semejante -dicho esto con todas y cada una de sus acepciones-.

La Anécdota

¿En dónde comienza la ruina de un mandatario? Interactuemos, amigos lectores, con esta interrogante. Les sugiero algunas posibilidades y ustedes me responderán, si lo desean, a mi correo electrónico:

1.- Cuando tranza con su antecesor la impunidad con tal d limpiar su propia asunción.

2.- Cuando deliberadamente ofrece lo que sabe no podrá cumplir en los hechos… como barrer a las mafias que le apoyaron detrás de bambalinas.

3.- Cuando comienza a aceptar que nadie le diga “no” ante alguna de sus órdenes, comenzándose a sentir infalible.

4.- Cuando actúa en sentido contrario a los propósitos del colectivo by a sus ofertas de campaña.

5.- Cuando encumbra a sus cómplices y no se rodea de quienes, de verdad, pueden cumplir con amplitud las tareas de una secretaría de Estado, dentro de su gabinete.

Si tienen algo que sugerir, estoy a sus órdenes. ¡Qué fin de semana nos espera! Preferiría estar pendiente de los toros y el fútbol.