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Nadie ignora, salvo los muy poco informados, que nuestra Carta Magna, vigente desde 1917 –un lustro más y cumplirá cien años en pleno ejercicio de Enrique Peña Nieto como titular del Ejecutivo federal-, constituyó a nuestro país en una “república presidencialista, representativa y federal”. Por desgracia los términos no fueron los mismos que idealizaron los constituyentes de Querétaro y, con el tiempo, los partidismos y los usos facciosos modificaron seriamente el espíritu del texto fundamental. Veamos:

1.- La representación que determina cuanto suele conocerse como “soberanía popular” ha ido perdiendo validez al paso de los sexenios predadores para dar paso a un sectarismo ofuscado que imposibilita, por ejemplo, los acuerdos indispensables para preservar los valores de mayor relevancia. Precisamente, lo faccioso anula el concepto porque margina la voluntad de la ciudadanía, cuyo mandato en las urnas no deja duda: el desarrollo con un gobierno capaz de funcionar y hacerlo bien pero atenido a los contrapesos indispensables para evitar los excesos y desviaciones desde el poder Ejecutivo.


 

Por supuesto, tal no ha sido así y todos pagamos las consecuencias: se privilegian los intereses partidistas sobre los del colectivo, mayoritariamente opositor si sumamos los sufragios de cuantos no se apuntaron al retorno del PRI a Los Pinos, y se aduce con ello que se interpretan las voces de “todo México” como si la nación misma fuera rehén de las dirigencias políticas, los mesiánicos llena-plazas y hasta los grupos surgidos y convocados por Internet, la moderna herramienta sin controles en cuanto a su utilización para objetivos tan pueriles como los abusos sexuales, los acosos de toda índole, la difamación fácil desde el anonimato y, por supuesto, para ejercitar una suerte de subversión e incluso de terrorismo político, como bien se detectó en Veracruz propiciando la reacción exaltada de cuantos reclaman la libertad absoluta del espacio cibernético aun cuando se dañe a terceros. Increíble.

 

No es así como debe construirse el porvenir, más cuando el retraso en reaccionar ante los usos y riesgos de la moderna comunicación –siempre será positiva la evolución pero no la ausencia de reglas para proteger lo esencial, esto es los derechos de terceros con los que se garantiza una convivencia pacífica en una sociedad plural-, ponen en jaque a una autoridad medrosa, ensimismada y poco proclive a llevar la contraria a los grupos comandados por elementos poco doctos que estiman razonable hasta solicitar que la asunción presidencial se realizara… en los baños de la Universidad Iberoamericana en donde el presidente Peña debió apurar sus necesidades para retornar al auditorio en el que le cayeron las cartas de las manos propiciando el surgimiento del grupo #Yo soy 132, ahora pretendidamente convertido en una especie de conciencia nacional… siempre y cuando se esté de acuerdo con todo y cuanto hagan, incluyendo el despropósito del aseo presidencial.

2.- Lo del federalismo sigue siendo un mito. Fíjense: pese a cuanto pueda decirse en contra de la primera alternancia –por el estancamiento de sus promesas sobre todo, con el cambio arrastrado por la demagogia estéril-, los gobernadores de filiación priísta –la mayoría de ellos, 19 ó 20 entre 32 incluyendo al jefe del gobierno defeño-, respiraron porque ya no debían guardar pleitesía ante la figura presidencial ni reverenciarla como era un tópico ineludible del priísmo hegemónico. Ahora, con la vuelta a Los Pinos de su partido, no son pocos quienes temen que renazca la antigua costumbre lacayuna en desdoro de las soberanías estatales.

El hecho es que tampoco puede juzgarse positiva, en este renglón, la actuación d la derecha desde 2000. Al contrario: la mentalidad sectaria se impuso hasta para privilegiar a los estados gobernados por sus correligionarios y abandonar a cuantos, en manos de mandatarios priístas y perredistas, le hacían frente o, de plano, guerreaban verbalmente con alguno de los integrantes del gabinete presidencial o con el jefe de éste. La tendencia se agudizó al paso de calderón –minúsculas- por la Primera Magistratura sin obtener jamás su legitimidad política ni superar el estigma de su llegada a la residencia oficial por la vía de las traiciones, sobre todo a la democracia, por parte de la elite mandante.

Tal refrenda, por desgracia, que continuamos en la senda de un gobierno centralista, a la usanza del impuesto por el antihéroe por antonomasia, Antonio López de Santa Anna, en el que el presidente determina la suerte de las supuestas soberanías –o más bien autonomías- estatales; y sus secretarios y delegados fungen, para colmo, como meros virreyes como si de una monarquía disfrazada se tratara. Doce años no fueron suficientes para romper con este vicio; bueno, en realidad, tampoco para realizar alguna transformación estructural al “sistema” que justificara el paso del PAN por Los Pinos. Un desastre histórico cuyas consecuencias comenzaremos a sopesar.

3.- Dejé para el final, el primero de los términos constitucionales: la república “presidencialista”. Sobre el concepto hay una gama de interpretaciones. Por ejemplo, el execrable Manuel Bartlett, ahora metido a izquierdista como si así obviara el asilo de ancianos obviamente en una nación de enfermos de Alzheimer y en plena decrepitud mental y moral, llegó a decir, cuando se ufanaba de concentrar poder como secretario de Gobernación al final de los ochenta, que México requería “de un presidente fuerte” para así tratar de “asustar” a los diversos grupos que se le subían a las barbas a Miguel de la Madrid, ya extinto, fundador de la “cofradía de la mano caída”.

