La ciudadanía es una expresión de la libertad, la cual implicó el derrocamiento de dos Imperios en el Siglo XVIII, cuya historia debemos siempre recordar. El primero con Iturbide a la cabeza y el segundo bajo el mandato de Maximiliano de Habsburgo.

Debe considerarse el Real Patronato, relación entre el poder civil que la iglesia denominaba “regalismo”, el cual otorgaba al monarca, inicialmente Carlos V, el control de nombramientos de prelados, de la Inquisición y el aprovechamiento de los diezmos, entre muchas prerrogativas.

Ser mexicano fue una sólida argumentación para la consumación de la Independencia, curiosamente con Iturbide a la cabeza inicialmente, quien buscaba crear en verdad el Primer Imperio Mexicano, movimiento convenido con la Iglesia Católica del Patronato, comprometiéndose a reconocerles privilegios sobre cualquier monarquía por el descontento de la Constitución de Cádiz de 1812.

Iturbide no contaba con secretario ni con copista, emitiendo sus comunicaciones por su mano, escribió al Obispo de Guadalajara sobre su compromiso, “o sea de mantener la religión, la nueva España pura y sin mezcla o Iturbide no ha dejado de existir”. En febrero de 1821 escribió “pongo a la eterna Verdad por Testigo de que cuanto expreso a V.E. es conforme a mis sentimientos; que me mueve sólo el deseo de que se conserve pura nuestra santa religión”.

El Plan Imperial de Iturbide consistió en devolver la religión a las naciones incorporándose al imperio de México el Reino de Guatemala y otros enclaves por contar éste con el decidido apoyo de la jerarquía eclesiástica.

El Segundo Imperio difiere en un fundamento esencial, al considerar Maximiliano su arribo sobre bases Constitucionales representadas por la Diputación Mexicana, declarando éste ante los legisladores: “acepto el poder constituyente con que ha querido investirme la Nación, cuyo órgano sois vosotros señores”.

Para desazón de los Conservadores y la Iglesia, hizo Maximiliano la exigencia que como a los Reyes de Castilla se les reconociera el ejercicio del Real Patronato. Una carta del Emperador llama como justas “exigencias” a las Leyes de Reforma, declarándose protector de los “intereses legítimos” creados por aquellas leyes, ratificando las operaciones de desamortización y nacionalización de bienes eclesiásticos.

Resultó contundente el Manifiesto de Veracruz del Imperio el cual señaló como función de Carlota; “toca a la emperatriz la tarea envidiable de consagrar al país todos los nobles sentimientos de una virtud cristiana y toda dulzura de la madre tierna”; y no del Emperador.

El Primer Imperio se fundamentó en su coalición con la Iglesia y como idea de su empoderamiento geográfico en el Continente Americano; la participación de Vicente Guerrero fue únicamente para legitimar el acceso de Iturbide, disasociándose del movimiento de 1810; cuando el Libertador escribió, “en cortísimo tiempo de campaña, sin efusión de sangre, sin destrucción de fortunas y para decirlo de una vez, sin guerra, porque no merece el nombre de tal”, Maximiliano pretendió hacerse del Real Patronato y configurar su Imperio con hermanamiento de Reinado de Brasil, fundando su fuerza en el Ejército Francés, el cual lo abandonó.

Dos imperios, dos ideas, dos doctrinas contrapuestas con un mismo resultado, su derrumbamiento y el inicio de la real Independencia de la Nación, con la cual pasamos de súbditos a ciudadanos.

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