¿Por qué fallan los controles y la supervisión en el sistema financiero? Es un cuestionamiento que traspasa las barreras locales, nacionales y llega al ámbito internacional.

En las últimas décadas tanto ahorradores, inversores y todo tipo de clientes del sistema financiero hemos atestiguado absortos el derrumbe de colosos financieros que jamás siquiera hubiéramos intuido terminarían en la ruina o en valor de un dólar en libros.

Hollywood ha llevado a la pantalla estas historias de la vida real, nada de ciencia ficción, todo gestado al calor de la cotidianidad y de cerebros maquiavélicos avezados en la chapuza, en robar dinero a raudales sin siquiera apretar un gatillo más que el de su filosa psicología de masas para el engaño.

Peor todavía: sentados en su ordenador, haciendo movimientos de trading; dando órdenes  de compra y venta; alterando los mercados de acciones o bonos a diestra y siniestra seducidos por el poder del botón mágico que hace ganar o perder dinero a raudales. El capitalismo, su esencia, es la avaricia. La acumulación es el principio del todo.

En 2008, el cataclismo de Bear Stearns -el quinto banco de inversión de Estados Unidos-, con operaciones diseminadas globalmente, nos sorprendió  en la medida que la trama  desdibujó una cortina de humo.

La institución llevaba meses en ceros, pérdidas tras pérdidas, con un boquete provocado por Ralph Cioffi y Matthew Tannin, trabajadores estrella del propio banco que se equivocaron en la gestión de las inversiones de sus clientes.

También me hace recordar la estafa tramada por Bernard Madoff, “Bernie”, tan querido y respetado entre la élite financiera neoyorkina no dudó ni tantito en valerse de su reputación para cruzar el Atlántico y hacerse con las inversiones de ricos, famosos, estrellas y nuevos millonarios europeos con la promesa bajo el brazo de concederles una rentabilidad por encima del mercado.

En España, Bernie se coló de la mano de señoras de alta sociedad casadas con personajes  adinerados para, en cena tras cena, incrementar el caudal de su fondo.

Así cayeron futbolistas, ex futbolistas, políticos, cantantes y un largo etcétera. Le confiaron una parte de su dinero. Y Madoff se lo llevó al corazón financiero de Estados Unidos para jugar a la pirámide, ese viejo y burdo entramado casero en el que sólo reciben ganancias los de la punta mientras los de la base se van descapitalizando hasta que ya el fraude por sí solo se descubre en la medida en que no queda nada de dinero.

En diciembre de 2008, Madoff fue detenido y el escándalo le dio la vuelta al mundo.  El boquete provocado de dimensiones temerarias: 50 mil millones de dólares esto es “el mayor fraude fraguado por una sola persona en contra de fortunas particulares”. La pena de cárcel es de 150 años de prisión que cumple desde junio de 2009.
A COLACIÓN

Por increíble que parezca, el mundo financiero es cada vez más vulnerable, no menos; y uno desearía que fuera todo lo contrario que los avances tecnológicos estuvieran al servicio de reforzar los controles en las operaciones bancarias y financieras.

El problema es que la sofisticación y enorme masificación en los instrumentos en los mercados financieros avanzan con mayor celeridad que las normas, controles y regulaciones.

Y nos damos cuenta de ello cuando el fraude ha estallado irremediablemente.  En el instante mismo que la inmundicia revela lo expuestos que estamos todos, tanto usuarios como instituciones, a un quebranto fraguado con la inteligencia del timador.

En lo financiero, hay un mundo oscuro, de dobles contabilidades o contabilidades paralelas. Unas cuentas son para el auditor y supervisor; y otras, las opacas, para un grupúsculo que mueve los hilos del teje y maneje que sabe bien a bien en qué paraíso fiscal está el dinero de los clientes.

A eso se suma, la capacidad o argucia de algunas personas por especular y a veces ganar y otras perder, como sucede en los casinos.

Pero no exculpa a las autoridades para que controlen  más que confíen. Lo más reciente, en España, con la empresa Gowex, otro fraude a la vista de las start ups dejó perplejo al mismísimo Luis María Linde, gobernador del Banco de España.

Linde sorprendido ante las preguntas de la prensa por las falsas cuentas de Gowex (proveedora de redes wifi en estancos, quioscos y lugares públicos) dijo desconocer su existencia; por ende, mucho menos nadie se preocupó por echarle una ojeadita a la contabilidad de lo que se presumía como un caso de éxito empresarial en una España necesitada de milagros económicos.  Esto es tan sólo una llamada de atención.