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México se encuentra en esta hora situado en un punto bastante más cercano al “estado fallido”, como hemos analizado en comentarios recientes, que al de la gobernabilidad, entendida ésta como la condición para asegurar los principios fundamentales de la República, sus rectorías y la capacidad de discernir y enfrentar la conflictiva nacional por encima de estériles posiciones facciosas que entorpecen cualquier signo de acuerdo. Por desgracia, en la perspectiva actual, la desintegración paulatina de la izquierda opera a favor de que sea la derecha, derrotada en las urnas de manera estrepitosa, la que tome las riendas del Congreso aprovechando las deslealtades de los coordinadores de las bancadas priístas listos a chantajear al presidente Enrique Peña Nieto tras su complicada asunción el sábado pasado.

Desde luego es utópico, en tales horizontes, avizorar la hora para un acuerdo nacional que tienda, precisamente, a garantizar el cumplimiento de un proyecto integral, pese a las naturales discrepancias que son cauces de la pluralidad, recogiendo cuanto es fundamental para la defensa del país en su conjunto en una hora, además, bastante compleja para el entorno general y con las potencias guareciéndose de las crisis por ellas mismas creadas con el afán de extorsionar aún más a los débiles y a los satélites de cada una. En este sentido, Peña Nieto apostó fuerte –el resto, para decirlo en términos de póquer, muy usuales entre los jugadores del poder-, por limpiar la senda de las interrelaciones con el gobierno de Washington, despegándose de los líderes latinoamericanos controvertidos o en apariencia contrarios a los intentos hegemónicos de la Casa Blanca.

Subrayo que tal es aparente por cuanto en el discurso de mantienen severas críticas contra los Estados Unidos pero, en la praxis, se castiga con mayor severidad a los inversionistas europeos –en Venezuela y Argentina, por ejemplo-, específicamente españoles en fase de reconquista, sea estatizando empresas o sencillamente negándose a cubrir los compromisos derivados de las compraventas entre los respectivos gobiernos y sus proveedores hispanos. Por supuesto, tal situación debió ser aprovechada por México para tratar de acaparar mayores inversiones, sin encajes groseros, y no abaratando el territorio nacional por el flagelo de la violencia que volatiza precios y aumenta riesgos únicamente con el fin de beneficiar a los socios oficiales por las plusvalías a corto plazo, concretamente e4n cuanto a los consorcios financieros que respaldan a sus centrales –en Madrid o Nueva York-, en esta hora crítica para una Europa dominada por la Canciller Ángela –más bien Demoníaca- Merkel y su nuevo Reich.

Peña Nieto se encuentra desafíos, no bolsas llenas. Las reservas internacionales –mayores a 162 mil millones de dólares-, las más altas de la historia, no significan un elemento con el que pueda contar, por ejemplo, para la creación de nueva infraestructura sino que, como los bienes de “manos muertas” en poder del clero durante la etapa precedente a las Leyes de Reforma, permanecen ociosas y peor aún el oro comprado –cuatro mil millones de dólares- que se encuentra en las grandes cajas fuertes de los Estados Unidos, tal como y explicamos hace unos días. Para disponer del mismo se requiere no estar confrontados con el vecino del norte ni cuestionar el nombre de México porque oficialmente recuerda a los Estados Unidos. Esta fue la última y mañosa trampa del señor Calderón para agriarle el inicio a Peña Nieto tirando la piedra y escondiendo la mano detrás de un falso pudor nacionalista. Las mentiras de esta magnitud únicamente reflejan la demagogia galopante de la nueva clase política, sobre todo la que tiende hacia el conservadurismo.

En este entramado, el presidente de la República tiene que forzar, desde ahora mismo, un gran acuerdo nacional con las distintas fuerzas políticas –sin excluir a nadie, ni siquiera a los radicales con pretensiones de extender chantajes ni a los mesiánicos dispuestos a mantener su particular cacería del poder a doce años de intentos amargos-, para asegurarse no sólo el respaldo de los legisladores que pueden integrar mayoría –digamos los del PRI unidos sea a los del PRD o el PAN más los minoritarios de acompañamiento-, para no entrampar sus programas esenciales de gobierno, sobre todo aquellos que, insisto, tiendan hacia dos fines específicos: la salvaguarda de una soberanía hecha jirones y la paulatina recuperación nacional con bases firmes que no sirvan únicament6e para servir a la llamada macroeconomía tan alejada de la realidad como su propia monumentalidad.

No es sencillo cuando tantas voces, desde distintos puntos de vista, presionan al presidente Peña para que éste tome decisiones beneficiosas sólo para determinados grupos de poder, fáctico desde luego, y no para las mayorías silentes que también están integradas por cuantos no votaron por el PRI y que, juntos, forman la primera gran fuerza económica, social y política de México. Es a ésta a la que debe cuidar y apoyar el nuevo titular del Ejecutivo federal.

