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Se fustiga al abstencionista por irresponsable pues permite que otros decidan en las urnas por cuantos ni siquiera se toman la molestia de acudir a ellas. Y todavía se quejan en cuanto los elegidos se desvían y cubren sus expedientes con acciones descocadas o incluso amorales. Cuando menos si se ejerce el voto se tiene el derecho a exigir coherencia o, si el pronunciamiento fue contrario, el alivio de no haber avalado al gobernante o legislador incapaz de cumplir con sus deberes. Recuerdo al respecto una campaña del PAN luego del arribo de Ernesto Zedillo a la Primera Magistratura en 1994: “No me culpes –rezaba el eslogan- yo no voté por el PRI”. Luego, la dirigencia de este partido acabaría, en 2000, tutelando al mismo personaje porque reconoció la victoria nacional de su abanderado, el señor Fox. Y hasta le llamaron demócrata por haber seguido las líneas de la Casa Blanca negándose a obrar contra una clara decisión del electorado.

Con un enorme cúmulo de simulaciones y maltratos la ciudadanía está cansándose de formarse ante las mesas electorales para asegurar el requisito democrático en un entorno viciado por las inducciones, las campañas negras y las descaradas triquiñuelas cada vez mejor disimuladas y más efectivas. Además, como ninguna de las opciones partidistas ha operado para intentar recuperar las voces mayoritarias, quienes ganan por márgenes muy estrechos llegan al poder con el rechazo manifiesto de la mayor parte de los votantes, sumados los sufragios en contra. Y, para colmo, actúan después, en el ejercicio de sus funciones, como si hubieran sido respaldados por una inmensa mayoría, esto es soslayando a los adversarios e ignorando a la hora de tomar decisiones a quienes no coincidieron con ellos, esto es a la mayoría derrotada.


La democracia en México, lo hemos dicho en reiteradas ocasiones, está empantanada por el sectarismos recalcitrante y también por la evidente ausencia de liderazgos naturales. No surgen abanderados con academias políticas y sociales sobresalientes sino postulantes oportunistas con mayor o menor capacidad de maniobra. Así fue como se erigió Vicente Fox, en 2000, en una especie de garante del cambio, lo mismo calderón –minúscula-, y luego lo que debió significar una sacudida estructural al sistema que ni siquiera se esbozó, optaron por mostrarse como garantes apasionados del continuismo, la antítesis. Y no hubo manera siquiera de hacérselos ver por la obcecación que desarrollaron contra sus críticos –a quienes el primero segregó al “círculo rojo” y el segundo los espió para intentar destrozarlos- considerando que quienes les cuestionaban necesariamente debían ser mercenarios al servicio de las fuerzas oscurantistas y como tales soldados de la vuelta hacia atrás. Y eran ellos quienes se mostraban afines con el viejo régimen secundando sus políticas financieras, sobre todo, para exhibir con ellas, por el mantenimiento supuesto de la estabilidad nacional, la eficacia de su quehacer gubernativo.

Fue entonces cuando se hizo evidente que a la sociedad mexicana le estaban quedando chicos sus representantes incluyendo a los partidos políticos anquilosados por sus intransigencias facciosas. Y no es que se acelerara el proceso de madurez, a veces dramáticamente lento, sino más bien el asalto de los mediocres al poder público enseñoreó las campañas y cubrió los espacios que dejaron libres cuantos, talentosos, prefirieron y prefieren incorporarse al sector público en donde se paga mejor –dicen- y no se está expuesto al desgaste cotidiano de la crítica, apenas un reflejo de los necesarios contrapesos democráticos, y al consiguiente desprestigio. De hecho, tras los últimos sexenios –lo mismo en la perspectiva nacional que en las estatales-, no ha habido ex funcionarios con un aval popular favorable. Más bien la impunidad les protege al perder los consensos de la sociedad cansada de medias verdades y de complicidades a flor de piel.

Debate

Desde la campaña presidencial última, lo mismo que en 2006, no han sido pocos los sufragantes que se plantean por quién votar ante la percepción de que ninguno les convence. Al columnista le pasó otro tanto tras intentar analizar, de manera objetiva y sin que las simpatías personales obnubilaran criterios y posturas a cada uno de los postulantes y sus respectivas plataformas de lanzamiento. Cualquiera podía concluir que atesoraban más fallas que cualidades si bien, para disculparlos, podía aceptarse que tal es la condición humana para asumir entonces un sufragio responsable que intentara trazar, a partir de los perfiles descritos, cómo sería el desempeño del escogido en el ejercicio de la Primera Magistratura. Pese a ello, la ciudadanía acabó polarizándose con lo que las opciones se redujeron a la muy vieja coyuntura entre conservadores y liberales que ha marcado gran parte de nuestra historia tan rebosante de claroscuros.

No pocas veces, sin embargo, escuché el mismo planteamiento: quienes aceptaban votar quizá lo harían sin convencimiento y, más bien, para hacerlo en contra de algún personaje al que observaban detestable y no tanto por inclinarse a favor de una opción que les hiciera sentir bien en cuanto a la evolución del espíritu democrático. Las consecuencias, por supuesto, las conocemos de sobra y tardaremos largo tiempo en asimilarlas por mucho que se nos asegure haber superado la etapa crítica de la guerra poselectoral y las descalificaciones verbales. Los ecos aún llegan pese a algunas cerradas líneas editoriales que consideran superada aquella confrontación.

Lo grave de asunto es que, desde entonces, en las jornadas estatales se ha dado el mismo fenómeno: no hay opciones convincentes ni líderes que convoquen a la sociedad a una cruzada política vigorosa tendiente a construir escenarios mejores para las generaciones por venir

El Reto

Las infanterías de la maestra Gordillo, la poderosa e inescrutable “novia de Chucky”, están lanzadas en busca de un viraje extremo lo que en el ámbito nacional se considera “peligroso” y hasta pernicioso para la perspectiva general del país. En este caso, el orgullo del presidente en funciones parece volcado en la búsqueda de trofeos corporativos.

Mientras, el PRD no se aparta de la escenografía neocardenista en plena crisis interna entre los lópezobradoristas fundamentalistas y los simpatizantes de una izquierda “institucional”.

Otra vez la ciudadanía está atrapada ante opciones francamente deficitarias.

La Anécdota

Durante la contienda por la Presidencia en 2006, los voceros y operadores de cada causa proponían votar “por el menos malo” a sabiendas de la cauda de despropósitos de cada uno de ellos. Recuerdo, en Veracruz, un amable debate con Luis Pazos, entonces director de Banobras y ex candidato panista al gobierno de su entidad además, quien luego de repasar el perfil de los candidatos, con tendenciosos argumentos a favor del aspirante de su corral a quien había sucedido en el cargo, arguyó:

–No estoy muy convencido de los alcances reales de Felipe Calderón pero sí de una cosa: es el menos malo.

Y con este criterio se propuso asegurar el voto útil, sobre todo, insisto, para que no arribara al poder el adversario temido, aborrecido o simplemente repelido por antipático.

Y nos metimos en camisa de once varas. Sin liderazgos convincentes y con una gama de oportunistas.