México requiere de forma urgente reposicionar a la planificación como eje rector para entre otras muchas cosas aprovechar al máximo el llamado bono demográfico.

     De no hacer una reconducción en planes, programas, políticas y estrategias, el país va camino de tirar a la basura el bono demográfico y con ello toda posibilidad real de pasar el año 2050 con una mejor estructura poblacional, menor brecha social y más repartido los beneficios cualitativos propios del crecimiento y el desarrollo económico.

     Planificar permite cubrir además del corto y mediano plazo también un horizonte largo y este tipo de acción es precisamente imprescindible primordialmente cuando la demografía y su composición imponen duros desafíos.

     El manejo estadístico de las cifras oficiales siempre ha dejado mucho que desear en el país y es una pena que ni los programas sociales ni las cifras logren estar exentas de los intereses políticos o los vientos electorales del momento.

     Se trata de un reclamo que todas aquellas personas que trabajamos con estadísticas hacemos y créame, amigo lector, que la percepción no es únicamente interna, muchos investigadores extranjeros en México padecen por analizar series estadísticas en determinado tiempo cuyo maquillaje es difícil ocultar con los cambios de metodología.

      Es una pena el manoseo en las cifras, las disparidades entre lo que dice el INEGI, Banco de México y Hacienda, fundamentalmente.

      Por ende, para facilitar el análisis a favor de la planeación es menester salvaguardar las estadísticas de los apetitos políticos del momento.

      Por lo pronto trabajar con los datos disponibles es tener una arena movediza, empero no hay más.

    Dice el anexo estadístico que en el México del Bicentenario había 108 millones 396 mil 200 personas, dominan las mujeres (55 millones 166 mil 400) respecto de los hombres (53 millones 229 mil 800).

     Por grupos de edad, la distribución de la población es la siguiente: de 0 a 14 años de edad de 30 millones 489 mil 600; en el amplio intervalo de 15 a 64 años un grueso de 71 millones 493 mil 800 personas; y de 65 años y más son 6 millones 412 mil 800 personas.

     Si lo comparamos con la demografía de 1980 observamos cambios muy interesantes suficiente argumento para demandar una planificación moderna, realista, adecuada a los nuevos desafíos pautados precisamente por las necesidades de la población.

     Por ejemplo, en 1980 la población estaba distribuida de la siguiente manera: de 0 a 14 años 30 millones 077 mil 500 personas; de 15 a 64 años de edad 34 millones 433 mil 400 personas; y de 65 años y más 2 millones 873 mil 300.

     Treinta años después, en México encontramos que la población de 15 a 64 años de edad más que duplicó y la de 65 años y más triplicó.

    Por ende es muy relevante entender las nuevas necesidades de la población del siglo XXI a fin de no desperdiciar las ventajas ofrecidas por el bono demográfico.

   Me parece un error atender a la población actual con base a seguir construyendo las mismas viejas políticas del pasado, el de 10, 20 o 30 años atrás cuando el rostro del país no tiene nada que ver con el actual.

A C0LACI0N

    Desde 2010 predomina la población de 15 a 64 años de edad, es decir, una en edad productiva, disponible para el trabajo, ávida de una retribución y de participar en el valor agregado.

      ¿Qué tipo de políticas públicas han sido construidas para atender a este grupo? Ninguna. Se les sigue tratando como si fuera la década de los ochenta, salvo que el valor del precio de la mano de obra ha decaído al ritmo de la pérdida de sus prestaciones porque el desequilibrio deriva de muchas personas en edad productiva ante una oferta reducida tanto en el sector público como privado.

    Deberían elaborarse políticas públicas que preparen a un determinado número para ser empleados públicos, otros para ingresar a la iniciativa privada y otros más para encontrar los estímulos reales para convertirse en patrones y mediante su empresa derramar más empleo.

    No reconocer el nuevo rostro demográfico del país y planear conforme a éste puede significar un error imperdonable.

     Igualmente sucede con la población de 65 años y más que en la década de los ochenta era de 2 millones 873 mil 300 personas y que, treinta años después, triplicó a 6 millones 412 mil 800 personas.

     A partir de 2030 seguirá triplicando, el problema es que la población de 6 millones 412 mil 800 personas está pasándola muy mal, sin pensiones, sin vivienda, sin cobertura de salud, ni acceso fácil a los servicios públicos. Viven con dificultades hasta para salir a la calle porque caminar por las banquetas es arriesgarse a romperse una pierna.