El problema es que el nuevo mandatario, de entrada, cuenta con un gabinete bastante vulnerable para enfrentar las conflictivas esenciales –la inseguridad y las demandas sociales olvidadas que provocan la primera-, y aportar algo más que no sea el odioso continuismo de quienes no se atreven a lanzar desafíos al sistema para evitar ser crucificados. Tales no son líderes sino políticos oportunistas; y México requiere de los primeros, visionarios, capaces de modificar los equivocados derroteros que nos han colocado, insisto, a las puertas del estado fallido. Y Peña lo sabe; también su principal asesor, el doctor Luis Videgaray.

No se trata de alegrarle el día y su primera semana a Peña Nieto, ni de amargársela. Lo trascendental es que, de entrada, valore firmemente sobre donde está parado para evitar un colapso por ignorancia o exceso de confianza. No recibió una buena herencia, tampoco los mexicanos que fuimos afrentados por los empalagosos discursos sobre un cambio jamás, siquiera, esbozado en los hechos. ¿O acaso algunos de los lectores observan modificaciones estructurales, propuestas por la derecha, con cuanto observábamos en el lejano 2000? Tal es la interrogante clave para iniciar el juicio sobre la larga noche del panismo en la Presidencia. Es necesario hacerlo sin caer, vuelvo a subrayar, en el garlito de que “no debemos hacer leña del árbol caído”, un refrán popular usado como escudo para preservar, al final de cada sexenio y desde que tengo uso de memoria, la impunidad. Ya va siendo hora de romper con las tradiciones negras. Cuando menos, diríamos.

Debate

Es evidente que, a través de la historia, las relaciones entre el gobierno y el clero han estado marcadas por arrebatos y fanatismos incontestables. En México esta situación no alimenta sólo el anecdotario sino que dio origen a una de los más cruentos enfrentamientos de nuestra historia: la Cristiada, una guerra civil en toda forma marcada por las intolerancias exasperantes entre conservadores y liberales, la derecha y la izquierda.

De allí que no sea correcto analizar el contexto actual con displicencia. Los sucesos ya comentados en la Catedral metropolitana, cuando un grupo de desbordados quería hacer callar las campanadas del templo llamando, como es habitual, a la Misa dominical –los invasores, perredistas, insistieron en que el ruido era una aviesa provocación para contaminar los discursos de sus adalides-, y entraron a la nave principal gritando consignas y ofensas a todas luces desproporcionadas –esto es como si el Papa Benedicto XVI hubiese dado la orden desde Roma para molestar a los manifestantes casi permanentes del zócalo capitalino-, obligan a plantear una nueva perspectiva sobre la posición de la Iglesia católica, mayoritaria en México, y la estructura gubernamental que opta por mantener la tolerancia para evitar desbordamientos “peligrosos”.

Veamos. Es claro que se mantiene el criterio de dejar las cosas como están sin las reformas necesarias para superar privilegios y normalizar la vida pública de cuantos participan en el ámbito religioso. Porque, además, ya no es sencillo separar lo espiritual de lo material porque quien no obra en política en comunión con su conciencia, y por ende de sus convicciones, debe ser señalado como falsario y oportunista, por decir lo menos, en una amplísima gama de descalificaciones.

¿Cómo explicarse la distorsión tremenda de que quienes han llegado al poder, entre otras cosas porque se exhibieron como católicos e incluso hicieron gala de ello mostrando hasta los pendones con la imagen de la Guadalupana, diciéndose reformadores por esencia, no se hayan propuesto, hasta hoy, a modificar los escenarios descritos para impulsar, en serio, la salud democrática general? El único que se atrevió a ello, declarado agnóstico aunque cuente con un tío sacerdote, fue Carlos Salinas quien buen provecho sacó de ello: en el mismo año de la reforma se dio el crimen del Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo –a quien sacó a empellones unos días antes del crimen el poderoso coordinador de la oficina de la Presidencia, el franco-español Joseph Marie Córdoba Montoya-, sin que se alteraran los lugares comunes, los valores entendidos y los espejismos políticos.

La sangre derramada por el Cardenal, a casi ya cuatro lustros de distancia, no ha servido siquiera para exigir una evolución digna en las interrelaciones entre el gobierno y el clero a favor, sencillamente, de la democracia.

La Anécdota

Preguntamos, no hace mucho al ingeniero Cárdenas cuando aún no se definían las candidaturas presidenciales, en 2011:

–¿Qué es más cercano a la ideología de la izquierda y concretamente a la del PRD fundado por usted?¿El continuismo del PAN, baluarte de una derecha enemiga histórica de los liberales de todos los tiempos, o el retorno del PRI a Los Pinos sabiendo que buena parte de quienes integrar hoy al perredismo se formaron y salieron de este instituto?

Contra su costumbre, Cárdenas tardó unos segundos en responder by l hizo con firmeza:

–Así planteado… desde luego lo segundo es más ncongru8ente claro.

Y allí debió ponerse el punto final sobre la forzada hermandad histórica, irreductible.