Cuando se atisba que la descomposición social en distintos renglones de la convivencia social y ciudadana irá en incremento, le pregunto amable lector, ¿cuánta de su libertad estaría dispuesto a ceder en aras de mantener un contrato social, de armonizar la convivencia cotidiana con sus pares e iguales?
Esto es ceder en lo individual en pro de lo colectivo para evitar que más pronto que tarde nos domine la ley de la jungla de concreto en la que terminará imperando la ley del más fuerte.
Es cierto que varias generaciones hemos gozado de una “relativa paz” sobre todo si miramos hacia atrás precisamente este año se conmemoraron los 100 años de la Primera Guerra Mundial; y no podemos obviar la Segunda Guerra Mundial con más de 6 millones de victimas.
Hemos sido afortunados de este oasis de paz o quizá espejismo por que muchos otros ciudadanos de otros países, de Palestina o Medio Oriente, no pueden precisamente decir lo mismo.
A veces no hay que ir muy lejos si miramos a Centroamérica o bien dentro del mismo mosaico de México con poblaciones desplazadas por el virus de la violencia, de los sicarios y demás mandamás.
Tampoco es algo nuevo en el panorama histórico de la Humanidad siempre expuesta a diversos peligros, unas décadas más difíciles que otras, un siglo tras otro sin tregua.
En “El contrato social”, Jean Jacques Rosseau, señala que como los hombres no pueden generar nuevas fuerzas sino sólo unir y dirigir aquellas que ya existen, no cuentan con otro medio de conservación que configurar, por medio de agregaciones, una suma de fuerzas capaz de superar las resistencias, ponerlas en juego por un solo motivo y hacerlas actuar de conformidad.
De esta forma, el escritor y filósofo francés, afirma que “esta suma de fuerzas únicamente puede nacer del concurso de muchos: pero siendo la fuerza y la libertad de cada hombre los principales instrumentos para su conservación”.
Para lograrlo es menester echar mano de un contrato social que a fuerza de la meditación más profunda de Rosseau implica “que cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general y recibimos de forma agrupada una serie de beneficios”.
Tenemos algunas líneas de una obra publicada en 1762, no obstante, con la virtud de ser siempre joven en un mundo que por momentos envejece a fuerza de resistirse a dejar el pasado y sepultar atavismos para construir un mundo más incluyente, democrático, humanista e igualitario.
De allí que nuevamente inquiera, ¿usted amigo lector, cuánto de su poder de decisión individual de su órbita personal estaría dispuesto a ceder por el bienestar común?.
O cuánto por qué todos tengamos cobertura sanitaria, seguridad social, escuela pública y que nadie quede excluido por ningún tipo de cuestión.
Por ende hablamos del diario vivir, de la preocupación que más ocupa nuestra mente después de traspasar la adolescencia que implica desarrollarnos lo mejor posible en el ámbito de lo laboral y económico; y en la esfera de lo familiar y social.
El meollo estriba en cómo pedirle a la gente que haga más por su comunidad o bienestar común cuando deja de sentir retribuciones en lo personal, cuando ya no le compensa más.
Sobre todo cuando cada crisis va cargándose “ese pacto social” establecido bajo una delgada línea invisible y así la balanza continúa desequilibrándose más.
Veamos lo familiar: el INEGI documenta en sus estadísticas anuales que los mexicanos cada vez se casan menos y en cambio se divorcian más.
No es casual que en la familia roles y patrones vayan cambiando en la medida que nuevas fórmulas de convivencia son exploradas e inclusive elevadas al ámbito de lo legal.
Uno de los factores que más pesan en su funcionamiento tiene que ver con la situación económica y los proveedores de ingresos en el hogar; generalmente se exhibe una elevada correlación en años de crisis económicas y los trámites de divorcio; la tensión derivada del estrés económico termina con el vínculo matrimonial y afecta la convivencia.
El trauma de la separación y la no realización de la persona en sus capacidades laborales tiene consecuencias en la colectividad: también existe una alta correlación entre los problemas económicos con el alcoholismo, vagancia, drogadicción e incremento de la delincuencia.
Por referirnos al inmediato de la memoria de crisis experimentadas por los mexicanos y que paulatinamente han hecho mella en el tejido social hasta llevarnos a la debacle actual donde cada una de las esferas de nuestra diaria convivencia están cimbradas y requieren ser reforzadas con un nuevo pacto social.
