El alegato sobre el particular quedó en esbozo porque la mayor parte de los analistas de la época guardaron discreto silencio; yo no. Insistí en que debía hablarse de un presidente “legal” y no “fuerte”, esto es atenido a los límites impuestos por la Constitución y no erigido en un poder superior, que no lo es, mítico e inalcanzable para el resto de los humanos, un semi-dios, nada menos, condenado irremisiblemente a dejar de serlo seis años después de su encumbramiento. Pero ni con eso. Prevaleció la idea de la fortaleza para determinar concesiones a las oposiciones tratando de complacer a los observadores del exterior y con el propósito de mantener canonjías a posteriori, esto es cuando llegó al poder Carlos Salinas, como la legitimidad que no logró alcanzar en las urnas. Cuando menos, y aunque parezca una barbaridad, siquiera este personaje siniestro se preocupó por hacer algo para superar el bautismo fraudulento: creo el IFE y le dio cierta autonomía, además de una reforma política que puso las bases para la alternancia en 2000. Pero siempre, de arriba hacia abajo, nunca al revés.

Lo lamentable del asunto es que no avanzamos; seguimos en el mismo punto. La aparente vulnerabilidad de los mandatarios anteriores no se debe a una vocación democrática, como pretenden sus panegiristas, sino a la torpeza operativa con la que actuaron. Fox, de plano, se marginó y dejó pasar el tiempo; y calderón –minúscula-, optó por blindarse militarmente sin que el reguero de sangre sirviera para algo más que la propaganda oficial: ni un solo gramo de los estupefacientes que se exportan a los Estados Unidos ha dejado de introducirse al gran mercado universal. El presidencialismo autoritario pervive y es herencia ahora en manos de Peña Nieto… como si fuera ayer.

Debate

El deber primigenio de quienes forman el Congreso debiera ser, desde luego, ofrecer y dar garantías para la gobernabilidad del país y no entrampar cada paso para seguir por la orilla del abismo hacia el estado fallido. Por desgracia, como hemos apuntado, los usos facciosos pre4dominan sobre los verdaderos intereses de una sociedad mil veces engañada y saqueada. ¡Ay, cuánta culpa atesoramos por las inercias sociales! De allí que no me asusten ni me sorprendan las manifestaciones contrarias al estado de cosas; por el contrario, las entiendo plenamente ante la ausencia de hechos que posibiliten la construcción de un México mejor para quienes vienen detrás. De allí que jamás condene a los jóvenes, quienes lo son de verdad, dispuestos a alzar la voz sin vender sus conciencias. Si todos lo hiciéramos así, nuestra gran comunidad nacional sería distinta y mucho más productiva.

Para infortunio general, todos sentimos, en menor o mayor grado, que no tenemos en las Cámaras la representación que merecemos. Por supuesto, gran parte de los mexicanos, no afiliados a alguno de los partidos o incluso dentro de cualquiera de éstos, percibimos que cuanto acuerdan los parlamentarios, sin consensos sociales básicos, contrarían la voluntad del electorado que cubrió el requisito comicial para ser arrastrado por los intereses cupulares y sectarios. Perdimos de todas maneras y más si la decepción llegó cuando ya el mal no tenía remedio.

¿Hicieron bien quienes votaron por el regreso del PRI a Los Pinos? Lo hicieron correctamente porque no dotaron a este partido de una significativa mayoría en el Congreso acaso apostando, aunque no pudieran explicarlo, por un contrapeso justo, sí, pero no por una muralla insalvable. De allí, insisto, en que el primer deber del presidente Peña Nieto sea, ahora mismo y no el año que viene si la profecía apocalíptica maya no se cumple en dos semanas más, insistir y negociar un gran acuerdo nacional con el consenso mayoritario de legisladores y de los líderes que, sin estar dentro del Congreso, tienen influencia notoria, el mayor de ellos, sin duda, Andrés Manuel López Obrador.

 

Caramba, si para que haya paz política –la social es otra cosa-, es necesario tragar “sapos” –como decían los viejos sabios-, ¡qué de una vez por todas se sienten a dialogar el presidente Peña y su principal adversario, Andrés Manuel, viendo el interés del colectivo y no el suyo propio!

La Anécdota

Combatiremos eficazmente a los cárteles con dominio territorial cuando se descubran y anulen sus interconexiones con algunos elevados políticos de la actualidad, algunos de ellos ubicados en alguno de los poderes de la Unión, sobre todo en el Legislativo.

Hay algo más: sería necesario que los familiares cercanos al nuevo presidente renunciaran a un pretendido derecho de sucesión como parte del combate al nepotismo que tanto nos ha dañado. Siquiera, digo, para que la otrora popular “Gaviota” no siga en sendero de Marta, la de las “muchas faldas”, ni de la emboscada Margarita que se despidió con portada de Hola y una sentencia pasmosa: dicen que se ganó el corazón de los mexicanos. ¿De cuáles, por favor porque el mío no?

No vaya a ser que prosiga la costumbre aristocrática, tan usual entre las primeras familias en donde uno de sus miembros es enlace del narcotráfico, que tanto nos asfixia. Seguiremos.